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 Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?

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JouL
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MensajeTema: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Mar Dic 08, 2009 2:10 am

Título: Chemically Abused.

Autor: Yo, Jo.

Género: Eh... eh... ¿drama?

Restricción: Alguna puteada de vez en cuando, pero nada realmente grave. Los caps son largos.

Resumen: Diana Grey tiene diecisiete años y una visión muy particular de la vida que muchas veces choca con la de las personas que se encuentran a su alrededor. Su familia, sus compañeros de colegio, y sus profesores no entienden muy bien qué se trae esta chica a la que todo parece resbalar, pero ella tiene las cosas más claras de lo que parece... por momentos.

Esto puede parecer un fanfic, pero no lo es... del todo. Que Diana sea una fanática desquiciada de MCR no tiene nada que ver. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Capítulo 1 – Mi nombre es Diana Grey.

27 de Agosto, 9:35 p.m.

La casa es un desastre. Hay cajas por todos lados. Me estoy volviendo loca. Es la primera vez que tengo cinco minutos para escribir y… no, espera, Julianne llama. Probablemente quiera que acomode una caja o algo por el estilo. Estaré de vuelta enseguida.

9:42 p. m.

Oh, por Dios, ¿dónde está mi reproductor? ¿Cómo se supone que sobreviva a esto sin música? Ahora mismo desearía ser un grado más ordenada de lo que soy.

10:04 p. m.

¡Lo encontré, estaba bajo la cama! Vamos a subir el volumen y… veamos… ah, My Chemical Romance. Por supuesto. Es la carpeta más grande en toda mi memoria musical, exceptuando a Green Day, pero eso es porque Green Day tiene más CD’s. Ya estoy más tranquila.

Estos sujetos me inspiran. My Chemical Romance es una banda compuesta por cinco chicos de Nueva Jersey (igual que yo… aunque claro, yo soy chica) con un talento incomparable (igual que yo, según mis últimos tres profesores de literatura) con un sueño (igual que yo, según mis últimos veinte diarios, veintiuno contando este) irrealizable (según mi padre.)

Pero bueno, ellos están ahí, ¿verdad? ¿Por qué yo no puedo hacerlo? ¿Qué tengo yo de diferente?

¿Quieres que te cuente un secreto que cualquiera envidiaría? Vivo en la casa de Gerard y Mikey Way. Bueno, la que solía ser su casa en Salter Place, Belleville. No es broma. Lo descubrí hace varios años: en una esquina del sótano está grabado “G.W. estuvo aquí.” Es una inscripción viejísima. Debió hacerla hace años. La mantengo cubierta con varias cajas, porque sino seguro que la obsesión compulsiva de mi Julianne la limpiaría.

No es que importe realmente ahora. Vamos a mudarnos mañana, por eso es que la casa está tan desordenada y Julianne al borde de la histeria. También pudo haber tenido algo que ver con el hecho que fue una decisión sobre la que nadie fue consultado al respecto.

Aproximadamente hace un mes, estábamos cenando con toda la tensa tranquilidad que caracteriza a los Grey cuando Philip se aclaró la garganta e hizo tintinear su vaso pomposamente. Esto me molestó enormemente, porque llevaba veinte minutos tratando de ponerme los auriculares a escondidas de Julianne (por algún motivo, detesta que los use en la cena… como si habláramos alguna vez), pero aún así lo miré igual que Justin y Tracy.

-Tengo un anuncio importante que hacer – soltó Philip, con una sonrisa ostentosa que no me dio buena espina – Nos vamos a mudar.

El silencio que siguió fue de muda incredulidad. Yo fui la primera en reaccionar.

-¡Ni de broma! – solté – ¡Me gusta esta casa!

-Diana, por favor… está es una decisión bien medida y meditada – dijo Philip, con el mismo tono de voz meticuloso que le había salvado el trasero a un montón de empresarios sin escrúpulos que se negaban a pagar el seguro de desempleo de su personal.

-¿Meditada por quién? – insistí – Creo que hablo por todos si digo que esto no puede ser más sorpresivo… ¡No puedes simplemente sacarnos de aquí! Mamá tiene su trabajo y Tracy tiene esa cosa de porristas…

(Dejé a Justin fuera de la ecuación porque el enano video-adicto dejó de vivir en el mundo real hace mucho tiempo.)

Por primera y quizá última vez en nuestra vida, Perfecta Tracy estuvo de acuerdo conmigo (para mi sorpresa… no estoy segura si decir “grata”)

-¡Tiene razón, papá! – chilló – ¡No puedo dejar a las chicas en medio de la práctica de verano!

-Niñas, niñas – Philip adoptó su tono “respetable” – Su madre y yo ya lo hemos discutido y acordamos que a esta familia le haría bien empezar de nuevo. Así que, la decisión está tomada: ¡los Grey se van a Camden!

Y lo dijo como si fuéramos una especie de equipo de béisbol que acaba de pasar a las finales del Súper Tazón. No, espera eso es de fútbol americano… qué diablos, ¿cuál es la maldita diferencia?

Lamenté más que nunca que mi diario se hubiera acabado el día anterior y todavía no hubiera ahorrado lo suficiente para comprarme uno nuevo (soy una gastadora compulsiva, lo admito). Pasaron tres semanas hasta que pude comprar este. De todos modos no hubo mucho que escribir en ese lapso, sólo las frustradas y débiles protestas que traté de esgrimir.

Esto pasa todo el tiempo y no sé por qué todavía mantengo la débil esperanza que un día el “gran abogado Grey” decida preguntar nuestra opinión acerca de su influencia en nuestras vidas. Él hace planes y los demás debemos acatarlos. Fin del asunto. Jonathan se largó a la universidad, a Tracy le gustan los planes, a Justin todo le da igual, y Julianne… bueno, está casada con él. Y yo estoy aquí, triste y sola, con los ojos delineados y una actitud del demonio, tratando de probar un punto.

Oh, no me malentiendas, adoro a mi familia. Los adoraría aún más si estuvieran lejos de mí, eso es todo.

Puedes no haberlo notado, pero no estoy muy entusiasmada con el cambio; a pesar de me han chantajeado prometiéndome que la casa será más grande y que tendré toda una habitación para mí sola. Lo cual será un cambio agradable si contamos con que tengo que compartir la habitación con Tracy desde que… recuerdo.

Son las tres de la mañana, estoy escribiendo con una linterna bajo las sábanas para no perturbar el sueño de belleza de Tracy, y realmente debería estar durmiendo, pero no puedo. Algo me inquieta y no es el calor, a pesar de que este ha sido un verano inusualmente infernal, en más de un sentido.

Como sea, voy a hacer lo que usualmente hago en este tipo de situaciones. Me levanto con todo el sigilo del mundo y bajo las escaleras en puntas de pie. Julianne tiene el sueño ligero, por lo que tengo que ser menos que una brisa de aire al pasar por su cuarto, o tener en la punta de la lengua la excusa de “Fui por agua” o “Voy al baño”. Es una suerte que pueda usar las dos la misma noche y que Julianne no se despierte lo suficiente para darse cuenta que ni para ir a la cocina ni para ir al baño necesito pasar por su habitación.

28 de Agosto, 3:56 a. m.

La puerta hizo un sonido chirriante nada agradable cuando la abrí. Me detuve, escuché. Todo seguía tan en silencio como antes. No necesité prender la luz para encontrar lo que buscaba; he estado tantas veces en el sótano y pasado tantas noches en vela allí que podría encontrarlo con los ojos vendados.

Mi rincón es el único espacio que no está del todo cubierto por el polvo que hace estornudar al delicado sistema respiratorio de Justin y fruncir el ceño a Julianne. Corrí las pocas cajas que quedan aún por sacar y me senté con las piernas cruzadas, mientras mis manos recorrían el borde de madera buscando lo que sé que está allí: “G.W. estuvo aquí.”

Esa inscripción me ha salvado de la desesperación tantas veces. Es tan reconfortante sólo sentarse ahí e imaginar que en algún parte del mundo hay un hombre admirado por cientos de personas que hace no mucho tiempo fue un chico solitario, sentado en ese mismo rincón, pensando en lo mucho que le gustaría ser ese hombre. Le he hablado a esa inscripción como si estuviera loca, cuando estaba triste, cuando tenía miedo.

No parecía haber nada diferente en esta situación con todas las anteriores (estoy triste y asustada), pero sí que lo había: esta era la última vez que me sentaría allí en lo profundo de la noche en busca de esperanzas. La mudanza empezará a las ocho, en menos de cuatro horas, y es más que probable que nunca vuelva a este sitio.

De cierta forma, no parece justo. Yo viví aquí durante los últimos tres años. Soñé, reí y rabié dentro de esas paredes, y ahora nos vamos y dejamos el lugar como si nada. Eso no está bien. Rebusqué en las cajas y encontré una navaja viejísima que alguna vez perteneció a Jonathan mientras formó parte de los Niños Exploradores. No estaba segura si tenía filo, pero de cualquier manera…

Volví a buscar la inscripción y me puse a trabajar a la tenue luz de luna que entra por la única ventana. Escarbé la madera con cuidado, tratando de hacer las letras lo más redondeadas posibles. Cuando estaba por terminar, me corté el dorso de la otra mano. No dolió demasiado, pero aún así me mordí el labio. Es preferible que no sepan que estoy haciendo aquí abajo.

Finalmente estuvo lista. Chupé la herida mientras barría las virutas que quedaron en el piso con el borde de mi pijama. Repasé las letras con la punta de los dedos de la mano sana, satisfecha con el resultado. Luego me levanté y salí de mi santuario para volver a la cama, con el espíritu un poco más calmado. Mañana me ofreceré a sacar las cajas del sótano, porque estoy bastante segura que enloquecerán si llegan a ver lo que hice.

“D. G. estuvo aquí.” Lo grabé justo debajo de la inscripción de Gerard. La siguiente persona que habite esta casa, cuando necesite esperanzas, no se encontrará con una, sino con dos inscripciones. Es bueno saberlo.

4:02 p.m.

Una familia de cuatro hijos con un padre que trabaja como abogado para una importante firma en la ciudad puede darse el lujo de tener una camioneta con asientos individuales para todos los miembros. Una familia así puede darse el lujo de mantener esta camioneta, aún cuando uno de sus hijos se haya ido a la universidad. Una familia así puede costearse una casa más grande.

Tan simple como esas son las razones de nuestra mudanza. Philip quiere presumir a todo el mundo el dineral que gana. Cómo si a alguien le importara.

Los camiones llegaron con tanta puntualidad que me pareció escalofriante. Julianne empezó de inmediato a dar órdenes sobre cómo debía llevarse tal o cual mueble (“¡Esa es mi mesa, conozco cada rasguño, y si descubro uno nuevo, se quedaran sin trabajo, lo prometo!”) mientras yo cerraba tristemente mis últimas cajas y las ponía en el baúl. Adiós, inscripción secreta. Adiós, barrio. Adiós, vida tal como la conozco.

Bueno, no es que deje muchas cosas atrás, para ser sincera. Mis únicos amigos los llevo conmigo, en mi reproductor de música. A diferencia de Tracy, no tengo ningún novio ni ninguna amiga de las que despedirme llorando y prometiendo prontas llamadas telefónicas y amistad eterna (que se disolverá en un par de meses, ya verán).

Pero, de todas maneras, resulta sumamente molesto que te saquen de tu hábitat para llevarte a un lugar por completo desconocido que ni siquiera sabes si te va a gustar. La gente en el colegio casi se había acostumbrado a mí, y ya empezaban a creerse que no llevaría un arma para ejecutarlos a todos.

Estos y otros pensamientos oscuros cruzaban por mi mente cuando finalmente me ubiqué en el último asiento desplegable de la camioneta. Somos una familia ritualista: Philip maneja, Julianne va en el asiento del acompañante, Justin se sienta en una ventanilla, Jonathan (aunque ya no está) en la otra, Tracy, como la princesita de la casa, al medio; yo, como la oveja negra, en el último asiento.

La verdad es que no me interesa. Es un buen asiento. Me da la posibilidad de ponerme mis auriculares y subir el volumen todo lo alto que quiero sin que nadie me recuerde que me voy a quedar sorda antes de cumplir cuarenta. Hoy le encontré un beneficio extra: la posibilidad de echar una cabeceada y recuperar el sueño perdido en las inquietudes de anoche.

Dejamos Belleville atrás demasiado pronto, o eso me pareció a mí. Cuando pude despegar los ojos, le eché una ojeada a mi familia. Justin iba metido en su propio mundo igual que yo, sólo que él utilizaba videojuegos en lugar de música. Tracy tenía su celular en la mano, asumí que mandando mensajes frenéticamente. Y Julianne y Philip movían la boca. Los observé un rato. Luego me dormí otra vez.

Desperté cuando Julianne me sacudió.

-Vamos, Diana. Ya llegamos…

Maldita sea. Estaba teniendo un buen sueño con… no estoy segura con qué, pero era un buen sueño.

-De acuerdo, Greys, aquí estamos – el vozarrón de Philip fue demasiado estridente para mi gusto – ¿Qué les parece?

Entrecerré un poco los ojos para distinguir mejor la estructura. Tenía una fachada de ladrillos vista, varias ventanas, un enorme jardín y un techo a dos aguas. Parecía la casita de ensueño que se ve en series estilo Amas de Casa Desesperadas. Me dio náuseas sólo verla.

-¡Es preciosa, papá! – chilló Tracy, sacudiendo su odioso pelo rubio.

-¿Tiene sistema de electricidad? – gruñó Justin, apenas levantando la vista de su gameboy.

-Por supuesto.

-Entonces a mí también me gusta…

Dios… por favor, que lo siguiente que digan es que ahora que tenemos jardín podemos tener un perro y que Julianne se ataque, te lo suplico…

-Hiciste una elección perfecta, Philip – dijo Julianne, sonriendo y acariciando el antebrazo de mi padre.

¡Estoy rodeada!

29 de agosto, 1:03 a. m.

Arrastré las cosas hacia el que será mi cuarto de ahora en adelante. Es el más alejado en el pasillo de arriba, y está justo al lado del baño, lo cual será una ventaja: en nuestra casa anterior, siempre tenía que pelear con Tracy por los derechos de lavarse los dientes primero. Sí, ni eso podemos hacer juntas.

He apilado las cajas a un costado, demasiado grogui aún para ponerme a acomodarlas. Lo único que hice fue tender la cama y sacar mi diario y mi lámpara de noche. Es grandioso saber que podré tener la luz prendida todo lo que yo quiera sin que nadie me diga que la apague para que pueda tener sus ocho horas exactas de descanso. Tracy es un poco obsesiva compulsiva.

Hay un árbol justo enfrente de mi ventana (sí, es tan alto que está enfrente, no debajo). Acabo de darme cuenta. Levanté la persiana para verlo un momento. Es un buen árbol: nudoso, de ramas desnudas y raíces profundamente hundidas en (trago saliva al pensarlo) nuestro patio trasero. Me gusta, es la clase de árbol que golpea la ventana una noche de tormenta y te da un susto de muerte. Lo llamaré el Árbol Novelesco.

Ha sido un día larguísimo. Me pondré los auriculares y dejaré que las guitarras de Ray Toro me arrullen hasta dormirme.

9:12 p. m.

Bien, si ayer me pareció un día largo, hoy estoy al borde de la agonía.

Nunca imaginé que armar una habitación fuera tan complicado. Acostumbrada como estoy a mantener todas mis cosas ordenadas detrás de la raya invisible que trazamos Tracy y yo, la habitación (mi habitación) se sentía excesivamente grande.

Lo primero que hice fue llenar las paredes desesperantemente blancas con todos mi pósters. Mucho más relajada, me dispuse a encontrarle un lugar a mis Cd’s. Lo cual fue tan odiosamente fácil que no fue una cuestión de encontrarlo, sino de decidirlo. Acomodé mi espejo, mi ropa, mi maquillaje y mis libros. Y aún tenía muchísimo espacio de sobra.

Anonadada, decidí salir un momento de allí. Me asomé a la habitación de Tracy. Todo su cuarto estaba igual de desordenado que la parte de su habitación cuando la compartíamos. Por supuesto, la perfección de mi hermana necesita todo el espacio vital disponible. Yo soy triste y pragmáticamente imperfecta.

Justin también tiene un cuarto para él solo, pero eso es diferente porque él está acostumbrado a ello desde el año pasado en que Jonathan se fue a la universidad. Y por supuesto, nunca tiene que compartirlo más que unos cuántos días o una semana cuando mucho durante los recesos, ya que mi idiota hermano mayor prefiere las fiestas donde puede emborracharse, fumar hierba y hacerse a todas las chicas que desee, antes que parar en casa. No que pueda culparlo.

De cualquier forma, terminé yendo al piso de abajo, cosa que no debí hacer. Mis sentidos se llevaron una desagradable impresión: había platos decorativos y floreros por todos lados. Una manera muy efectiva de decir “esta es la casa de Julianne Grey”.

-Mamá, ¿no te parece que todo esto está un poco chillón? – pregunté, mientras ella ubicaba una foto de toda la familia sobre un aparador.

-¿No te parece que quizá seas tú quién cree que todo debe ser oscuro? – replicó Julianne sin siquiera mirarme.

Hay que admitir que tiene un punto. Hace demasiado tiempo que no uso nada con colores saturados. Me gusta el negro liso y las rayas negras con rojo o blanco. Colores sencillos que nunca pasan de moda, me importa un rábano lo que digan las revistas de Tracy.

-Sí, pero… pensé que no te gustaban los platitos que te dio la abuela por tu cumpleaños – insistí, señalando los horrorosos adornos que ya colgaban de las paredes.

-Oh, no me gustan – aclaró ella – Pero creo que a tu abuela le haría feliz ver que los usamos ahora que no tenemos la excusa de que no hay espacio.

Arqueé una ceja y me tragué todas las maravillosas reflexiones que se me ocurrieron acerca de la hipocresía familiar.

La abuela sabía que Julianne detestaba los platos con motivos de animales. Aún así, le regaló aquellos asquerosos con patos demasiado realistas en ellos. En mi humilde opinión, lo hizo para fastidiarla. A pesar de ello, Julianne se mostró entusiasmada y prometió usarlos en cuanto tuviera espacio, y de hecho lo está haciendo. En mi humilde opinión, lo hace para demostrarle a la abuela que es capaz de ser tan cardadura como ella.

Claro que hace bastante que a nadie le interesa mi humilde opinión. Siguiendo adelante…

Pasé por la cocina (tan blanca, por cierto, que lastimaba los ojos) y me encaminé hacia lo que parecía ser el estudio reinstalado de mi padre. Porque los abogados de firmas exitosas son adictos al trabajo. Y necesitan un lugar particular en su casa para trabajar sin ser molestados. Y es más fácil mudarse a una casa más grande que darle ese espacio a la hija que desesperadamente necesita separarse de su hermana, cualquiera de las hijas que sea. Alguien explíqueme cómo es eso lógico.

Philip tampoco parecía haber tenido problemas para explayarse lo necesario para hacer parecer que la habitación era exactamente lo grande que debía ser. Estaba acomodando los últimos pesados tomos de leyes cuando me asomé.

-Papá, nos invaden los patos – le anuncié.

-Oh, sí, ya los vi – comentó él, tampoco molestándose en mirarme – Le dije a tu madre que no tenía que ponerlos si no quería, pero insistió…

He notado que Philip y Julianne nunca se llaman por sus nombres de pila cuando hablan del otro en nuestra presencia. Como si quisieran establecer una cierta distancia: es “tu” progenitor, pero no “mi” cónyuge. Sabiendo lo que sé, tengo la corazonada que no ando del todo desencaminada.

-De acuerdo – fue todo lo que se me ocurrió decir, tras aquella corta disertación interna sobre pronombres. Sí, hago eso a menudo, por lo cual la gente me toma por estúpida.

-Por cierto, ¿dónde está tu hermana?

De nuevo: es “tu” consanguíneo, pero no “mi” vástago.

-Ni idea, papá – contesté, cometiendo mi primer sincericidio de la semana.

-¿Cómo que no? – preguntó él, con la boca abierta. Y entonces recordé que Tracy es la luz de sus ojos, la razón de su vida, el aire que respira…

-Conociéndola, seguro ya salió a hacer amistades por el barrio – contesté. Sonaba a que podía ser cierto.

-Deberías ser más atenta con tu hermana, ¿sabes? – dijo él, en un tono que me sonó más a reprimenda que a sugerencia.

-Tracy ya está grandecita – respondí, rebelándome ante ese injusto deber.

-¡Sólo tiene quince años! – me hizo notar, como si no lo supiera tan bien como él – ¿Tienes idea de cuántas cosas pueden…?

-Ay, papá, por favor – lo interrumpí. Podría haber dicho el discurso con él palabra por palabra – Si vas a estar siempre tan preocupado, lo que Tracy necesita no es una niñera, sino una correa.

En el momento que lo dije, se me vino a la cabeza una imagen tan graciosa que toda mi fuerza de voluntad se fue en contener una sonrisa. Tracy, por mucho que mi padre lo creyera, no era ninguna santa, y bien sabía yo de sus coqueteos y otro montón de cosas no aptas para “niñas de quince” con todo el equipo de fútbol. Mi hermana era la porrista perfecta, lo que, leyendo entre líneas, se podría interpretar con que era la perra perfecta… por lo cual una correa no le vendría de más.

Fue muy difícil concentrarse en lo que Philip me estaba diciendo a continuación.

-… ¿lo entiendes, Diana?

-¿Qué? Digo… ah, sí, claro que lo entiendo…

-Me alegra mucho – dijo Philip, aparentemente complacido porque acabábamos de tener una charla muy seria e importante – Ahora, ve a ver si la encuentras.

Diablos. No debí haber dicho que lo entendía.

Cuando pasé de vuelta por la sala, sin embargo, tuve una buena excusa de distracción: Justin le estaba volando la cabeza a unos zombies demasiado realistas en la televisión. Mi hermano menor representa dos misterios insondables para mí: cómo diablos consigue que le regalen tanta tecnología pudre-cerebros y cómo se consigue los mejores videojuegos sangrientos teniendo una mesada ínfima.

-Hola, enano – lo saludé – ¿Te sobra una consola?

Justin se encogió de hombros, así que asumí que no le molestaba. Me senté y tomé el puesto del otro jugador. Me mataron antes de los veinte minutos. Frustrada, me limité a mirar como el enano de doce años más autista del mundo pasaba nivel por nivel sin apenas pestañear o hacer gestos de victoria. Tracy entró en ese momento.

-Philip te busca – dije por todo saludo, mientras Justin realizaba una acrobacia increíble incluso para el mundo virtual.

-Ah, ¿de veras? – contestó Tracy, como si ese hombre no pagara todo el maldito maquillaje y ropa con el dinero que yo podría usar para comprarme una librería – Fui a conocer el barrio.

-¿Sí? ¿Y qué tal? – casi sonó a que me importaba.

-Tenemos unos vecinos muy lindos…

Debí suponerlo.

-No me digas…

-Ajá – contestó Tracy, aparentemente muy satisfecha por sus aventuras del día – Son los Peabody - (creo yo que los llamó así, pero no podría estar segura. Sé que sonaba a nombre pija importado directo desde Inglaterra) – Son un matrimonio anciano que vive con sus nietos. El menor tiene tu edad…

“Y harás todo lo que esté en tus manos para seducirlo sin piedad y ganarte el corazón de tus suegros rescatando su gato – todos los matrimonios viejos tienen gatos – del árbol antes que los bomberos lleguen…” pensé con saña, pero no lo dije en voz alta. Tracy entendió que me interesaba poco y nada quién vivía al lado nuestro.

-Voy a ver si mamá no necesita ayuda con la cena.

No sé por qué diablos Tracy y Julianne se esfuerzan tanto en cocinar, si ambas están a dieta desde que puedo recordarlo. Si eres lo que comes, entonces ellas son verdes y desabridas.

La cena estuvo lista un momento antes de que Justin se enfrentara con el zombie
supremo. Nos sentamos en las mismas posiciones, comiendo la misma comida ultra nutritiva y nada sabrosa y tuvimos las mismas conversaciones incómodas interrumpidas por el entrechocar de cubiertos y vajilla. Nueva casa, misma familia.

Para hacer honor a este pensamiento, fui la primera en pedir permiso para levantarme.

-Diana, ¿no quieres postre? – preguntó Julianne.

-No, gracias – corrí la silla antes que mi gula me hiciera cambiar de idea. Por lo general, los postres de Julianne eran una clavada de edulcorante – Voy a mi cuarto…

-Así me gusta – me animó Philip – A dormir temprano, porque pasado mañana empiezan las clases…

Yo estaba a punto de poner un pie en el primer peldaño de la escalera cuando me llegó aquella información. Me volví a mirarlo casi con rabia. A veces me pregunto si recordarme lo miserable que es mi vida constituye un deporte para ellos.

1 de Septiembre, 2:45 a. m.

¡Juro por todo lo que es sagrado que intenté dormir!

Me desperté a las dos de la madrugada pensando que eran las seis y que en cualquier momento escucharía a Julianne despertándose y yendo a la cocina a preparar el desayuno para sus alborotados hijos y su recién promovido esposo, como hace todos los días. Luego iría a la tienda de cosméticos, si no fuera que dejó la tienda de cosméticos en Belleville y ahora se dedicará a ser la perfecta ama de casa. Un destino muy triste, si me preguntan.

Me adormecí mientras pensaba en eso. Sacudí la cabeza y miré el reloj. Bufé cuando descubrí la hora y me volví a acomodar para tratar de dormir ¿Qué otra cosa se supone que hagas cuando te despiertas en plena noche?

Sin embargo, el estúpido hombre de la bolsa de arena ha decidido odiarme. No pude volver a dormir. Di vueltas en la cama al punto en que tuve que preguntarme cómo era posible que Rosquilla no me hubiera clavado sus uñas todavía. Luego recordé que Rosquilla llevaba tres meses enterrado en nuestro antiguo patio trasero.

Rosquilla llegó a la familia cuando tenía siete años. Jonathan, Tracy y Justin querían un perro, pero para mí no hubo cosa más preciosa que el diminuto gatito de ojos verdes que Philip sacó de la caja. Julianne estaba de acuerdo: los gatos tiran menos pelo y necesitan menos cuidados (Y si se perdía, no tenía ningún problema decir que se había marchado como los gatos suelen hacer y nosotros no quedaríamos traumados por ello.)

Mis hermanos se cansaron pronto de él. Yo no. Le puse Rosquilla porque fue lo primero que comió cuando llegó a la casa. Y fue el inicio de dos romances de toda una vida: el mío con Rosquilla, y el de Rosquilla con las rosquillas. Rosquilla era anaranjado, con manchas blancas en las patitas, y a base de mimos, se convirtió en un gordo gato adicto al sillón, frente al cual el propio Garfield quedaba como un atleta olímpico. Solía dormir en mi cama, para protestas de Tracy. En noches como esta, lo abrazaba y lo acariciaba hasta que su ronroneo me adormecía.

Rosquilla murió a principios de este verano, a la venerable edad de once años, después de pasar sus nueve vidas mirando películas de Tim Burton conmigo. El veterinario dijo que fue a causa de alguna válvula de escape en sus intestinos gruesos que de pronto dejó de funcionar, pero la verdad es que no me importaron mucho sus explicaciones: Rosquilla murió de viejo, nada más. Fue un gran golpe para mí. De toda la familia, ese gato ha sido el único que me quería por lo que soy. Lo enterré debajo de los rosales de Julianne en una ceremonia privada – sólo yo – con una rosquilla de chocolate, sus favoritas.

Se me han llenado los ojos de lágrimas. No sé por qué diablos tengo la costumbre de pensar en este tipo de cosas en lo profundo de la noche. Mejor vuelvo a dormir.

7:25 a.m.

Tres tazas de café, un par de golpes en la cara, y todavía no estoy del todo despierta. Anoche debería haberme dado cuenta que era otra cosa además de la ausencia de Rosquilla lo que me mantenía en vela. Hoy comienzan las clases, y por primera vez en años, este hecho tan molesto y vulgar me está causando un fastidioso retortijón en el estómago.

Estoy en el auto (el auto de segunda mano que solía ser de Jonathan) esperando que Tracy termine de maquillarse en el espejo del pasillo y Justin acabe su debate con Julianne sobre si debe llevar su game boy o no al colegio. Por lo general, formo parte de ese cuadro, saboreando tranquilamente mi café, pero hoy estoy ligeramente acelerada.

Apenas me he dado cuenta que es el principio del fin. Mi último año de secundaria. El año que he estado esperando desde que entré en la secundaria. Después de esto podré irme de casa y escribir, me importa un comino que me digan que esa carrera no tiene futuro.

Bueno, también hay otro motivo. Vamos a un nuevo colegio. Tengo la fútil esperanza que eso no significará solo nuevos ojos echándome miradas de desconfianza. Tal vez, solo tal vez, encuentre en este sitio los amigos que tanto me hicieron falta anteriormente. Aunque claro, cualquiera que intente hablarme se me va a chocar contra una pared de timidez disfrazada de agresión. A mí no me sale eso de sonreír y tener una conversación sobre el clima tan fácilmente como Tracy.

Por Dios, ya estoy pensando en negativo de nuevo. Necesito música, ¿qué CD habré dejado en la guantera? Ah, The Young And The Hopeless. Perfecto. Nada como los viejos tiempos de una buena banda antes de ser vendida a los medios.

Bueno, supongo que no tiene ningún caso adelantarme a los hechos. Tengo que pasar este año, escribir mucho, leer aún más, ignorar a todos los que me miren como si fuera un bicho de circo y conseguirme un reproductor de mp3 con más memoria. Estaré bien.

Ahí sale Justin, escondiendo algo en su camisa. Probablemente Julianne le prohibió llevarse el gameboy, pero él lo trajo de todas maneras. Voy a encender el motor. Fui autodidacta al aprender a manejar: Philip no quiso enseñarme y Jonathan me cobró por hacerlo. Vaya hermano mayor.

Listo, aquí viene Tracy, vestida como la princesa del mundo que se cree que es. Es casi antinatural no verla sin su traje de porrista, pero estoy segura que se conseguirá uno nuevo antes del próximo mes.

De acuerdo, punto muerto, primera, aquí vamos. Respiro profundo y me concentro en lo que quiero que la gente vea de mí.

Mi nombre es Diana Grey, y este es mi último año de secundaria, mi última oportunidad de hacer amigos. Si te gusta My Chemical Romance, no dudes en saludarme.

Quizá un poco menos de desesperación me vendría bien.

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Última edición por JouL el Dom Feb 21, 2010 7:45 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Mar Dic 08, 2009 2:43 am

Citación :
Mi nombre es Diana Grey, y este es mi último año de secundaria, mi última oportunidad de hacer amigos. Si te gusta My Chemical Romance, no dudes en saludarme.

Quizá un poco menos de desesperación me vendría bien.

xD


Si hay varios puntos mas en el texto que me gustan. Como lo de "Si te pareces a lo que comes..."


Este cap ya lo tenia leido... :3


Avisame cuando publiques el que le sigue.



P.D.: No sera mi *directa* culpa si no temino para el 28 xD



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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Mar Dic 08, 2009 4:04 am

oh!! hace tanto que no leia un fic
y este me encanto *¬*!!
Citación :
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
*enserio o.o!!......maldicion U.U*
xDDDDDD!!
y crei que habia encontrado a mi hermana perdida -..xDDD!!
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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Mar Dic 08, 2009 4:07 am

Eres la reina de estas cosas, del sarcasmo y de sacarme sonrisas a punta de situaciones un tato trágicas...Lo había leído, pero no estuvo mal leerlo de nuevo. Ya sabes, esos cientos de puntos que me provocan sonreir en tus historias. Eres la mejor, de eso no hay duda enana.

Te quiero y sube mas sino, ya sabes volvemos al deporte de antaño. Como anhelo esos tiempos.


XO

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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Dom Feb 21, 2010 7:45 am

2 – ¿Por qué todos creen que soy emo?

1 de Septiembre, 17:45 p. m.

Vaya, hacía mucho que no tenía un día así de desastroso.

La escuela nueva se parece tanto a la vieja que tuve un intensa sensación de deja vú en cuanto bajamos del auto. Y tal parece que no fui la única: Tracy se quedó con la boca tan abierta que fue una sorpresa que no se tragara una mosca o dos.

-¡Es hermosa! – chilló. Justin levantó la mirada de su videojuego (que había sacado a mitad de camino, tal como yo esperaba) y arqueó una ceja.

-¿No nos habíamos mudado?

-Sí, yo también creí eso – contesté, feliz de tener a alguien que compartiera mi opinión por fin. Justin lanzó un suspiro de algo entre la resignación y el hastío – De acuerdo, terminemos con esto – dije, arrastrándolos a ambos a la oficina de registro de estudiantes.

La Sra. Fleming nos sonrió con dientes tan amarillentos que daban miedo mientras anotaba nuestros nombres y nos daba los mapas.

-Si necesitan cualquier consulta, sólo pídanmelo – dijo, con voz melosa. Le agradecimos sin mucho entusiasmo y salimos de allí, Justin aún con sus jueguitos, Tracy mirando intensamente el mapa.

-¿Qué haces?

-Intento memorizarlo, ¡no quiero parecer tan obviamente nueva! – contestó Tracy escandalizada, como si el solo hecho de sugerir algo por el estilo me hiciera la persona más estúpida del mundo.

-De acuerdo… - miré mi horario y lancé un suspiro. La clase de Literatura era la primera del día. Por suerte – Los… veo luego – dije, al recordar que seguramente ellos se sentarían en el almuerzo con cualquiera menos yo.

Parece ser que la Sra. Fleming nos entretuvo más de lo necesario, porque cuando llegué a la clase todos (incluido el profesor) se dieron vuelta a mirarme. Momento incómodo si los hay.

-Perdón, me perdí – mascullé. El profesor asintió con la cabeza y me indicó que me sentara. Mi lugar favorito del salón (el rincón del fondo) estaba libre, por suerte. No así el asiento contiguo.

-Hola – saludó el chico que se sentaba a mi lado.

-Hola – repliqué, sacando mi cuaderno.

-¿Emo, no? – soltó de pronto – No habíamos tenido una desde que expulsaron a Rupert.

-No soy emo – contesté, blanqueando los ojos casi involuntariamente.

-Ah, no te preocupes – siguió él – Son buenos con nosotros.

Levanté una ceja y lo miré bien. Apenas había reparado en su piel oscura cuando el brillo de las millones de cadenas que le colgaban del cuello rebotó en mis lentes de contacto y me cegó momentáneamente, pero no como para dejar de apreciar su gorrita ladeada y su chaqueta holgada muy al estilo “50Cent llamó y quiere que le devuelvan su look.” Desde donde yo lo veía, no había un “nosotros” lo suficientemente universal para englobarnos a los dos.

-¿Nosotros? – repetí, completamente sacada.

-Los negros, los maricas y los emos – contestó el chico sin pelos en la lengua.

Me quedé aún más descolocada ¿Desde cuando ser emo te pone en las minorías clásicamente discriminadas por la basura blanca? No que me importe… ¡porque yo no soy emo! Aunque tampoco soy negra ni gay… ¿eso me convierte en basura blanca? Prefiero no saberlo.

-De acuerdo – dije con mucha lentitud. Miré al frente. El profesor no parecía tener intenciones de dar clase.

-Soy Berko – se presentó.

-¿Berko? – repetí.

-Sí, Berko – contestó él, tan orgulloso que no pude menos que suponer que no era su verdadero nombre. Pero la verdad es que no me importó porque adoro los nombres bizarros, y no había escuchado uno tan bueno desde Bandit.

-Bonito nombre – contesté con sinceridad.

-Gracias… ¿y el tuyo es?

-Diana – contesté – Diana Grey.

-¿De verdad? – preguntó Berko, ahogando lo que era obviamente una carcajada.

-¿Por qué, qué tiene? – pregunté, perdida.

-Nada… es que se me ocurrió que nadie llamado “Grey” debería usar tanto negro.

Y mató la buena vibra que había en el aire con ese chiste de tercera. Diablos, empezaba a caerme bien. Antes de que pudiera lamentarme por eso, el profesor finalmente se decidió a moverse. Tomó una tiza y escribió algo en el pizarrón a toda velocidad con una letra demasiado prolija. Luego, volvió tranquilamente a su escritorio y le echó una mirada a la clase por encima de sus gruesos anteojos negros.

-¿Quién dijo esta frase? – preguntó.

La releí. “La literatura es siempre una expedición a la verdad”. Miré el salón desde mi pequeño rincón ¡Por Dios, era tan obvio! ¡No me hagan levantar la mano!

-¿Nadie? – preguntó el profesor – Vamos, es fácil…

No voy a contestarla... no, de ninguna manera… si nadie lo sabe, no los sacaré de su ignorancia… bestias incultas, es imposible que no lo sepan…

-Sí, la del fondo…

De todos los misterios del mundo, este es probablemente el que me torture hasta el fin de mis días: ¡¿En qué momento levanté la mano?!

-Kafka – mascullé – Frank Kafka.

-Así es, en efecto – aceptó el profesor. Si estaba complacido, no lo demostró – ¿Y qué creen que quiso decir?

Bueno, si vamos a ir al infierno…

-¿Señorita…?

-Grey – contesté – Quiso decir exactamente eso. Cuando creas literatura, es porque quieres decir algo. Aunque una historia sea ficticia, no significa que para quien la escribió y para quien la lee no sea verdad. Siempre hay algo allí, algo oculto, algo que quizá no puede ser dicho de otra manera que no sea entre líneas.

Me callé porque me di cuenta que todos estaban mirando. Si no, hubiera seguido.

-Muy bonito, señorita Grey – dijo el profesor – La próxima vez quizá quiera ser algo menos poética.

Lo odié instantáneamente cuando el salón se llenó de risitas gracias a su comentario agresivo complemente gratuito. Tuve la impresión que, a diferencia de todos los profesores de Literatura que había tenido hasta ahora, no me iba a llevar bien con este sujeto.

-Creo que fue una buena respuesta – me consoló Berko.

-¿Por qué preguntó si no quería que contestáramos? – gruñí por lo bajo.

-Teness es así – Berko se encogió de hombros – Molesto.

Como un mosquito revoloteando en tu oreja durante una noche de verano. Eso no lo dije. Mi lengua tiende a hincharse cuando mi cara se pone roja por el motivo que sea.

El resto de la clase versó sobre los libros que vamos a leer y cómo van a controlar si los leímos. Una pesadez, realmente: ya he leído la mayoría. Sólo cuando tocó el timbre me di cuenta que la clase en sí había durado menos de cuarenta y cinco minutos.

Un grupo de chicos le hizo señas a Berko cuando salimos de la clase.

-Oye, Dee Gray, te veo después – y sin ningún miramiento, me dejó sola en medio de un pasillo lleno de desconocidos que me miraban con desconfianza. Así que mandé al demonio todo lo que tenía ganas de mandar y fui a buscar mi casillero.

Bien, como si no fuera suficientemente malo que me haya sentado al lado del único sujeto al que le parece bien hacer bromas sobre los apellidos de la gente, mi casillero parecía estar ni más ni menos que en el pasillo de los nerds. También conocido como el pasillo enfrente del aula de Química. Me di cuenta de ello ni bien llegué porque había lo que parecía ser un par de imbéciles poniendo algo en un casillero. Luego lo cerraron y se fueron corriendo.

Detesto los casilleros nuevos, se ven tan impersonales… Nota a mí misma: buscar, imprimir y recortar todas las imágenes de MCR que mi impresora sea capaz de vomitar. Por favor, Dios, que al menos Frankie Iero esté dentro de él… nop, ningún Frankie…

Estaba pensando en eso cuando una chica con un suéter rosa francamente feo y un par de anteojos que le daban a su cara el extraño aspecto de una mosca se paró frente al casillero que los imbéciles acababan de manipular. No lo sé, me dio un poco de pena.

-Yo no haría eso – le solté por lo bajo cuando empezó a poner la combinación. Se dio vuelta a mirarme y pareció asustarse. Tragó saliva varias veces.

-Cla… claro… lo que tú digas…

-En serio. Unos chicos te pusieron globos de agua o algo – le advertí, dando un paso hacia ella. La chica dio un respingo y golpeó los casilleros.

-Sí… sí, por supuesto…

Empecé a preguntarme si no tendría algo en el rostro cuando los dos imbéciles (en adelante, Imbécil 1 e Imbécil 2) se asomaron otra vez al pasillo.

-Hola, Laura – saludaron con un tono melindroso que pretendía ser amigable. La chica se sobresaltó todavía más.

-Chi… chicos… ¿cómo… pasaron el verano?

-¿No quieres abrir tu casillero? – preguntó Imbécil 1. Arqueé una ceja. No era posible que lo abriera ahora. Era más que obvio que algo malo iba a pasar si lo hacía.

-Es que… verán… creo que ya tengo todo lo que…

-No, no tienes tus libros de ciencia – dijo Imbécil 2.

-Sí, necesitas tus libros de ciencia, ¿no? – insistió el otro.

Habría apostado los ahorros de mi vida a que no iba a abrirlo. No podía ser tan estúpida.

Mi mandíbula rozó el piso cuando Laura se aferró al borde de su casillero y lo abrió con mano temblorosa. Inmediatamente, un montón de globos de pintura cayeron sobre ella, de modo que su suéter rosa pasó a verse azul verdoso, igual que su cabello y el vidrio de sus anteojos. Inmediatamente también, todos en el pasillo empezaron a reírse a mandíbula batiente mientras Laura salía corriendo en dirección a los baños.

Qué diablos, ¿por qué hizo eso si sabía lo que iba a pasar? ¡Nadie es lo suficientemente masoquista para dejarse bombardear con globos de agua llenos de pintura!

Imbécil 1 y 2 estaban riendo también, hasta que Imbécil 1 le puso una mano en el hombro a su compañero y lo acercó tirando hacia mí.

-Mira, emo – me soltó sin más – Te mereces algo horrible por tratar de evitar nuestra broma de comienzo de año.

¡Emo! ¿Pero por qué no te vas un poco a la…?

-Escucha, tío, acabo de llegar – dije – No sé cómo funcionan las cosas.

-Pues este es un curso acelerado – saltó Imbécil 2 – Nosotros hacemos bromas, tú no te metes ¿Entendiste?

-Lo que ustedes digan – contesté, usando todo mi sarcasmo junto.

-Exacto – saltó Imbécil 1 – Lo que nosotros digamos.

-Y mejor cuida el tonito de voz, emo.

-Viejo, mi hermana era porrista – dije, blanqueando los ojos – Tú no puedes hacerme nada peor. Sólo dejémonos en paz los uno a los otros y creo que podremos llevarnos de maravilla.

No sé si hablé muy rápido o ellos son demasiados lentos, pero su gesto de enfurruño se acentuó aún más.

-¡Bien! – dijo Imbécil 1.

-¡Bien! – repitió Imbécil 2. Y ambos se fueron por el pasillo pisando fuerte.

Dictadores. Estos idiotas son dictadores. Los típicos abusivos que roban el dinero del almuerzo y hacen que los demás hagan su tarea. Creen que es muy divertido lastimar a la gente y amenazarla para obligarlos a cumplir su voluntad. He oído que ellos son los blancos cuando hay tiroteos en las escuelas. Pero eso me parece un error: la muerte es demasiado buena para ellos. Prefiero pensar que algún día trabajarán de oficinistas en la multinacional que tendrán los nerds que fastidiaron ahora. O mejor aún, de conserjes.

Como fuera, pasé a la siguiente clase con la sensación de tener un hueso de pollo atorado en la garganta: explíquenme quién fue el genio que puso Trigonometría justo después de Literatura.

La profesora Truman es gorda, rubicunda, con el pelo encanecido y anteojos de medialuna. Le faltaba un vestido de flores, una casa llena de gatos y que te pellizcara la mejilla mientras te ofrecía un pastel preparado con azúcar vieja. Su presencia en un aula tan sombría como aquella parecía fuera de contexto. Su gesto de odio y enojo sempiterno, también.

-¡Señorita Gray! – bramó ni bien terminó de repasar la lista. Tragué saliva.

-Sí, esa soy yo…

-¡Preséntese a sus compañeros! – ordenó más que sugirió. Casi faltó que agregara: “Miren, niños, ¡carne fresca!”

-Eh… pero…

-¡Ahora!

Vaya, una escuela de dictadores. De pronto me pregunté si Imbécil 1 e Imbécil 2 no estarían emparentados con esta mujer tan irritante. Me paré rogando que el calor que sentía de pronto no fueran mis mejillas tiñéndose de rojo brillante.

-Hola, mi nombre es Diana Grey – “soy adicta al café y a una banda llamada My Chemical Romance” – Y no soy… muy buena en Trigonometría. Haré… lo que pueda.

De pronto me pregunto de donde saqué mi nula habilidad para mentir. Siendo que Tracy le mentía en la cara a Philip cada vez que quería, probablemente sólo se trate de un problema de falta de práctica más que de algo genético.

-Oye, ¿eres hermana de la rubia cachonda que acaba de entrar? – me preguntó un chico desde un costado del salón. Rubia cachonda… sí, podría ser Tracy.

-Probablemente, sí – contesté.

-¡Bien! – ladró la señora Truman – ¡Abran sus libros!

Aunque gritó la clase prácticamente en mi oído, no conseguí entender nada de lo que dijo. Algo acerca de círculos y ángulos y líneas que hicieron que me quedara viendo el pizarrón con la expresión de ser la persona más idiota del planeta. De hecho me sentí así cuando todos afirmaron entenderlo menos yo.

-¡Grey! – bramó Truman cuando acabó la clase, haciendo que me sobresaltara – ¡Un momento!

Me acerqué al escritorio, lista para salir corriendo si intentaba morderme.

-¡No entendiste nada de lo que dije!

Demonios, ¿fui tan obvia?

-Dije que no era buena…

-¡¿Por qué tomaste Trigonometría?! – interrogó a voz en cuello.

-Porque es… una… materia obligatoria en este colegio – respondí con lentitud. Truman pareció furiosa de que le recordara las reglas de su propio territorio.

-¡Bien! ¡Esfuérzate!

-Tra… trataré – balbuceé. Y luego salí corriendo.

Por Dios, ¿podría estar mujer tener un carácter todavía peor? Lo dudo. Tengo la impresión que tendré problemas con ella lo que resta del año.

Finalmente era hora del almuerzo. Encontré yo solita mi camino hacia la cafetería, una bonita estructura de linóleo blanco con sillas y mesas en el exterior, como anunciando la optimista idea de que no iba a llover. Pasé de ellas cuando vi a Tracy sentada con un grupo de chicas y chicos de uniformes de porristas y jugadores de fútbol y a Justin con otros dos chicos de su edad, cada uno de ellos con un game boy en la mano. A ellos no parecía haberles ido tan mal.

En lugar de eso, encontré un árbol algo apartado de todo con frondosas ramas que empezaban a amarillear y me senté sobre el pasto sin ningún miramiento. No me importa arruinar mi ropa, los jeans que llevaba puestos han soportado más que un par de manchas verdes. Saqué mi sándwich de salami (oh, gloriosas calorías) y mi gaseosa y me preparé para devorarlo cuando…

-Estás en mi árbol – dijo alguien.

Miré alrededor, completamente perdida. No parecía haber nadie mirándome con la suficiente confianza como para hablarme.

-Oye, emo, aquí arriba – repitió la voz – Estás en mi árbol.

-¡No soy emo! – contesté con rabia, levantando la cabeza. Un chico de melena castaña estaba subido en las ramas y apoyado en el tronco, con una cámara de mira telescópica en la mano – Y perdona, no vi tu nombre escrito en ningún lado…

El chico hizo algo que no me hubiera imaginado. Saltó sin ningún esfuerzo aparente y aterrizó delante de mí. Entonces, como la virgen con hormonas alborotadas que soy, me lo quedé mirando y decidí que quizá no hubiera sido buena idea tratarlo mal.

-Este es mi árbol – replicó, con frialdad en sus bonitos ojos ambarinos. Conseguí apenas dejar de mirar la forma en que su remera negra se pegaba contra la musculatura de su pecho y contesté:

-De veras, no vi tu nombre en ningún lado.

El chico arqueó una ceja en su bien esculpida frente y señaló detrás de mí. Justo donde mi espalda había estado apoyada, se leía el nombre: “Fulton Hawking” Grandioso. Otro nombre raro para mi colección.

-De acuerdo, quizá sí tenga tu nombre – admití a regañadientes – Eso no significa que puedas venir y echar a todos los que quieran sentarse debajo de él…

-¿Ah, sí? ¿Y por qué no? – preguntó Hawking – Eres nueva, ¿verdad?

-¿Eso qué tiene que ver? – pregunté, empezando a enfadarme. Ni siquiera una cara tan bonita como aquella podía compensar tanta grosería junta – Este es un bonito lugar para sentarse y no veo por qué alguien como tú debería interrumpir mi almuerzo para reclamar tu propiedad sobre el árbol.

-Claro – blanqueó los ojos – Mira, niña emo, me estás fastidiando. Vete de mi árbol.

-No me voy a ningún lado – contesté, alzando un poco la voz – Y el que fastidia eres tú. Ahora si me disculpas, voy a terminar mi almuerzo…

-Ya no tienes almuerzo que terminar – me señaló él. Me di vuelta y lancé una imprecación: mi precioso sándwich de salami estaba siendo atacado por una salvaje horda de hormigas rojas. Justo las hormigas a las que soy alérgica.

-¡No puede ser! – grité, en el colmo de la frustración, y luego me volví a verlo con rabia – ¡Tú sabías que estaban allí!

-Sí – contestó él tranquilamente – Pero como no es mi árbol, no tengo ninguna obligación de advertirte esa clase de cosas, ¿no?

Dejé que se diera la vuelta y se fuera sin asesinarlo porque había demasiados testigos.

Estuve tan horrorosamente hambrienta el resto del día que apenas me enteré de las cosas que pasaron. Debo haber tomado apuntes en la clase de Historia, porque veo mi letra garrapateada en la carpeta, y debo haberme dormido en Filosofía, porque cuando sonó el timbre que anunciaba el final de un lunes nada memorable, mi guante de esqueleto estaba ligeramente húmedo de mi propia baba.

Para colmo, mis queridos hermanos me hicieron esperar treinta minutos antes de decidirse finalmente a aparecer. Justin entró primero, con la mirada siempre clavada en su game boy. Lo miré con suspicacia.

-Ese no es el tuyo – señalé.

-Sí – contestó sin ningún problema aparente – Lo intercambié con Peter.

-¿Un video-adicto igual que tú?

-Precisamente – contestó sin inmutarse. Tracy apareció después y se deslizó dentro del auto con una sonrisa tan grande que me pareció mentira.

-Bueno – anunció – Creo que podré acostumbrarme a esto.

-Nunca me cupo la menor duda – mascullé. Estaba rogando que Julianne tuviera lista la cena para cuando llegáramos. O que, en todo caso, no me dijera nada cuando abriera la heladera para sacar una botana. Encendí el auto.

-¡Oye, Tracy! – gritó alguien. Detuve el auto con una imprecación. Si arrancaba ahora que la princesita planeaba hacer sociales, me haría un escándalo que redundaría en Philip hablándome de lo considerada que debo ser con ella, como si alguna vez fuera a hacer lo mismo por mí.

-Sólo quería que supieras que las audiciones para el equipo son la semana entrante – dijo la rubia espectacular que se acercó a nuestro auto – Y asegurarme que no te olvidaras.

Por favor, Señor, permíteme atropellarla…

-¿Ella es tu hermana? – preguntó una voz masculina.

-Por el momento – gruñí, sin mirar al sujeto. Seguro era el perro faldero… quiero decir, el novio de la porrista que hablaba con Tracy.

-Diana – me reclamó Tracy. Supongo que quería decirme que debía ser amable con aquel dúo de perfectos extraños (y recalco perfectos) salidos sin lugar a dudas de One Three Hill y Greek. Pero no estaba de humor para eso.

-Sería bueno que llegáramos a casa antes de las cuatro – continué – Le daría paz de espíritu a Philip.

-Ah, sí, como tú digas…

La vi blanquear los ojos por el espejo retrovisor y a la rubia sonreír comprensiva. Claro, échenle la culpa a la hermana mayor que intenta ser responsable.

-Me gustan tus trabas – continuó el perro faldero. Mis trabas tenían forma de calaveras y eran horrorosas según la opinión pública, pero eso parecía ser algo demasiado complicado de entender para él.

-Gracias, ¿podrías decirle a tu novia que se aparte para poder irnos? – reclamé, dándome vuelta a mirarlo. No debí hacer eso. Me topé con un par de ojazos azules que hicieron flaquear mi determinación de salir de allí y seguir considerándolo un idiota.

-Ah, sí, claro, disculpa – contestó el tipo y le pasó una mano por los hombros a la rubia – Vamos, cariño, debemos ir a la práctica.

-Claro – contestó la rubia. Me echó una mirada despectiva y a continuación le zampó un beso a su hombre que merecía que alguien les gritara: “¡Consíganse una habitación!”

-Ustedes se ven tan lindos juntos – los halagó Tracy ¿Cuándo es que se volvió la aduladora más desesperada de la tierra?

-Sí, ¿verdad? – contestó la porrista rubia – Y bien, ¿irás a las audiciones?

-Dalo por hecho – asintió Tracy con demasiado entusiasmo. Me aguanté las ganas de parodiarla. La rubia hizo un gesto de despedida y por fin pude salir del maldito estacionamiento.

-¡Diana! – me chilló Tracy, en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos para que sus nuevos mejores amigos no la escucharan – ¡Pudiste haber sido más amable con ellos!

-¿Por qué? Ni los conozco – repliqué.

-Bueno, ahora que venimos a esta escuela, deberías conocerlos – replicó Tracy – Son Leah Montgomery y Noah Garvey. Y tuve mucha suerte de que hoy me invitaran a comer.

-Ay, por favor, Tracy, tú conoces a esa clase de personas mejor que yo, dado que eres una de ellas – le reclamé – Nada es suerte con ellos. Quieren algo de ti por seguro.

-Quizá – contestó Tracy con desprecio – Pero es mejor que quieran algo de ti a que sean tus enemigos, ¿no lo crees?

Iba a contestar que quién podría querer algo con esa rubia celópata y su perro faldero de ojitos brillantes, pero me callé la boca porque siempre que peleo con Tracy, significa que Philip le dará la razón aunque no la tenga y yo tendré que tragarme las amargas ganas de gritarles a todos que son unos idiotas y no soporto esa casa ni un segundo más, lo que seguramente desatará otra pelea.

Y la verdad, no tengo ganas de eso.

La cena está lista (¡por fin!) No me dejaron robar nada del refri, así que seguro que me la trago así sean repollitos de Bruselas.

7 de Septiembre, 9:52 a. m.

Tuve una pesadilla anoche. Había una pequeña niña atrapada en un pasillo completamente oscuro, vestida en un camisón rotoso y abrazando a un osito. Estaba llamando a su mamá, pero su mamá no respondía. De los cuadros alrededor de ella, de ponto, empezaban a salir unas criaturas extrañas y horribles, que reptaban hacia la niña de forma bastante escalofriante. La niña seguía llamando a su madre, sin darse, o sin querer darse cuenta, de los monstruos detrás de ella.

Yo, que observaba todo de alguna manera, tenía ganas de gritarle, de correr hacia ella, abrazarla, protegerla. Pero entonces me daba cuenta que esta no era más que una película, una proyección. Todo lo que podía hacer era seguir mirando.

La nena avanzaba por el pasillo, con los monstruos siguiéndola. Yo pensaba, estaba segura, que en algún momento saltarían sobre ella, la atacarían, se la comerían sin más. La niña se detenía al final del pasillo. Yo estaba al borde de mi invisible silla. Ella se daba vuelta musitando “¿Mamá?” una vez más... y entonces los monstruos, en lugar de comérsela o algo más horrible, le tendían sus retorcidos brazos. La nena avanzaba hacia ellos sin temor aparente de ninguna clase. Los monstruos la abrazaban amorosamente, y luego se la llevaban.

Fue la clase de sueño que tienes que escribir ni bien te despiertas, aunque las diez de la mañana sea una hora criminalmente temprana para despertarse un domingo (la abuela, esa gruesa mujer protestante, opinaría lo contrario). Lo dejaré archivado aquí. Quizá más adelante pueda sacar una historia de él.

9 de Septiembre, 12:14 a. m.

Acabo de pasar la media hora más inútil de mi vida.

Hoy me llamaron por los altavoces durante la clase de Historia Antigua, lo cual me fastidió enormemente: de hecho disfruto esa clase. Mientras salía del aula, mi cabeza elaboró un montón de teorías acerca del motivo: desde haber roto alguna cláusula en el código de vestimenta (algo muy posible, lo admito) hasta que Justin se había dado contra un poste por no levantar la cabeza de su juego y ahora se encontraba inconsciente en la enfermería, y ni Philip ni Julianne respondían el teléfono (algo también muy posible, sobre todo en lo que se refiere a la última parte.)

Resultó que mi imaginación no fue lo suficientemente amplia para abarcar la verdadera razón.

El despacho de la Profesora Grim me resultó escalofriante: estaba adornado con colores brillantes y posters de universidades, y de las paredes colgaban (sí, colgaban) libros y más libros de psiquiatras muertos. Cuando di un paso adentro, no pude evitar quedarme mirando todo con incredulidad y espanto.

-¡Oh, tú debes ser Diana! – me gritó una vocecita chillona y estridente – ¡Pasa, por favor, pasa!

Avancé un poco, no muy segura. La profesora Grim me sonrió con todos los dientes de modo que me dio más miedo que confianza, y me señaló la silla delante de su escritorio. Tuve que tragar saliva dos veces antes de poder hacerlo.

-Diana – dijo, cruzando sus dedos como garras pintadas de rojo sobre el escritorio y esbozando aún más su sonrisa de bruja – Entiendo que te mudaste aquí hace poco.

-Menos de dos semanas – notifiqué, echándome atrás en la silla. La mujer tenía un grano en la nariz que bien podría haber tenido vida propia.

-¿Y cómo está yendo todo? – preguntó, suavizando el chillido hasta parecer un tono meloso. “Métete al horno y comprueba si está caliente, preciosa, mientras yo engordo a tu hermano para comérmelo.”

-Eh… bien – contesté, tomando la palabra en una extensión mucho menor a la general – Supongo…

-Diana, puede que ya sepas esto – continuó – Pero yo soy la orientadora vocacional…

De pronto, todo tuvo sentido. Pero dije que ya lo sabía para no quedar como una idiota.

-Me estaba preguntando – continuó con mucha lentitud, tan condescendiente como una maestra de primero enseñándole a un chico hipersensible que dos y dos son cuatro – qué es lo que tu linda cabecita estaba planeando para tu futuro…

Por la forma en que miro mi peinado cuidadosamente desgreñado, supuse que pensaba que mi cabecita era todo menos linda. Y apuesto que opinó lo mismo de mis muñequeras, mi maquillaje y mi remera con la inscripción: “Cuidado. Muerdo.” Pero la verdad es que me tenía sin cuidado: quería salir corriendo de ahí lo antes posible.

-Eh… yo pienso… estudiar literatura y trabajar como editora de alguna revista, supongo – dije sin mucho convencimiento.

-Ya veo – ronroneó Grim – Y… ¿ese es tu plan a largo plazo?

-¿Qué? No – contesté. Es más que obvio que ese no puede ser el plan a largo plazo de nadie – Planeo escribir.

A mí me parece el plan más maravilloso del mundo. Por la mirada que Grim me echó, supe que ella pensaba otra cosa.

-¿Escribir? – repitió, y tuve ganas de deletrearle la palabra – ¿Cómo… escribir? ¿Escribir qué?

-Bueno… ficción, supongo – me encogí de hombros. Ahora era yo la que estaba siendo condescendiente: pobre mujer, ¿es que nunca ha entrado en una librería? – Novelas, cuentos…

-Ya veo – dijo, sin el convencimiento ni el chillido de antes – Y… ejem… tus… padres, ellos… ¿saben de tus… planes? – casi escupió la palabra.

-Sí, supongo, si escucharon algo de lo que dije durante los últimos cinco años – contesté.

-¿Y qué piensan de esto?

-Están completamente en contra – informé con toda calma – Eh… ¿ya terminamos? Es hora del almuerzo.

Grim se me quedó mirando de la misma manera en que miraría a una alienígena que acabara de pisar su diminuto planeta. Recordando que el que calla otorga, me levanté y me fui.

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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Jue Feb 25, 2010 10:34 am

Citación :
“Métete al horno y comprueba si está caliente, preciosa, mientras yo engordo a tu hermano para comérmelo.”

Epico, simplemente.

Darling, son las 4.32 de la mañana. Tengo los pies fríos, no me siento nada bien y mi humor es catastrofico. Pero la buena lectura hace milagros.

Amo como escribes, eso lo sabes de sobra. Dame la caratula de tus libros, yo las hago, yo soy tu publicista, yo le vendo tu ingenio a los ingenuos y a los no tanto.

Como notarás de madrugada me pongo paranoica y mas rara.

Te quiero. Escribe mas!!

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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   Jue Feb 25, 2010 5:27 pm

Wow, tengo una publicista insomne....

Genial!

*randomrandomrandomrandomrandomrandomrandomrandom*

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MensajeTema: Re: Chemically Abused - Cap. 2: ¿Por qué todos creen que soy emo?   

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