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 Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]

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Benyi_mcr
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MensajeTema: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Dom Nov 09, 2008 1:01 am

Título: Muerte Clínica.
Autor: Benjamina Holstein, a sus servicios. (Yo, quién más!?)
Género: Drama... Y... Romantic Style.
Restricción: Nah... A menos que le den impresion los hospitales... Muahahaha!!
Resumen: Qué chiste tiene si lo resumo... ¬¬! Oh, si, casi lo olvido... ejem... NO ES FIC!
Dedicado a... muchas personas, la verdad. Personas que ustedes no conocen... Lo irán descubriendo a medida que avancen los capitulos.







La necesidad de saber...
La necesidad de conocer más allá...
La necesidad de hallar...
La necesidad de alcanzar las metas...
La necesidad de ayudar...
Puede hacerte descubrir una realidad que no esperabas...








Muerte Clínica.




PREFACIO:

El día por fin estaba llegando a su fin. Silencio. En todo el pasillo bailaba el dulce sonido del silencio. El sonido de la paz y de la salud. Dejaba que lo alcanzase y luego se discurría entre mis piernas para ser avasallado por la atronadora sirena de una ambulancia que dejaba una nueva víctima de la violencia. Ahora había un incesante movimiento. Doctores, enfermeras, residentes, policías y familiares corrían de aquí para allá socorriendo en lo que pudieran.

Mi atención los esperaba dentro de una de las últimos boxes. Una enfermera se mecía nerviosa del otro lado de la camilla. Esperé paciente. Alguien pronunció mi nombre con apremio. Apreté los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta. La camilla entró estrepitosa dentro de mi box. De pronto se vio invadida por ocho personas más, sin contar al desafortunado que yacía inconsciente.

Esperé a que los demás voluntarios cambiaran al paciente de camilla y se dispersaran en el pasillo para que yo pudiera entrar en acción. La enfermera del principio me proporcionó los instrumentos necesarios. Un oficial se acercó a hablarme.
- Tuvo una colisión frontal con un poste de luz, creemos que está alcoholizado y que tiene rota algunas costillas y...
- Oficial... –Le detuve con seriedad. Me volví apenas para mirarlo de frente- Ya ha hecho su trabajo trayéndome al joven aquí. ¿Me deja trabajar ahora a mí?

El hombre me miró severo y se retiró con el resto de su equipo. Las enfermeras y un residente esperaban ansiosos mis órdenes.
- ¿Qué esperan? –Inquirí molesta- ¿Tengo que enviarles una invitación para que se muevan?

Todos actuaron con suma rapidez. No podría describir mi trabajo porque lo llenaría de sensaciones y de pensamientos propios que tengo al respecto. Muchas veces opino sobre mis preferencias y los demás creen que estoy loca, por lo tanto he dejado de hacerlo. Además es abrumador tener que convivir con las historias y experiencias de vida de cientos de pacientes que acuden por día. También me he acostumbrado a dejar las objetividades para ser más seria conmigo misma.

Éste no es cualquier trabajo. Los sentimientos y las impresiones se dejan de lado. Es el trabajo de valientes. Personas de estómago de acero. Trabajo de quienes no se conmueven con ver órganos salidos ni se marean con el simple olor metálico de la sangre en el aire. Personas que no son héroes pero que salvan miles de vidas. Gente común y corriente que tiene una meta en su existencia. Seres humanos que tienen el agrado de ser apodados como Doctor.









Benyi^^

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Última edición por Benyi_mcr el Lun Mar 16, 2009 4:25 am, editado 13 veces
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Benyi_mcr
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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Dom Nov 09, 2008 1:02 am

Este primer cap, dedicado a Dan por tantos elogios que me ha dado (Y me han sonrojado).


CAPITULO 1: El Paciente.


Muy pocas veces algo me altera los nervios. Pero puedo asegurar que en aquella ocasión, no sólo los nervios se turbaron.

Hacía mí recorrido por la guardia, como era costumbre para mí los lunes, viernes y sábados. El súbito silencio era entrecortado por los chillidos de las máquinas. Mis pisadas resonaban en el pasillo. No podía sentarme y hacer otra cosa, porque de lo contrario caería dormida. Ya estaba mucho más acostumbrada que las primeras veces, pero aún así me costaba quedarme despierta las seis horas de la madrugada, hasta que alguien más me relevara, sin cabecear un par de veces.

De pronto, una extraña sensación invadió al hospital. Dos ambulancias resonaron en el estacionamiento, apuradas. Sentí las puertas abrirse y las ruedas de las camillas correr a toda prisa por los pasillos. También me apresuré. Llegué junto con los pacientes. Eran dos. El hombre, de unos veinticinco años, estaba inconsciente, con la cara cubierta de sangre. Su camiseta color ocre se había vuelto carmesí y el olor metálico de su sangre invadió sin permiso cada rincón del box.

El otro paciente era una mujer. También de algo más que veinte años. Estaba consciente pero aturdida y shockeada. Lloraba y gimoteaba. Me acerqué a ella y le pregunté cómo se llamaba. Pero no me respondió. Las enfermeras enseguida le cortaron la ropa para poder trabajar mejor. Pero salvo unos rasguños en la cara y contusiones en el cuerpo, no tenía nada a simple vista.
- Tendremos que hacerle placas... –Advertí.
- ¿Y al muchacho? –Me interrogó un residente.
- No puedo atender dos a la vez. Encárgate de él... pero hazlo bien. –Le espeté esperando haber sonado ruda, pero no demasiado como para que me temiera.

El oficial de la policía llegó en ese momento. Se quedó apoyado contra la puerta. Parecía receloso de entrar. Le hice un favor y me acerqué a él.
- Oficial. –Le llamé- ¿Qué ha ocurrido? –Mi pregunta pareció haberle provocado gracia.
- ¡Ahora le importa lo que le ocurrió a estos chicos! –Exclamó y se fue sin más. Me mordí el labio tratando de contener algún insulto.
- Doctora. Radiología está aquí. –Me anunciaron.


Los jóvenes fueron estabilizados en cuestión de media hora. Accidentes como ese, eran rutina en los boxes de emergencias. Cuando decidí ser médico de emergencias, lo hice principalmente porque no soporto la rutina. Un trabajo así promete algo nuevo cada noche, en cada box, a cada hora. Pero esto ya se había vuelto ilógico. ¿Todas las noches se estrellaban jóvenes ebrios contra postes de luz? Pues parecía que si. Y comenzaba a aburrirme.

Después de corroborar que los nuevos pacientes estuvieran bien ubicados en terapia, me volví a mis andanzas. Paseaba por las habitaciones de los pacientes ya hospitalizados, con un sentimiento de masoquismo al detenerme a observar a los internados dormitar. Para no dormirme decidí volver a emergencias. Y bajar por las escaleras. Quizás terminaría rodando cuando me cayera del sueño, pero por lo menos no me dormiría parada dentro del ascensor.

Los boxes estaban vacíos, y eso denotaba una gran calma y paz. Los residentes descansaban y la recepcionista procuraba no dejar espacio sin desinfectar en su escritorio. La galería de boxes, que en realidad era una gran sala rectangular que se había subdividido en boxes menores, individualizadas por una gruesa cortina blanca, que colgaba desde la barra de metal adosada al techo. Las cortinas siempre permanecían semi abiertas. Por lo que me fue fácil percatarme que había alguien en el último box de la galería.

Seguí caminando al mismo ritmo, pero mi cabeza quería ir más rápido. Las piernas del sujeto caían fuera de la camilla, parecía que estuviera reposando. Finalmente, a sólo un par de pasos de la cortina, lo vi. Estaba cómodamente sentado de brazos cruzados sobre su pecho. Tenía la cabeza reclinada sobre su falda y parecía estar durmiendo en esa posición. Su piel era muy pálida, casi blanca, sin embargo no se le notaban las venas coloridas. Aún no había entrado al box cuando él espió por el rabillo del ojo haciendo un sutil movimiento de la cabeza.

Lancé un respingo que me sorprendió hasta a mí misma. El sujeto tenía algo que no me agradaba. Traté de ser amable, todo lo que me permitiera mi ánimo a esa hora de la madrugada. Creo que eran las cuatro y media.
- Disculpe usted, -Le dije- ¿Ha estado aquí desde hace mucho tiempo? –Él volvió su mirada a las piernas. No me contestó.- ¿Espera a alguien? –Insistí.
- Si. –Contestó finalmente.
- ¿Necesita que lo ayude con algo? –Pregunté acercándome a la mesa que tenía los elementos de primeros auxilios.
- No. Espero al Doctor Jones, él siempre me atiende. –Aclaró.
- Lo lamento, pero el Doctor no se encuentra hoy, ni ésta semana. Se ha ido de vacaciones con su familia al Caribe. –Expliqué, lo cual le pareció gracioso.
- Él no tiene familia. –Comentó mortecino.
- ¿Disculpe usted? –Presioné, pero el hombre no me volvió a hablar.- Si quiere yo lo puedo ayudar, fui su aprendiz y él mi Médico Tutor cuando era residente.
El muchacho pareció pensarlo y finalmente levantó la mirada para encontrarla con la mía. Sus ojos eran de un tono bronce brillante. Un color inigualable que jamás había visto en mi vida. Su cabello era medianamente largo, lacio y negro como la noche. Contrastaba terriblemente con el tono de su piel.
- Está bien. Necesito que me ayude con algo. –Concedió. Dudó en extender su brazo. Me acerqué en seguida.

No sólo los nervios se dispararon a las nubes, sino también mi pulso y la racionalidad, muy forjada hasta ese entonces. Es verdad que con cinco años de experiencia por esos boxes se puede recolectar la mayor cantidad de experiencia y de insólitos que en el resto de tu vida con alguna otra profesión, pero esto, este sujeto, su problema, jamás me lo hubiera imaginado.

Me extendió el brazo izquierdo, como para un apretón de manos. Era fornido y los bellos eran tan blancos como su piel. Las venas le saltaban agresivas pero sin color. La mano era enorme y seguramente su puño tendría mucho poder.

Di un paso hacia atrás. Nunca nada ni nadie me había sorprendido así. Él me miro alegre, como disfrutando mi horror. De su antebrazo colgaba su carne desprendida limpiamente de los huesos. Un trozo de músculo y piel tan blanco como la carne de pescado. No había sangre por ningún lado. La herida apenas estaba algo húmeda. Mi lógica me advirtió que si alguien “normal” tuviera la misma herida, en unos cuantos minutos estaría inconsciente de la hemorragia. Pero él parecía, no solo consciente de lo que le sucedía, sino que inexpresivo ante semejante lesión. Sonrió maligno.
- ¿Y bien? ¿Podrá coserlo? –Preguntó. Yo continuaba mirando la herida pasmada.
- Q... ¿Qué le sucedió? –Inquirí a mi vez, sin prestarle atención.
- No le importa.
- No... No sangra... –Articulé apenas.
- ¿Le sorprende? –Me preguntó. Le miré de frente. Su mirada era fría. Algo en mi se quebró y rompí a temblar como una hoja bajo la tempestad.- No tengo todo el tiempo para usted. ¿Me haría el favor de darse prisa? –Me apresuró. Su ceño se frunció y yo tuve miedo, no quería hacerlo enojar por ninguna causa.
- Si, si, si...

Me abalancé sobre la mesa de instrumentos. Abrí las puertas de las alacenas tirando cualquier botella o envase que no me sirviese. Los nervios me dominaban, estaba segura de que me pondría a llorar si no me controlaba. Tomé el Yodo, una aguja, una pinza, tijeras, hilo, algodón...
- No... No... No tengo... No tengo anestesia. –Tartamudeé- Debo ir a la otro box a... buscarla... –Aclaré e intenté ir por ella, pero el sujeto me tomó por el hombro con su brazo sano y me obligó, con una fuerza sobrenatural, a quedarme allí mismo.
- No es necesario que utilice anestesia. No sentiré nada... –Explicó. Tragué saliva y afirmé en silencio. Los ojos estaban a punto de rebalsar.

Tomé la aguja en forma de U y traté unas tres veces de asestar el hilo en el ojalillo del instrumento. Era obvio que mis nervios no me estaban ayudando. La incesante mirada del paciente, tampoco. Logré enhebrar la aguja y me incliné sobre el brazo del muchacho. Le acerqué torpemente un apoyabrazos que usábamos muy a menudo y él se reposó allí. De la desesperación que me invadió, de la ansiedad y el miedo, olvidé lavarme las manos o de usar guantes. El temblor del pulso me llevó a apoyar mis manos sobre su fría piel. Antes de hacer el primer punto él me detuvo suavemente.
- Tranquila... No muerdo a doctores. –Dijo. Levanté la mirada sin alzar la cabeza. Sus ojos seguían rojos, pero ahora se veían algo más cautos. Asentí para mí y me volví al trabajo.

Sus palabras me confundieron “No muerdo a doctores”. ¿Acaso a los demás si? Hice el primer punto en el plano profundo y enseguida lo miré. Esperaba encontrarme con un paciente furioso por el dolor, que se abalanzaría sobre mí y me atacaría. Sin embargo, él miraba neutro el primer pinchazo.
- Trate de que los puntos superficiales no le salgan algunos oblicuos y otros horizontales. No me gusta la desprolijidad. –Advirtió.

¿Y si quedaba desprolijo por mi falta de pulso? ¿Me atacaría? ¿Mordería a un doctor? Asentí en silencio una vez más y me concentré más que nunca en mi tarea de hacer puntos derechos y no torcidos sobre el brazo de mi paciente. Le realicé siete puntos en el músculo, y otros siete en un plano medio, entre la piel y la carne, luego comencé a realizar los debidos puntos en la piel, para cerrar por completo la herida. Cuando estaba tensando el hilo entre un punto y otro, noté la increíble cantidad de otras cicatrices que tenía en los brazos y hasta palma de las manos. El hombre carraspeó al darse cuenta de mi distracción.
- No lo hace mal... –Aduló.- ¿Hace cuánto que trabaja aquí? –No pude responderle.

En ese justo instante, sentí el sonido similar de alguien que intenta beber las últimas gotas de refresco en el fondo del vaso con un sorbete, proveniente de la puerta delantera del box, que creía estar cerrada. De inmediato alcé la vista y dejé mi trabajo. No quería que nadie más viera a ese sujeto. Pero entonces, noté al otro muchacho de espaldas a nosotros que miraba ansioso por las ventanillas de la puerta hacia el pasillo. El muchacho me llevaba fácil una cabeza, era musculoso y vestía de forma estándar.
- ¿Ya estás, Krasnow? –Inquirió aún de espaldas. Luego se dio vuelta.

Llevaba contra su pecho, cargado por el brazo izquierdo, unas diez bolsas de sangre que manteníamos conservado en la heladera del hospital, esencial para cualquier ocasión de emergencia. Con la mano derecha, a modo de refresco, sostenía una bolsa más, que estaba casi vacía, había perforado el lateral con los dientes y sorbía con fuerza. Siendo que éste sujeto se veía mucho más amenazador que el otro, no tuve miedo cuando me dirigí mordazmente a él.
- ¿Pero puedo saber qué diablos está haciendo usted con las reservas de sangre del hospital? –Le dije furiosa- ¿Acaso se da una idea de lo que nos cuesta conseguirla y de lo útil que es como para que usted se la esté to...? –Y caí en la cuenta de lo obvio.
- ¿Y ella es...? –Le preguntó el muchacho al amigo, haciendo caso omiso de mis reproches.- ¿Tú cena, acaso?
- No. –Dijo y negó con la cabeza.
- ¿Y Jones? –Insistió.
- Decidió tomarse unas vacaciones con su familia. –Añadió guiñando un ojo.
- ¿¡En plena guerra!? –Estalló el otro.
- Déjalo. Ya sabes como es él.
- ¡Qué descuidado! –Reprochó tirando la bolsa vacía al cesto de basura. Tomó otra y la mordió, al igual que la anterior, por un costado. No pareció hacer fuerza, pero la sangre desapareció rápidamente del saco. Las venas de las sienes y del cuello se hincharon rojizas. Un rubor nació en sus mejillas.

Aturdida, alterada, estática, perturbada y espantada, permanecí en mi lugar sin decir palabra. De pronto, ambos sujetos se pusieron en alerta. El más grande terminó de beber la sangre de su segunda bolsa y también la arrojó. Mi paciente se paró de un salto. Me di cuenta de que aún tenía el hilo colgando de uno de los últimos puntos, y yo, la aguja. Tiró de su brazo y me arrebató el instrumento de improviso, acercó su boca a la herida y cortó con total prolijidad y facilidad el hilo al ras de la piel.
- Gracias por su ayuda, ¿Doctora...? –Agradeció sosteniendo la puerta del box abierta.
- Ba... Bald... Bal...
- ¿Baldwin? –Intentó él.
- S… Si...
- ¡Apurate Krasnow! –Gruñó el amigo, en la galería. El paciente me echó una última ojeada y retrocedió un paso.
- ¡Aguarde! ¡No he terminado! ¡Aún falta un trozo! –Grité aterrada de poder producir una inexplicable muerte por mala praxis. El sujeto me sonrió mostrando su blanca dentadura.
- Pierda cuidado. Hasta que no esté cerrado no cicatrizará. –Aclaró y cerró la puerta.
- ¿No deberías...? –Inquirió el amigo sin terminar la frase.
- No. ¿Quién le creería que... –Y las voces desaparecieron por el pasillo.

Mantuve fija la mirada en las ventanas de la puerta, esperando que volvieran para atacarme, a decirme que era una broma, a inmolarse dentro del box o a recoger algo que se habían olvidado. Simplemente esperaba que volvieran, porque sabía qué eran, y quería creerlo.

Aquello que había desaparecido en un momento resurgió con toda su furia. El sentido común devolvió mi alma al cuerpo. Tendría que haber huido. Jamás tendría que haber entrado, o ayudado a ese tipo cuando me dijo que esperaba al doctor Jones. Tendría que haberle dicho que no estaba y haberme marchado cuando se negó a que lo ayudara la primera vez. Pero no. Quise quedarme y saber lo que le sucedía, socorrerlo y aliviarle los pesares. Y gracias a ello me encontré frente a frente con algo desconocido. Una persona que no sangraba, que era fría al tacto y pálida a la vista. Que bebía sangre.

Debía decirle a alguien. Correr y gritarlo por los pasillos. La amenaza más grande del mundo entero deambulaba por los pasillos de los hospitales ¡Robando bolsas de sangre! Esbocé una frágil sonrisa en mis comisuras. Nadie me creería. Sin embargo, entraron y salieron del hospital como que si de su casa se tratara. ¿Y si no estarían las reservas de sangre? ¿Entrarían a atacar a los más débiles? ¿Y entre ellos a nosotros? ¿Los doctores?

“Tranquila... No muerdo a doctores.” Recordó mi cerebro. Seguía clavada al suelo, sin haberme movido un milímetro. La aguja tirada en el suelo, limpia de cualquier rastro me mostraba una nueva realidad con la que tendría que lidiar.

Una fuerza increíblemente asfixiante me tomó desprevenida. Los ojos se me nublaron. Las piernas cedieron y me desmayé.



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Última edición por Benyi_mcr el Jue Nov 13, 2008 4:06 pm, editado 1 vez
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JouL
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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Dom Nov 09, 2008 3:26 am

Guau, por fin voy a poder leer esta historia!!

Qué genial!!

Buen cap., Tinkerbenyi.

Jo.

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Kat_McR
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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Dom Nov 09, 2008 6:21 pm

Wii!!!!! Benyi posteo Muerte Clinica!!!!!!!! Debo decir q me dejaste intrigada cuando me mandaste el primer cap... Al fin!!!!
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Benyi_mcr
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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Nov 13, 2008 4:03 pm

En éste capitulo debo agradecer a Jo, por prestarme su nombre... Más bien, no enojarse tanto por haberlo usado.


CAPITULO 2: Ampliar Horizontes.

Amanecí con un pijama verde, cobijada por unas gruesas sábanas. Las telas desprendían el olor a jabón barato. La luz se filtraba por las ranuras de la ventana más próxima estrellándose de lleno contra mi rostro. Reaccioné. ¿Qué hora era? ¿Dónde me encontraba? ¿Qué me había sucedido? Me senté en la cama y esperé unos segundos a que mi cabeza dejara de retumbar para ponerme de pie. Debajo del pijama tenía mi ropa puesta, sólo que mi chaleco estaba colgado en un perchero.

Me cambié lentamente. Luego me desperecé con ganas. Había dormido lo suficiente como para que los músculos me dolieran. Quizás, había recuperado algunas de las cientos de horas de sueño que venía acumulando desde el comienzo de mi carrera. Arreglé la chaqueta sobre mi camisa. Había una pequeña mancha que echaba a perder la prenda. No podía ir por los pasillos manchada con sangre…

Sangre.

Una especie de sueño se manifestó en mi mente. ¿Lo había soñado o... realmente me tocó vivirlo?

“¿Quién le creería...?” Susurró una grácil voz en lo profundo de los recuerdos.

Nadie. Me auto-respondí. Luego me reí de mi ridiculez. Estaba muy cansada y la mente me traicionó, finalmente me caí dormida en el medio de un box, en la cual no había ocurrido nada. Volví a reír. ¡Qué inimaginables cosas hace la mente humana! ¡Provocando visiones y sueños tan vívidos! Salí de la habitación. Al ver el rótulo en la puerta, noté que había dormido en los dormitorios de los residentes, y al avanzar por el pasillo, que eran las diez y media de la mañana. No sabía a quién agradecerle. Llegué a la recepción para hacer mi relevo.
- ¡Doctora Baldwin! ¿Está usted bien? –Me increpó la recepcionista apenas me vio.
- Si, muchas gracias Josephine.
- En realidad, debería agradecerle a Johann Merton.
- ¿Merton? ¿El residente de Los Ángeles? –Indagué sorprendida.
- El mismo. La encontró desmayada en una de los últimos boxes de la galería, la atendió y llevó hasta su cuarto. –Explicó.

Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar dos cosas: la primera se relacionaba directamente con mí despilfarrado sueño. Y la segunda que, con excusas semejantes, los estudiantes universitarios se llevaban a compañeras ebrias a sus casas para... provecho personal.
- ¿Y dónde está él ahora? –Quise saber.
- No sabría decirle. Debe andar dando vueltas por ahí. –Dijo. Asentí.
- ¿Sarah ya llegó?
- Si... Está aquí desde las seis y media de la mañana. –Aclaró en un tono que me decía que ya tendría que tenerlo por sabido.
- Seguro... Yo... Me iré a casa ahora. –Dije algo perdida- Déjale un recado a Merton de mi parte ¿Quieres? Dile que me llame a casa cuando esté libre. –Josephine pareció sorprendida- Y a Sarah... Pues dale mis más sinceras disculpas por no haberla recibido como era debido esta mañana.
- No se preocupe, Doctora, se lo haré saber... a ambos.

La saludé escuetamente y salí del hospital cargando con mi bolso y con la sensación de que quiso darle un doble sentido a la última frase.

Llegué al edificio de departamentos bajo la mirada atónita del conserje. El viejo Edwin conocía mis horarios y, seguramente, el haber vuelto cuatro horas más tarde, no era de fiar. Sin embargo no le di demasiada importancia. Tomé el ascensor y marqué el número de mi piso en el tablero. Suspiré. Aún me dolía algo la espalda. Las puertas del ascensor se abrieron. Avancé por el pasillo. La ventana al final del corredor dejaba entrar los rayos de sol, y las paredes blancas inmaculadas, las hacían rebotar bañándolo todo con una claridad que dejaba incompetentes a los tubos fluorescentes que había en el techo.

Entré a mi casa. Mi gata siamesa ya me esperaba ansiosa en el respaldar del sillón. Movía la cola de un lado al otro impaciente. Seguramente me había olfateado al bajar del ascensor. Noté que pretendía.
- ¡OH! ¡Lo lamento tanto, gatita! –Le dije y tiré mi bolso sobre el sillón. Ella saltó a mi lado y se refregó contra mi pierna- ¡Elisa! ¡Realmente lo siento! Ahora mismo iré a prepararte algo de comer. Tendría que haber vuelto a las seis y media, pero tuve un problema... –Contaba mientras me dirigía a las alacenas- Oye, -Dije volviéndome hacia Elisa que me miraba ávida- ¿Te importa si te cuento lo que me ha sucedido? –La gata me respondió con un maullido agudo, que seguramente significaba “Si, siempre y cuando no dejes de prepararme la comida”.

> Bien, la verdad es que si se lo digo a alguien más, de seguro me creerán loca. Y supongo que por más que también me llegues a considerar una, no podrías hacer nada... A menos que te escapes por la ventana, te dolería ¿Sabes?, es una caída libre de cincuenta metros. No sos tan tonta, ¿Eh? –Hice una pausa mirándola de reojo.- La verdad no tengo porque decirle a nadie, tengo la certeza de que fue un sueño... –Aseguré abriendo una lata de comida- Pero... Fue tan real... Es decir... Yo tampoco le hubiera creído a nadie que me venga con esa historia. –Calenté la lata en la hornalla un momento y luego la serví en el tazón de Elisa. Lo puse sobre la mesa de la cocina y alcé al animal para que comiera estando cerca de mí. La gata hundió el morro en la comida y no paró hasta tener que lamer el fondo del plato.

> Lo peor no sería si lo soñé o lo viví... Lo malo es que creo fielmente que sucedió y creo en ello. Elisa... –Le llamé. Ella levantó sus ojos color azul zafiro y se relamió los bigotes.- Creo que vi a dos vampiros. Bueno, por lo menos uno de ellos lo era... Tomó el contenido de una bolsa de sangre como que si fuera agua. ¿Puedes creerlo? –Increpé. El animal siguió comiendo- Y el otro... Bueno, no sé si era o no un vampiro, su carne era blanca y no sangraba... ¿Debo suponer que si era? –Elisa comenzó a ronronear satisfecha.- Sus ojos eran... fríos, inexpresivos, apagados, tristes... Hermosos... De un color bronce imponente, puros... –La gata me observó con la cabeza inclinada a un costado, como no entendiendo lo que le decía. Suspiré.- Mira lo que estoy diciendo... Menos mal que no se lo dije a nadie... ¡Me estoy volviendo loca!

Salté de mi asiento y me preparé un almuerzo liviano. Tenía el estómago revuelto. La gata se echó en su almohadón para dormir una siesta. Me pregunté si ella estaría durmiendo las horas que yo no.

Dejé que las horas pasaran a gusto. Los sábados por la tarde eran un especial problema para mí. Mi familia no vivía en Hamburgo, donde yo trabajaba. Ellos estaban en Potsdam, en el estado de Brademburgo. A algo de doscientos sesenta kilómetros de mis problemas. Aún recuerdo cuando les dije que iría a Alemania a estudiar medicina. Sus frentes se arrugaron y se crisparon sus ojos. Nosotros vivíamos en Wolverhampton, Inglaterra, y por una decisión precipitada de mi madre, toda la familia me acompañó. Estudié los primeros años en Berlín, y luego terminé la carrera en Hamburgo. Pero, para mi suerte, ellos no volvieron a mudarse. Les gustó Potsdam y de allí no se movieron.

Di un par de vueltas por el centro comercial. Estaba tranquila de salir por dos razones. La primera era que los vampiros no cazaban de día. Y la segunda, que yo era una doctora. Había decidido que por más real que hubiera parecido, no dejaba de ser un sueño raro. Sin embargo, no me lo estaba creyendo. Me había vuelto escéptica. Volví a casa a las dos horas con las manos vacías. Ninguna salida era divertida si Sarah no estaba conmigo.

Era algo de las siete de la tarde cuando volví. Ya era de noche. Las luces de la calle me ayudaron a no perderme en la negrura de las callejuelas. Al regresar, me bañé y cubrí sólo con una bata. Me preparé un té verde humeante. Me acerqué a la ventana que daba al sur. Entre la espesura de la noche, se podía apenas apreciar la torre principal de la iglesia cristiana, que se perdía entre los árboles del parque privado en la que ahora estaba ceñida. Todas las noches lo apreciaba. Estaba en desuso, pero era hermosa. Tenía la sensación de que las enormes gárgolas de la torre mayor desaparecían de noche y volvían a su lugar a la mañana.

Retomé la lectura de la noche anterior estirándome sobre el sillón. “El Psicoanalista” de Katzenbatch. Recién comenzaba a leerlo, Sarah me lo había prestado. Elisa se acurrucó a mis pies.
- ¿Tu crees que el Doctor Frederick Starks averiguará a tiempo quién desea matarlo? –Inquirí a mi gata que me miraba juguetona, en cualquier momento saltaría sobre mi panza. Ella lanzó un maullido.- Si, yo también pienso lo mismo... –Aseguré sentándola en mi vientre- Debe de ser duro ser el psicólogo de un montón de zafados y además recibir una amenaza de muerte de quién sabe quién.

Continué leyendo y acariciando debajo de las orejas a Elisa. Ésta no dejaba de ronronear. Me hacía sentir tranquila. De pronto, ella se irguió mirando la puerta de entrada y echó las orejas hacia atrás. Estaba en alerta. La miré asustada. Era un animal muy sensible. Esperé ansiosa, con la vista fija en la puerta de madera. No sucedió nada. Quizás sólo hayan sido los vecinos. No le gustaba la gente que deambulaba por el pasillo. Volví a la lectura. Elisa se sentó en el respaldar del sillón y se quedó en guardia todo el rato.

Volví a sumirme en la lectura, las vueltas del doctor Ricky. La gata saltó al suelo más enojada que nunca, con la cola y el lomo tensos, las orejas para atrás y los dientes asomándole por el hocico. La puerta se abrió de un golpe. Yo arrojé el libro al suelo y me paré antes de pensarlo.
- ¿¡Qué hace!? –Grité espantada al ver al paciente de esa madrugada en el marco de la entrada.
- Buenas noches Doctora Baldwin. –Saludó él a su vez sin prestarme atención. Elisa lanzó un gruñido no muy amigable al visitante.
- ¿¡Cómo se atreve a entrar así por la puerta de mi casa!? –Vociferé enardecida.
- ¿No quiere que entre por la puerta de su casa? –Repitió- ¿Le gustaría que entre por la ventana? –Me propuso y salió de la casa cerrando la puerta.

Corrí detrás de él. No dejaría que lastimara a nadie en el resto del edificio. Pero cuando salí al corredor, no había nadie y las puertas del ascensor estaban abiertas. ¿Acaso me estaba imaginando cosas? Elisa estaba alterada y no sabía hacia donde dirigir sus gruñidos. Eché otro vistazo al pasillo. Nada. Entré de espaldas a la sala. Cuando me volví, él ya estaba ahí.
- ¡Dios! –Grité sorprendida- ¿¡Cómo llegó aquí tan pronto!? ¿Y por dónde entró?
- Pues... Por la ventana. –Respondió tranquilo. Me quedé en silencio, pensando.
- O sea que usted, cerró la puerta de mi casa, llegó al final del corredor, salió por la ventana del lado oeste, trepó por las paredes hasta llegar a mi ventana y entró a la sala... ¿En cinco segundos?
- Doctora, me halaga que piense que soy un humano. –Dijo sin cambiar su expresión.
- ¿¡Qué quiere!? –Exclamé. Antes de responder, el sujeto cerró las hojas de la ventana a sus espaldas y miró a la gata con desprecio. Ella se echó en el suelo sin dejar de enseñarle los afilados dientes.
- Venía a que termine su trabajo.
- ¿Disculpe? –Me enseñó su brazo izquierdo, donde todavía se notaba claramente los puntos y la carne suelta.
- Necesito que termine de coserlo, es algo incómodo. ¿No le parece? –Le miré azorada. ¿Seguía vivo? ¿Seguía sin sangrar?
- Co... Como guste... Pero debemos ir al hospital, porque aquí no tengo los instrumentos...
- Oh, despreocúpese, lo tuve en cuenta y le traje un botiquín que encontré. –Me dijo extendiéndomelo.
- ¿Encontró o robó? –Pregunté de repente, sin medir las palabras.
- No se salga del tema. Sólo preocúpese por hacer lo que se supone que hace. –Espetó molesto.
- ¿Por qué yo? –Quise saber sin moverme de lugar.
- Si se refiere a porqué tiene que atenderme usted en vez de alguien más, déjeme decirle que fue un malentendido. –Dijo avanzando un par de pasos hacia mí. Dejó el botiquín en el sillón.- El que tendría que haberme atendido era Sammel. Pero, según usted, él está de vacaciones.
- Así es, hasta la semana que viene.
- Sammel Jones no volverá Doctora Baldwin. –Anunció. Sus ojos, hasta ese momento brillantes, se opacaron al instante.
- ¿Cómo dice? –Escudriñé incrédula. Él suspiró apenado.
- No importa. Despreocúpese. Ahora... ¿Podría? –Volvió a mostrarme su brazo. Avancé y me senté en el sofá. No sabía si actuaba a conciencia o solo eran impulsos. Él también se sentó. Sostuvo su brazo a una altura cómoda para mí. Tomé los elementos.- Antes de comenzar... –Me interrumpió- ¿Le molestaría si le pido que retire los demás puntos y vuelva a comenzar? Es que, anoche estaba usted algo alterada y creo que ahora podría hacerlo mejor. –Le miré sorprendida. Afirmé en silencio.

Corté los puntos ya hechos y tiré del hilo. Empecé a trabajar con naturalidad. Mi mente se planteó una situación: ¿Qué probabilidades hay de que un ser humano esté herido por más de doce horas y no se desangre? Más aún, ¿Qué probabilidades hay de que alguien no sangre? ¿Qué me hacía pensar que estaba viviendo aquello y no era un sueño? Muchas veces había soñado con la misma situación pero de diferente forma. Además, había estado recostada en el sofá leyendo y con sueño... Cabía la posibilidad de que me haya dormido.
- Se lo ha tomado mejor ésta vez, Doctora. –Confirmó mi paciente.
- Nada de esto es real. –Contesté mortecina.- Con todo lo que sé y las cosas que he visto, ¿Usted cree que yo podría especular en una persona que no sangra, no sienta el dolor, sea fría y trepe por las paredes de un edificio?
- Quizás... –Dudó.- Entonces, ¿Qué cree que soy?
- Un sueño. –Dictaminé haciendo el cuarto punto.
- Se equivoca. –Contestó sin pensarlo. Yo lo miré algo irritada. Tomé otra aguja del botiquín y me la clavé en el brazo. Enseguida, de la herida comenzó a brotar sangre dolorosa, caliente, viva, color carmesí. Luego, con la aguja que lo estaba cociendo, se la clavé en la carne del antebrazo y nada sucedió.
- ¿Qué se supone que debo pensar?
- Debería ir más allá de lo convencional Doctora, me decepciona.
- Más allá de lo convencional. –Repetí sarcástica- Usted es quién burla toda ley médica ¿Y yo lo decepciono? ¿Sabe usted la cantidad de drogas que he visto actuar? El Polvo de Ángel anula las terminaciones nerviosas, hace que no se sienta el dolor.
- Es verdad... Pero esa droga no inhibe de sangrar o dota para trepar muros. –Reflexionó- Yo no sólo no siento el dolor, sino que no siento prácticamente nada.
- ¿Nada? –Repetí aterrada.
- Nada. –Aseguró con una pequeña sonrisa.- Haga lo que quiera, es probable que no lo sienta... –Sus palabras me perforaron hasta lo más profundo de la lógica, la razón y la calma. Mis nervios volvieron a posesionarme y me tembló el pulso.- Lamento asustarla, Doctora. –Hizo una pausa, esperando a ver que yo volviera a trabajar.- Creo que tendremos un problema. Dígame, ¿Cómo se llama usted? –Levanté la mirada. Él sonreía alegre.
- Dayrline. Dayrline Baldwin. –Ratifiqué.
- Mucho gusto, Lionel Krasnow. ¿Puedo ser algo más informal y llamarle Lynn? –Inquirió con una sonrisa agraciada.
- ¿Pretende ganarse mi confianza tuteándome? –Pregunté irónicamente a la vez. Él sonriendo malicioso, me enseñó por primera vez sus dientes afilados.



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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Nov 13, 2008 9:56 pm

Citación :
En éste capitulo debo agradecer a Jo, por prestarme su nombre...

Ah, sí? Lo hice?

Citación :
Más bien, no enojarse tanto por haberlo usado.

Ah, eso tiene más sentido.

Bueno, sigue y deja de joder con robarle los nombres a las personas.

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Nov 14, 2008 4:24 am

Sabes muy bien q a ese sujeto misterioso yo lo amo, incluso mas de lo un dia ame a...otros sujetos misteriosos...Sigue cariño q me mata esta historia Very Happy

Besos =**

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Nov 20, 2008 1:55 pm

Citación :
deja de joder con robarle los nombres a las personas.

Lamento decir que no va a ser posible. Cool


Capitulo dedicado en disculpas a Alexis Morgan. Autora de un libro... Candente. Que por apurada y arrebatada crei que había "robado" mi argumento de MC, para luego descubrir en que se parecían en casi nada. Asi que, lo siento.


CAPITULO 3: Primera Concepción.

Me levanté de un sobresalto. Estaba tendida en el sillón con el libro en el regazo. Eran las cuatro de la mañana. A pesar que en el departamento la temperatura era de algo de diez grados, yo estaba acalorada y transpirada. Di un suspiro largo y pesado. Otro sueño. El mismo sujeto, la situación era similar. Sabía que era otro sueño, y tenía un motivo más para pensarlo: la gente común no trepa muros. Ni sobrevive quince horas con una herida profunda sin atención. Era un sueño. Un maldito sueño provocado por la cantidad de horas que trabajo a diario. No descansaba bien.

Estaba contracturada por haber dormido recostada en una mala posición en el sofá. El cuello me estaba matando. Elisa dormía en su cojín inmutable. Si por algún motivo, ella hubiera estado perturbada no estaría durmiendo en su cama sino en la mía. Otro motivo. Me paré y estiré hasta hacer sonar algunos huesos. Junté torpemente el desorden de la mesa ratona. Y allí estaba. Casi imperceptible por su transparencia. Prolijamente amontonado sobre el vidrio. El hilo que había retirado del brazo del paciente. Los pedazos permanecían intactos diciéndome que nada había sido una quimera…

“Debería ir más allá de lo convencional Doctora, me decepciona.”



Entré prácticamente corriendo al hospital. Llegaba media hora retrasada sólo por el embotellamiento de la avenida. Cuando me mudé, no creí que en Europa también sucediera. Josephine me saludó rápidamente mientras yo pasaba corriendo, arrojándole la credencial y yendo a los vestidores a prepararme. Había alguien que me esperaba.
- ¡Sarah! –Le llamé- ¡Discúlpame por haber llegado tan tarde hoy...!
- Olvídalo, ¿Quieres? –Me pidió con su sonrisa característica. A ella no le afectaban tanto las horas de insomnio como a mí.- Tienes trabajo. –Anunció.
- ¿Ah, si? –Pregunté como para no dejarla hablando sola. Trataba de prenderme los diez botones de la chaqueta a la vez, pero obviamente, era inútil.
- Hay uno nuevo en terapia. Se rompió el cráneo anoche contra un poste de luz. –Suspiré. La nueva rutina de emergencias.- Un niño que se calló por las escaleras...
- ¡Oh! Pobre criatura...
- Está estable. Tiene un brazo con fractura múltiple expuesta. Pediatría se ocupó de él. Sigo sin entender cómo lo padres no se ocupan de sus diablillos. –Pensó en voz alta.- Y luego tienes la docena de descarrilados... Oh, discúlpame… -Se justificó cínicamente.- Quise decir, la docena de drogados, alcoholizados y vaya a saber qué más que hay en tu sección. –Dijo. Lancé una risa.- En especial, deberías ver a la mujer del box siete. Llegó quejándose hace como dos horas. Nadie pudo atenderla porque quiere que la atiendas tú exclusivamente. ¿Puedes creer? ¿Qué le has hecho? ¿Acaso le has comprado un televisor, pagado la universidad de sus hijos…?
- No recuerdo haber echo ninguna obra de caridad últimamente... –Dije apenas colocándome la tarjeta plastificada en el bolsillo de la chaqueta.
- Bueno, pues, lo que le hayas hecho, le hizo feliz... Ve y atiéndela. Ya es hora de que me vaya... –Avisó. La miré para agradecerle y noté algo extraño.
- Sarah, ¿Por qué tienes el labio tan hinchado? –Pregunté. Ella se tocó apenas.
- Oh, se ha hinchado. –Exclamó, luego me miró de reojo.- No te asustes, caminando dormida me tropecé en casa y me mordí el labio, es todo.
- ¿Segura? Se ve muy inflamado... –Me acerqué y le tomé la cara.
- Si, nada de lo que preocuparse, sanará...
- ¿Por qué no tomas algo para la hinchazón? –Sugerí.
- Soy médica también ¿Sabías? -Tomó el bolso y se dirigió a la puerta.- Sé de alguien que quiere hablar contigo... –Dijo, pero antes de que yo reaccionara y preguntara, ella ya se había ido.

Avancé por el pasillo como quien deambulaba por ellos desde hace horas. Llegué a mi territorio de acción. Vi a la docena de pacientes conectados a sueros y otros aparatos para medir la presión. A través de las ventanas también vi al chiquito con gruesos vendajes en el brazo derecho. Escuché a alguien quejarse despotricadamente. Supuse de quién provenía.

Una mujer por arriba de los veinte años estaba apenas recostada contra la cama y se agarraba el abdomen con dolor. La frente estaba invadida por gotas de sudor. Al lado de la cama había un cubo tapado con una toalla. Apestaba desde donde yo estaba, decidí ignorarlo, por el bien de mi propio estómago. Me acerqué a la paciente y a su madre, que era quien la acompañaba desde la silla.
- Buenos días... –Saludé.
- ¿¡Porqué tardó tanto!? –Gritó la chica desde la cama. No me alteré. La madre pareció avergonzada.- ¡Hace dos horas que estoy aquí y las náuseas me están matando! ¡Se supone que tiene que aparecer cuando alguien la necesita!
- Bueno, aquí estoy para ayudarla. –Dije sin inmutarme.
- Discúlpela, Doctora. –Me pidió la madre, más racionalmente. Se veía preocupada.
- ¿Qué sucede? –Inquirí. La madre sacó un fajo de papeles dentro de una bolsa.
- Hace un tiempo, ella se tuvo que hacer unos estudios por un quiste en el hígado. –Decía mientras me mostraba los análisis.- Entre ellos una ecografía. No aparecía nada pero la Doctora Schmidt nos pidió que se hiciera uno de estos... –Dijo y me alcanzó una caja de pruebas de embarazos caseros. Yo la tomé y abrí. La prueba estaba usada y las dos líneas mostraban el resultado.
- Oh, ya veo. –Dije. Según la expresión de la madre, dudaba en un cien por ciento de la prueba.
- Nosotras creemos que como ella ha tenido muchos problemas con el hígado y algunos con los riñones... Algo hizo que la prueba saliera positiva.
- ¿Entonces? –Probé. Parecía tener las respuestas de los problemas.
- Hace un par de días que ha estado con terribles náuseas, vómitos y mareos repentinos. Yo creo que está anémica... No quiere comer y tiene todo el abdomen hinchado porque no le ha venido este mes... –Me susurró al oído.
- ¿Ah, si? ¿Ha tenido fiebre, diarrea? –Pregunté.
- No. Sólo lo que le he dicho. Tiene ataques y yo no quiero verla así... –Decía poniéndose a mi lado.
- ¡Si! ¡Es asqueroso! –Afirmó la hija. Me acerqué más a ella. Corroboré las válvulas del corazón en pocos segundos.
- ¿Has comido algo en mal estado? ¿Algún fiambre que haya estado mucho tiempo fuera del freezer? ¿Algo vencido?
- No, nada de eso... –Respondió la madre.- Acá en este papel dice que podemos hacer la prueba del embarazo de nuevo, yo estoy segura que fue lo de los riñones. –Sugirió.
- ¿Hace cuánto tuvo los problemas de riñón?
- Un mes atrás.
- ¿Y la prueba? –Insistí.
- La semana pasada. –Respondió la madre como que si la salud de la hija dependiera de la velocidad con la que me contestara.
- ¿Cómo te llamas? –Pregunté mientras me calzaba los guantes.
- Zully. –Contestó la joven de forma seca.
- Bien, Zully. ¿Qué es lo que te duele? ¿El estómago o el hígado? –La chica lo ignoraba. Seguramente debía de ser todo lo mismo para ella.- Entonces te palparé para ver dónde te duele y hacerte una receta.
- ¡No! –Gritó al instante.- ¡Madre, dile que no! ¡Hará que vomite! –La madre me miró compasiva.
- Despreocúpense, sólo tocaré, no presionaré... –Dije, aunque bien sabía que mentía para que se relaje.

La chica se levantó el pijama, tenía el vientre algo hinchado. Empecé por los costados. Bajé hasta donde se ubican los ovarios. Volví a subir hasta debajo de los pechos.
- ¡Ahí! –Bramó.- ¡Ahí es!
- ¿Aquí? –Increpé.
- ¡¡Si, ahí mismo!! ¿Dónde más si le estoy diciendo que tengo ganas de vomitar?
- De acuerdo, aguarden un segundo. –Pedí, pero la madre se acopló a mi paso.
- ¿Sucede algo malo, Doctora?
- No, nada. Permítame traer un instrumento.
- Entonces, ¿Si sucede algo malo con mi pequeña...? –Insistió. Me volví hacia ella.
- Mire Señora, por ahora no hay de que preocuparse, quizás sólo sea una gastritis y que eso conlleve a una anemia, algo medicable, también puede ser que tenga piedras en la vesícula, pero para estar segura necesito sacarme las dudas. –La mujer asintió en silencio. Me pareció que ahora sonreía.

Busqué el ecógrafo, el portátil y volví con mi paciente. La instalé cómodamente en la mesa próxima a la cama y le coloqué cuidadosamente el gel sobre el vientre. Pasé el transductor contra su piel y examiné la pantalla. Si, lo que me suponía, y lo que era más obvio. Lo dejé en el lugar que me pareció más conveniente. Esperé a que ellas también se dieran cuenta, pero miraban la pantalla como mirando la nada.
- ¿Y bien? –Inquirió la madre angustiada.
- ¡Felicidades! –Dije con una sonrisa.- ¡Será abuela!
- ¿¡QUÉ!? –Gritaron las dos a la vez.
- Está equivocada... –Dijo la joven.- Fíjese mejor...
- No, no me equivoco, aún es pequeño, pero pongo las manos en el fuego con que ese mancha movediza es su hijo. Felicidades. Debe de tener unos dos a tres meses...
- ¿Yo, embarazada? Pero, ¿De quién? –Preguntó la chica aterrada. La madre no se quedaba atrás. Las dos se miraban como que si les hubiera pronosticado cáncer. Estaban completamente seguras y mentalizadas con que la prueba casera había fallado.
- Llamaré a una ginecóloga... –Propuse dirigiéndome a donde se encontraba Josephine.- Querrán saber detalles... –Supuse y me marché.


Presumí que eso ya no era de mi incumbencia. Ahora, madre e hija tendrían que resolver varios puntos en la lista: cómo llamarlo, cuál de las dos abuelas lo malcriaría, quién era el padre... Fui directo al laboratorio, luego de pedir a un ginecólogo para la nueva futura madre. Di gracias muchas veces a medida que avanzaba por el pasillo, por tener un estudio de análisis en el mismo hospital que no cobraba por sacar dudas. Tenía que sacarme una específicamente de encima. Me estaba torturando y carcomiendo el alma.
- Muy buenos días, Adolf. –Saludé cordialmente al hombre detrás de los microscopios. Éste, al levantar la cabeza se chocó con la lámpara.
- Lynn. Qué raro verte por estos lados. –Me dijo en su peculiar forma de bienvenida.
- Si, en realidad estoy algo apurada. –Agregué. Saqué de mi bolsillo un paquetito transparente.- ¿Serías tan amable...?
- ¿Ahora resulta que eres forense? –Atinó sin suerte. Tomó la bolsita.
- No. Quiero que le hagas un análisis de algo... –Pedí agitando una mano.- No lo sé. Búscale ADN, rastros de que alguien tuvo ese hilo en su piel, o qué tenía la piel. Algo.
- ¿Es hilo de cirugía?
- Si... –Afirmé en un susurro.
- ¿Qué pasó con él? –Quiso saber. Sabía lo curioso que era Adolf, pero no podía ir a otro laboratorio ya que me costaría un sueldo entero.
- Nada, sólo… Me dio curiosidad. –Mentí. Antes de que volviera a abrir la boca, le dije a la hora que iría por los resultados y me marché.


Exactamente una hora antes de que termine mi turno, una ambulancia llegó al aparcamiento de emergencia del hospital con un bombero que tenía principio de asfixia. El jefe de emergencias lo atendió de inmediato siendo seguido por algunos residentes. Era sencillo y con la experiencia de tal profesional, en unos cuantos minutos lograron estabilizarlo. Pasé junto al box y miré curiosa. Llegué al escritorio de Josephine, ella ya no estaba. Su turno terminaba a las seis y media de la tarde. Quién la reemplaza por la noche y madrugada es su sobrina, Ingrid Winkler. Y si querías saber algo, tendrías que preguntárselo a ella. Apenas me apoyé contra el marco de la ventana, su mirada se disparó a ser de pura picardía.
- ¿Cómo está el bombero? –Preguntó haciéndose la desinteresada.
- Bien... –Contesté de la misma forma.- ¿Sabes qué es lo que se pasó de calefacción? –Inquirí mirando hacia la galería de boxes. La recepcionista no cambiaba la mirada.
- Si, algo. –Ordenó un par de papeles sobre el escritorio.- Según parece se ha incendiado la casa del Doctor Jones.
- ¿Cómo dices? –Pregunté reaccionando de un salto.
- Si, algunos dicen fue intencional. Pero según los encargados de la empresa de seguros, dicen que fue un accidente. Obviamente, con las cosas que los bomberos encontraron, perdieron toda credibilidad.
- ¿Y cómo saben que fue intencional? –Quise saber. Esto me resultaba tan extraño. Lo único que me tranquilizaba era saber que el Doctor no estaba y que no le había sucedido nada malo a él.
- Bien, las mascotas del Doctor estaban fuera de la casa. Los pájaros, los peces y demás. Es decir, las jaulas y las peceras no caminan por sí solas. También dicen los bomberos, sólo ellos saben como identificarlo –Dijo arrugando la nariz-, que el fuego fue iniciado fuera de la casa... Prendieron fuego la casa desde afuera. Es extraño ¿No? –Trató de cerciorarse. Su llamada de atención me sacó de mis pensamientos.
- Si, muy extraño. ¿Y los muchachos del seguro no vieron nada por las cámaras?
- Nada. Dicen que todo estaba normal hasta que: ¡Pum! Fuego por todos lados. –Contó emocionada.
- ¿Y qué tan mal quedó la casa?
- Irreconocible e inútil. Se perdió todo y la estructura es muy débil, tendrán que demolerla si quieren hacer algo en el futuro. –Se encogió de hombros y volvió a sus papeles. Seguramente estaba esperando que la halagara por la cantidad de información que había logrado sacar de las conversaciones ajenas.
- ¿Han llamado a Sammel para avisarle de este incidente? –Hice mi última pregunta sin perder de vista el traslado del bombero a una habitación común.
- No lo sé, pero tendríamos que suponer que si, por parte de la gente de su seguro.
- Gracias Ingrid. –Saludé. Ella levantó la mirada como queriendo corroborar que solo sería ese escueto saludo por todo lo que me había dicho. No le hice caso, de todas maneras era sólo un rumor.



P.D.: Casos como los de Zully los he aprendido en mi corta estadía en el hospital de mi ciudad durante el verano. No, no estuve internada, fue por la facultad. Así que como aún soy novata, trato de hacerme de casos faciles, lo que no significa que esten bien explicados. Damn.


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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Nov 20, 2008 7:42 pm

simplemente AMO esta historia, es tan emmm...original...me gusta!!!!!

Y ya sabes AMO a Lionel con todas mis entrañas, incluso mas q otros e,e

Felicidades, pon mas, q sigo leyendo!!!!

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Nov 21, 2008 9:17 pm

Deberías ver Dr. House, te encantaría.

O Crossing Jordan.

La tele adicta ha hablado.

Sigue. Nos vemos, blonda.

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Nov 27, 2008 4:26 pm

Me encantaria verlos, pero el 90% de la semana estoy sin television.



CAPITULO 4: Citas.

Regresé al laboratorio antes de ser relevada a las ocho y media de la noche. Adolf ya se había marchado. Günter lo sustituía. Golpeé tres veces el vidrio y él me hizo una mueca. Entré con cuidado de no llevarme ningún frasco por delante.
- Buenas noches, Günter. –Saludé avanzando entre las cajas y las mesadas.
- Buenas noches, buena jornada para usted Doctora Baldwin. –Me respondió.- ¿A qué debo su visita?
- ¿Adolf no te ha dejado nada para mi?, se suponía que tenía que hacer unos análisis de una muestra que le traje a la mañana.
- Ah, si... –Dijo y buscó en un cajón del escritorio que ocupaba. Sacó un sobre de papel madera.- Me dijo que no entendía nada de lo que se proponía, pero que al fin y al cabo, era un favor. –Sonreí divertida. La curiosidad de Adolf era imposible de tratar. Tomé el sobre.
- Envíale mis saludos y mi gratificación por su trabajo. Que tengas buena jornada, Günter. –Saludé y me retiré.
- A usted, Doctora.

No podía esperar a llegar a casa para poder leer los resultados. Podría haberlos leído en el hospital, pero no sentía la privacidad que necesitaba. Era algo infantil, pero yo quería leerlo sola, y asustarme o decepcionarme sola.

En la recepción ella ya me estaba esperando, apoyada contra el marco de la ventana del escritorio de Josephine.
- Buenas noches, Sarah. –Saludé con una amplia sonrisa.
- Nos volvemos a encontrar, Lynn. ¿Cómo te fue con tu fanática? –Inquirió con una leve sonrisa.
- Bien. Dentro de siete meses se sumará un niño más a la humanidad. –Dije. Sarah abrió sus ojos negros, sorprendida.
- ¿Era un engendro? ¿Tanto lío por un diablillo? –Escudriñó frunciendo el ceño.- ¿Sabes? Si la hubiera atendido yo, ya sería madre.
- Lo sé, créeme que lo sé... –Reí un momento. Luego el recuerdo me atormentó.- ¿Has oído lo que sucedió a la casa de Sammel?
- Le echaron un fósforo a la casita de paja... Si, lo he escuchado, visto y sentido. –Respondió haciendo un gesto con su mano al lado de la cabeza.
- Dicen que fue intencional... –Conté sabiendo que Ingrid se revolcaba del orgullo.
- Siéndote sincera, no tengo la más mínima idea. Según los peritos fue una mala conexión. Un... ¿Cómo se dice?
- ¿Cortocircuito? –Probé.
- ¡Si eso! Un cortocircuito. En el living. La alfombra de plástico prendió rápido y así se quemó la casa por completo. –Me dijo. Parecía más creíble que la versión de la secretaria. Tenía un par de dudas, pero en realidad todo era posible.
- ¿Los animales estaban afuera de la casa? –Sarah no pareció inmutarse por ese detalle.
- Un muchacho cuidaba de la casa, a la mañana los sacaba al jardín y por la noche los volvía a la casa. -¿Incluso la pecera? Me pregunté.- Bien, mejor voy a trabajar... Tengo la fría sensación de que hoy me tocarán las mil y una. –Dijo tomando su bolso.
- Si, si... Ve. –Le indiqué. Tomé mi credencial y recordé algo.- ¡Sarah! –Le llame y ella se dio vuelta.- ¿Quién dijiste que quería habar conmigo? –Sarah sonrió y se fue por el pasillo sin contestarme.
- Yo quería hablar con usted, Doctora. –Me musitaron a mis espaldas. De un salto me di vuelta.
- ¡Doctor Merton!
- Lamento asustarla. –Dijo apenado y miró el suelo. Yo traté de que mis latidos volvieran a setenta por minuto y le respondí.
- La culpa es mía, me asusto de casi cualquier cosa... –Confesé. Él pareció alegrarse.
- ¿Cómo se encuentra hoy, Doctora?
- Debo agradecerle lo que ha hecho por mí la guardia pasada. –Dije esbozando una cálida sonrisa.- Fue muy amable de su parte. –Él se ruborizó.
- No quería que se enterara... –Reveló y miró de reojo, en forma siniestra, a la secretaria que trató de eludirlo lo más disimuladamente posible.
- Pero si no me hubieran dicho, no podría agradecerle, y tendría que suponer que además soy sonámbula... –Dije y reí tratando de relajar la atmósfera.
- Si, supongo que tiene razón. –Dijo. Volvía a estar apenado.
- Doctor Merton...
- Johann. –Me interrumpió.- Puede llamarme Johann, Doctora Baldwin.
- Dayrline. –Corregí yo ésta vez.- Puedes llamarme Dayrline, o si deseas ser más atrevido, Lynn.
- Lynn. –Probó él.
- Johann... –Dije yo.
- ¿Tienes que hacer algo ésta noche, Lynn? –Me preguntó. Me paralicé. Si, tenía algo que hacer, y quería que sea privado. Suspiré. Tendría que dejarlo para más tarde.- Veo que ya tienes otras cosas planificadas... –Dijo de repente. Yo reaccioné. Había malinterpretado mi suspiro.
- ¡Oh, no! No, no, no... Estoy libre. Pierde cuidado. Es sólo que...
- Mira, yo salgo de la residencia a las nueve y media. Si quieres te paso a buscar a esa hora por tu casa... –Ofreció.
- Me parece bien... –Dije complacida. Hacía tiempo que no tenía una cita. Le di mi credencial por la dirección.


Llegué a casa con dos sensaciones. Una de júbilo por mi salida. La otra de desesperación por abrir el sobre de los resultados. Entré a la sala y de inmediato me percaté del olor a césped recién cortado que flotaba en el aire. La ventana de dos hojas que da a la calle estaba entreabierta. Un escalofrío me recorrió la espalda. Elisa no estaba en su almohadón ni tampoco me había recibido como siempre. Tuve una fría sensación. Entré a mi habitación para vera a mi gata durmiendo acurrucada contra la almohada en la que apoyo mi cabeza. Parecía estar temblando. Me acerqué con cuidado. Tenía los pelos del lomo parados y el hocico arrugado, como que si hubiera estado gruñendo hasta dormida.

Volví a la sala. No había muchos lugares donde un ladrón se pudiera ocultar. Además el sitio no parecía revuelto. Las cosas como los electrodomésticos seguían en sus lugares. Había marcas húmedas sobre la alfombra frente al sofá. Estaba aterrada, pero debí quitarle importancia porque todo estaba en orden y nadie escondido. Cerré con traba la ventana, eché una mirada a la torre de la iglesia, como cada noche antes de irme a dormir, y corrí las cortinas. Me duché y preparé. Cubrí a Elisa con una manta, estaba muy cansada, no se movió.

Traté de ir a la cocina a prepararme un té, sin embargo el sobre de madera que había dejado sobre la mesa me impidió el paso. Lo tomé casi con duda. Ahora ya no quería tanto saber cuáles eran los resultados. Preparé el té antes de abrirlo. Me senté en el sofá y lo miré por un largo rato.
- Si estoy tan segura de que fue un sueño... Dos veces, ¿Por qué le tengo miedo a un par de análisis? –Me dije. Abrí la solapa del sobre y saqué las hojas blancas fuera de él.

Me llevé la mano a la boca en un acto reflejo antes de poder decir o gritar algo. Leí unas tres veces más los análisis. Y aunque seguía pasmada por lo que allí decía, mis labios gesticularon una sonrisa y comencé a reírme suavemente.
- Esto es imposible. –Mascullé y un frío me envolvió completamente. Dentro del sobre había un papel amarillo escrito con la caligrafía de Adolf.
“Lynn: No sé a quién te propones imputar con éstos análisis, pero yo puedo decirte que es lo más extraño que me hayas pedido. No he podido encontrar nada especial adherido al hilo salvo un resto de sudor. No sé qué hayas echo, no sé qué hayas encontrado, pero espero que los estudios te sirvan de algo. Atte. Adolf.”

No me lo creía. ¿No había nada impregnado al hilo, ni siquiera células muertas? El resto de sudor, en cierta forma, lo comprendía, había estado trabajando, ambas veces sin guantes. ¿Qué era ese joven? Sonó el timbre de la recepción. Johann había llegado. Junté mi cartera y un abrigo y salí disparada por el ascensor, dejando atrás mis preocupaciones, me ocuparía de ellas en otra ocasión.


La cena fue... Interesante. Johann me llevó a un restaurante a orillas del río Elba. Era un lugar muy lujoso y tenía una hermosa vista al río y toda la ciudad en movimiento. Pedí algo ligero, él una rareza del menú. Ni bien llegó la comida la charla se volvió sugestiva.
- ¿Hace cuánto trabajas en el hospital? –Me preguntó.
- Unos cuatro años. –Le respondí antes de comer el bocado que tenía suspendido en mi tenedor.- ¿Y tú? Sé que eres nuevo por aquí.
- Si... –Dijo y tomó un sorbo de su vino.- De hecho hace medio año que estoy trabajando en este país.
- Eres de América. –Aseguré.- Más específicamente, de Los Ángeles.
- Si, Norteamericano. –Ratificó.
- Te delata tu apellido y tu acento. –Dije como al pasar y comí otro bocado.- ¿Por qué quisiste mudarte a Alemania para trabajar?
- Tengo unos familiares en Berlín, pero terminaron trasladándome aquí. –Respondió, yo afirmé. Sabía lo que era eso.
- Seguramente te debió haber costado acostumbrarte... Más que nada por el idioma... –Dije.
- Pero tú tampoco eres alemana. Aunque tienes el acento germano casi incorporado, aún, si se te presta atención, tienes la tonada del inglés. –Reí. Era muy observador. Sus ojos color miel centellaron con las luces de la calle.
- Es verdad... Yo soy de Wolverhampton, Inglaterra. –Revelé.
- ¡Eres inglesa! –Expresó sorprendido. Yo me ruboricé y traté de comer un bocado más.- No me lo habría imaginado. Sospechaba que eras Americana.
- No, no... Inglesa.
- ¿Y tú por qué te mudaste? ¿También tienes familiares? –Inquirió. Tomó el último sorbo de su copa.
- No, en realidad se me presentó en el momento y creí que tendría mejor salida laboral. No me equivoqué, pero trabajar en este hospital me ha costado sudor y lágrimas. –Respondí seguida de un suspiro.
- Lo sé, a mi tampoco se me ha hecho fácil esto de cambiarme de hábitos.
- ¿Qué año cursas?
- Entre clínica y el primero de residencia.
- Pareces más grande... –No había sido una pregunta. Le miré sorprendida.
- Si, porque en realidad... –Comenzó, pero se tentó un momento antes de terminar.- Espero no te asustes con lo que te diré. También tengo veintiocho –Aseguró sabiendo que yo no había revelado mi edad-, sucede que perdí los tres primeros años por diferentes cuestiones... –Explicó.
- ¿Diferentes cuestiones? ¿Puedo saberlas? –Indagué curiosa. Dudó unos cuantos largos segundos.
- El primer año lo perdí por no inscribirme a tiempo; el segundo año lo perdí porque quedé libre a mitad de año. Y el tercer año lo perdí porque me fui de vacaciones durante los exámenes más importantes…
- Dios... –Logré decir. Nunca había conocido a alguien tan despreocupado.
- Bueno, pero eso quedó atrás, ya que senté cabeza y me dije que no haría doce años de medicina. –Aclaró como leyéndome la mente.- Si hubiera tomado conciencia en el primer año te estaría acompañando en las guardias... –Dijo mirándome fijamente, lo que hizo que se me acelerara el corazón y mi rostro se volviera rosado.
- Bueno, pero igual nos conocimos. –Agregué apenada. Había algo en sus ojos que me intimidaban.- ¿Y qué especialización realizarás?
- ¡Oh, no! ¡Ninguna extraordinaria! Seré médico clínico, he encontrado muchas cosas interesantes en el hospital interestatal de Hamburgo, no me iría de aquí por ninguna otra oferta... –Aseguró sonriéndome cálidamente.
- Si. -Articulé apenas.- En ningún otro lado los adolescentes se hacen tanto daño contra los postes de luz, como aquí. –Johann volvió a sonreírme.

Pasé una velada de ensueños con ese hombre que ahora, ya no era tan joven como lo creía en un principio. Luego de cenar, me llevó a recorrer el paseo ribereño. Estuvimos paseando por un tiempo largo, hasta que notamos que era pasada las dos de la madrugada. Fue muy amable en llevarme de vuelta a casa con su coche. Me despidió cordialmente devolviéndome mi credencial y aguardó a que yo me perdiera dentro del ascensor antes de arrancar y marcharse.


Mis ojos estaban dilatados y mi cansancio se tornaba insoportable cuando se congregaba con mi humor a esa hora de la madrugada. Tomé más pastillas para el insomnio de lo que recomiendo. Principalmente, no para suicidarme, sino para quedarme dormida apenas apoye la cabeza contra la almohada. Del agotamiento que llevaba conmigo, no noté que la ventana estaba abierta una vez más y que el olor a césped volvió a instalarse en la sala. Sólo entré en la habitación, coloqué a Elisa a mis pies y cerré lo ojos entre las sábanas.

En ese momento pensé que habían pasado sólo un par de segundos. El golpeteo contra algo de madera se estaba tornando insoportable. Mi cuerpo se había vuelto de roca y los párpados de acero. No lograba moverme ni abrir los ojos. Pero en cierta forma estaba conciente, sabía que algo cerca de mi estaba sonando. Corrí la sábana de mi cara y espié por el rabillo del ojo. La lámpara que estaba a la entrada de la habitación permanecía encendida. Recostado contra el marco, volvía a estar él.
- ¡Dios, no! –Bramé furiosa.- ¡Estoy soñando otra vez! –Exclamé molesta, tapándome la cabeza con la sábana.- ¡Creí que las píldoras para el insomnio no provocaban alucinaciones! ¡Váyase ya! –A pesar de que no lo estaba mirando, supe que se reía suavemente.
- Pero si yo no soy un sueño, Lynn. –Dijo con tranquilidad.
- ¡Es verdad, usted no es un sueño! ¡Es una pesadilla! –Grité sentándome en la cama.- ¡Entra por mi ventana sin mi permiso, se da el lujo de molestarme a las cuatro de la mañana y todavía tiene el pudor de mirarme cuando estoy en camisola! ¡En mi habitación! ¡Donde se supone que tengo privacidad!
- Lo siento, fue algo atrevido de mi parte... –Se disculpó atentamente. Yo, sin hacerle caso, me volví a esconder entre las sábanas.
- ¡Váyase por donde vino! ¡Transfórmese en murciélago y váyase volando por la ventana! –Alcé la mano y con unos gestos lo eché del lugar. Se volvió a reír, ésta vez con más fuerza.
- ¡Así que eso crees que soy! ¡Un vampiro! –Dedujo mofándose de mí.
- Es que no se me ocurre un insulto de mayor agresividad en este estado. –Me defendí haciéndome un bollo. Volvió a reír.
- No se preocupe, Doctora, sólo vengo para hacerle un regalo... –Aclaró. Sentí sus pasos sobre la alfombra acercándose hasta estar al lado de la cama.
- Ya se ha atribuido demasiada confianza, Señor Krasnow. –Protesté.
- Se supone que debo tomarme el atrevimiento, sino, esto no progresará. –Afirmó.
- ¿Esto? –Repetí atontada. Mi brazo derecho se levantó involuntariamente y se giró hacia atrás.
- Permítame... –Pidió. No quise y traté de quitar mi brazo de entre sus manos. No funcionó, estaba demasiado débil como para luchar contra alguien más vivo.- Si no coopera no me podré ir pronto... –Amenazó. Aunque hubiera querido, no podría haberle hecho frente.

Colocó mi antebrazo en su falda antes de que algo frío como la nieve me envolviera la muñeca. Sentí, luego, sus dedos trabajar en la cadena y hacer fuerza sobre ella. Oí un “clic” y sentí una corriente eléctrica por todo el brazo, como que si me hubiera golpeado el nervio del codo. Le quité la mano y me la escondí debajo de las frazadas. Me acurruqué aún más. Él se levantó de mi lado.
- Mañana vendré a visitarte... Querrás algunas respuestas. –Dijo desde la puerta. Yo seguía sin ver, pero por la lejanía de su voz, lo parecía.- Cuando despiertes sabrás que esto no fue un sueño. –Desafió aún lejano.- Hasta mañana Lynn... –Me susurró al oído.


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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Sáb Nov 29, 2008 12:00 am

Guau, qué bonito!

Pobre Lynn, como la torturan.

Pero me siento todavía peor por... Elisa.

Sigue, rubia.

Jo.

PD: ¡¡¡¡SOY LIBREEEEEEEEEEEE!!!!

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Dic 04, 2008 2:57 pm

Exclamation He de partir el capitulo en dos. Maldita sea.


CAPITULO 5: La identificación.

Grité y me senté en la cama. Podía asegurar que él me susurró al oído en ese momento, siendo que antes lo escuchaba lejano. Estaba transpirada y jadeaba sin control. Ahora era más evidente que todo pudo ser obra de las pastillas. Era de día, y el sol brillaba a más no poder. El jadeo no cesaba, todo estaba muy confuso en mi cabeza: lo acababa de escuchar, acababa de murmurarme al oído... Ya me estaba cansando de este juego inconsciente. No podía esperar la hora que decidiera terminarse de una vez.

Respiré hondo y vacié mis pulmones. Otra vez tenía la espalda contracturada y dolida. Me desperecé haciendo sonar los huesos de la columna. Elisa ya estaba arriba y se refregaba inquieta en mis pies. Cuando la llamé, ella se acercó y, a su manera, me deseó los buenos días. Inconscientemente me desconecté de lo que sea que haya ocurrido. Me dirigí a la cocina, saqué el plato de mi gata de la alacena, tomé una lata de comida e intenté abrirla. La cadena plateada que colgaba de mi brazo derecho, estaba perfectamente a la vista queriéndose mostrar… Pero yo jamás me había la colocado, es más, yo no tenía pulseras…

“Sólo vengo para hacerle un regalo...”

“Mañana vendré a visitarte... Querrás algunas respuestas.”

“Cuando despiertes sabrás que esto no fue un sueño.”


- No era un sueño... -Me dije. Me apoyé pesadamente contra la mesada y comencé a jadear nuevamente. En el hospital, el muchacho que no sangraba, el hombre que bebía las bolsas de sangre, el sujeto que entró por mi ventana. Todo era real.- No era un sueño... –Me repetí.

“Cuando despiertes sabrás que esto no fue un sueño.”

Dejé la hornalla encendida y la lata de comida a un lado. Tambaleándome llegué al sillón y me dejé caer pesadamente. Elisa, tan sorprendida como yo, se acercó a mis piernas y comenzó a refregarse contra mí insistiéndome para que vuelva a la cocina. La miré y alcé sobre mi falda. Le acaricié debajo de las orejas y ella ronroneó alegre. Miré perdida hacia la nada. Entonces reparé en mi ventana abierta y el vago olor del césped. Seguía aturdida. Levanté mi mano derecha y la pulsera pendió delante de mis ojos.
- ¿Qué demonios es esto? –Mascullé con miedo. La gata maulló.

La pulsera constataba prácticamente de una cadena de plata y un dije del tamaño de una moneda grande. El medallón a su vez tenía grabado con suma delicadeza letras, en lo que creía, chino o japonés y del otro lado, unos dibujos minuciosos de criaturas aladas. Pero no lograba identificar qué eran.

“...esto no fue un sueño.”

“Mañana vendré a visitarte...”


Salté de mi lugar al recordarlo. ¡No podía quedarme allí ni por cinco segundos más! Cogí un bolso mediano y metí cuanta ropa entrara. Cerré el departamento herméticamente. Tomé a Elisa y subí a mi coche.

- Que esté en casa, que esté en casa... –Repetía una y otra vez en voz alta, esperando la respuesta frente a la puerta de madera caoba. Ella acudió a mis llamados.
- ¡Lynn! ¡Qué sorpresa verte por aquí! ¡A ésta hora de la mañana! –Exclamó Sarah con alegría, le encantaba recibir visitar inesperadas.- ¡Y con Elisa! Y un... ¿Bolso? –Inquirió más sorprendida, se volvió a mí- Muy bien, ¿Qué ocurre?
- Sarah, sabes que no te pediría algo sino fuera que realmente lo necesitara... –Dije de un sólo aliento. Mi amiga asió mi bolso y me invitó a pasar.
- No te preocupes, sólo dime qué necesitas...
- Sarah, creo que alguien me está persiguiendo. –Dije con pesar y amargura, Sarah me tomó de las manos y me miró con sus enormes ojos negros llenos de preocupación.
- ¡Oh, Lynn! ¿Estás segura? Es decir, ¿Lo has visto?
- Si... –Aseguré fervientemente, pero luego pensé en la desfachatada explicación que sugería mi afirmación. Entonces lo negué.- No... Bueno, en realidad no estoy segura. –Sarah me miró casi con lástima. Bajó sus ojos un momento.
- Oh, ya entiendo. ¿Deseabas quedarte en mi casa por un tiempo? –Increpó volviendo a mirarme fijamente.
- ¿No te molesta? –Pregunté yo a la vez.
- No, para nada. Todo sea por el bien de mi amiga. –Dijo y me abrazó con fuerza. Respondí agraciada.- Además, la rutina es clave para los criminales, está bien que hayas venido. –Decía mientras caminaba en sentido contrario.
- Si, lo sé. ¿Crees que debería haber llamado a la policía? –Inquirí preocupada.
- Oh, no. Por ahora no, no sabes si en realidad te están persiguiendo a ti o a alguien más. –Reflexionó.
- Si, es verdad... –Mascullé. Sólo me dejaba llevar por las especulaciones de mi amiga, yo sabía que me buscaba explícitamente a mí.
- Oye, ¿Qué no deberías estar trabajando? –Me preguntó de repente dando media vuelta.
- No, El Doctor Jones se fue de vacaciones con su familia hasta el jueves de ésta semana. ¿Recuerdas? –Dije. Sarah pareció dudarlo.
- Pero él no... –Me miró de reojo y no dijo más nada.- Nah, olvídalo. Oye, lamento tener que dejarte tan pronto, es que debo ir a cumplir con mis horarios.
- Oh, si, ve tranquila. –Espeté. No quería ser una molestia en su rutina.
- Escucha, el teléfono está en el living, cualquier cosa que necesites o te urja, sólo llámame. O a la policía. –Decía mientras recogía sus cosas.- Mis horarios son terribles, estoy tratando de que los cambien o los descongestionen un poco, me tocan guardias casi todos los días... ¡Es abrumador! Eso me pasa por querer un aumento... Y además me sumaron dos horarios nuevos (Éste es uno) –Aclaró-, por una loca que se tomó vacaciones... De cualquier forma, sé que podrás quedarte sola hasta que vuelva, no eres una niña pequeña. Vendré algo tarde, pero volveré... –Me sonrió.
- Si, no te preocupes. –Respondí cohibida. Se estaba comportando como mi madre.
- Además, de qué te preocupas, estás a salvo con Francisco.
- ¿Francisco? –Repetí azorada. ¿Sarah estaba viviendo con un sujeto y no me lo dijo?
- Si, mi lagarto mexicano. –Aseguró y me apuntó a una gigantesca pecera que descansaba sobre un mueble hecho a medida.
- ¡Oh, si, Francisco! ¡Ya no lo recordaba! –Reaccioné. Mi amiga me dirigió una sonrisa y me besó las mejillas antes de marcharse.
- ¡Ah! Casi lo olvido... –Dijo sosteniendo el picaporte con el cuerpo fuera de la casa.- Cuando llegue la noche, puedes cerrar las ventanas pero no las cortinas.
- ¿Por qué no? –Pregunté preocupada. Cuando llegara la noche, cerrar herméticamente la casa, era lo primero que tenía en mente por hacer.
- Es sólo... Costumbre. –Dijo. Se encogió de hombros.- No me gusta que la casa esté tan cerrada, me da un poco de claustrofobia.

Gracias al cielo encontré con qué distraerme durante el resto de la mañana y la totalidad de la tarde. La descomunal biblioteca de mi amiga poseía sobre sus estantes las completas colecciones de reconocidos escritores como Doyle, Poe, King, Sheldon, Coelho, Brown, Cook entre otros y algunas novelas de autores que no conocía hasta ese momento pero que parecían muy interesantes. Sarah tenía un gusto muy exquisito por la lectura y la decoración. Su casa tenía una ambientación diferente en cada sala. La biblioteca en sí, tenía un contrapiso de madera y las paredes pintadas de color vino con los detalles de cerámica, cortinas y adornos en color trigo. El hogar le daba el toque justo que la biblioteca necesitaba para que sea perfectamente familiar y acogedor, y no una simple habitación repleta de libros.

Pese a mis esfuerzos por acatar las costumbres de Sarah, tuve la necesidad de cerrar por lo menos las cortinas de la cocina que desprendían en mí una continua inquietud y me obligaba a mirar cada tres segundos sin poder concentrarme en la lectura. El libro que había elegido de Danuta Reah tampoco me ayudaba mucho en la estadía. Elisa y Francisco no se sentían, los había alimentado durante la tarde y ahora dormían cada uno en su sitio. Mi gata había preferido el sillón de pana a su habitual lugar en mi regazo.

Recostada en un sillón doble, con las piernas extendidas sobre el apoyabrazos, leía ligera las líneas del texto. En el horno había dejado que se cocine a fuego lento la cena que había preparado para Sarah a su regreso, con algo debía pagarle el favor. La ventana del comedor del doble de ancho que el de la sala anterior y mucho menos aterradora, dejaba entrever el patio desbordado de vida que mi amiga conservaba con increíble habilidad, pero que ahora sólo era un mar de oscuridad.

Continuaba leyendo. Sentí un siseo y levanté la vista para corroborar que todo seguía en orden en la cocina. Sin embargo, lo que primero divisé fue una figura negra del lado de afuera de la ventana del comedor. Ni bien se dio cuenta de que lo vi desapareció tan rápido que dio la sensación de que se había esfumado como por arte de magia. Mis manos se volvieron pegajosas y comencé a hiperventilar antes de que reaccionara en lo que había visto. Me estaba persiguiendo. Me había perseguido hasta la casa de Sarah. ¿Y si no era ese sujeto? ¿Si era un ladrón? ¿Qué podía hacer?

Llama a Sarah, o a la policía. Me dijo mi cabeza. Pero estaba helada con los ojos fijos en la ventana. No estaba segura si quería volver a ver a la figura o quedarme así hasta que algo nuevo y más aterrador sucediera. Me quedé expectante. Vi otra sombra moverse. La rama de un árbol. Suspiré aliviada. Tonta. Me dije sacudiendo la cabeza para borrar cualquier otro pensamiento perturbador. Volví a la lectura con el pulso vacilante. Eran las nueve y media de la noche. Estaba totalmente oscuro. No sabía que Sarah tenía horarios tan extensos. Pobre de ella. Me reconforté a mi misma cuando pensé que hoy sólo vendría y encontraría una rica cena ya dispuesta en la mesa. Una vez que recordé que tenía que cuidar que no se pasara el punto de cocción, dejé el libro a un lado y entré a la cocina.

Todo estaba como se suponía. Revolví la olla de la salsa dejando que el delicioso aroma se esparciera por toda la sala. Sentí unos golpecitos sutiles contra el piso de madera. Sonreí. Elisa adora lamer las cucharas cuando cocino algo que huele bien. Pero no se refregó contra mis piernas. Ni siquiera era ella la que había echo aquel ruido. Entonces me alarmé. Tomé un cuchillo que estaba en el exhibidor y volví a la sala.

Apenas había hecho unos pasos de mi lugar, pero fue sencillo reconocer la figura imponente. Solté el cuchillo, que se precipitó contra el suelo ruidosamente, sólo para taparme la boca y no gritar del pánico. Frente a la enorme pecera que contenía al exótico animal, estaba aquel sujeto con el que creí haber soñado hasta ese momento y que había descubierto, era realidad. Sonreía malévolo y relamiéndose con el animal. Di un paso atrás. Rogué que no haya escuchado el cuchillo, pero era imposible. Se volteó enseguida. Su expresión no cambió en lo absoluto. Es más, parecía que estuviera disfrutando de mi terror al momento de abalanzarse encima y atacarme.
- Lynn, ¿Cómo has estado? –Saludó cordial pero de forma informal.
- ¿Qué quiere de mí? ¿¡Por qué me sigue!? –Le pregunté. Sabía que esta vez no podría contenerme y lloraría.
- Lynn, Lynn... ¿Por qué me tienes tanto miedo? ¿Qué clase de monstruo crees que soy? –Inquirió él a su vez.
- ¡Aléjese de mi! ¡No de ni un paso más! ¡¡Llamaré a la policía!! –Amenacé sacando mi teléfono móvil. Él levantó las manos en señal de que no haría nada.
- Lynn, no te reconozco... Hace tan sólo dos noches me suturaste la herida con total normalidad, pensé que habíamos dejado esto de las incertidumbres. Mira. –Dijo mostrándome su brazo izquierdo.- ¡Perfecto! Ni la idea de que allí hubo una herida. Eres increíble. Sammel solía dejarme lleno de cicatrices que tardaban más de lo normal en irse. ¡Pero mira esto! ¡Nada! –Repitió frotándose el antebrazo tan sano como nuevo.

Yo lo miraba aterrada. Era seguro que esto no era un sueño. Que ese sujeto me había seguido hasta la casa de Sarah y que me atacaría en el momento que menos me lo espere. Mire a mí alrededor buscando aquel enorme crucifijo que mi amiga siempre tenía colgado por ahí. Tenía una fe ciega en que eso lo detendría.
- ¿Buscas esto? –Me preguntó y desde el otro lado de la sala me aventó la cruz de madera. La tomé con ambas manos, pero los nervios me traicionaron y no permitieron que la sujetara firmemente, por lo que la imagen terminó cayendo al suelo.
- ¿Qué-eres? –Me encogí en un rincón. Ahora únicamente pedía porque no me haga daño.
- ¿Sigues con eso? –Interrogó. Parecía haberse enojado.- Ya te había dicho que no soy un vampiro. Deberías poner más atención a lo que te digo, no me gusta repetir dos veces lo mismo. –Hizo una pausa.- En cambio, William sí es un vampiro. Creo que lo conoces.
- ¿William? –Repetí confundida.
- Si, el muchacho que me acompañaba hace tres noches. –Me estremecí al recordar la escena. Sacudí la cabeza para poder pensar claramente.
- ¡Me siguió hasta la casa de Sarah! –Acusé clavándole la mirada.- ¡También comenzará a perseguirla a ella!
- Oh, no. Yo no me hago cargo de la Doctora Glattstein. –Aclaró con una sonrisa algo más amigable. Hizo dos grandes pasos que lo acercaron casi a la par mía.
- ¡No se acerque! –Gruñí. No se me ocurría nada con que detenerlo.- ¡Ni un centímetro más! –Él suspiró resignado.
- ¿Qué es lo que tengo que hacer o decirte para que me dejes de mirar como que si fuera un marciano? No te haré daño…
- ¿QUÉ-ERES? –Repetí enfatizando cada letra en lo posible.



(cont.)



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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Jue Dic 04, 2008 2:58 pm

(cont.)


Sus cejas se juntaron y sus pupilas rubíes se encendieron hasta ser verdaderas llamas. En un manotazo me tomó de la muñeca derecha, antes de que mis reflejos pudieran evitarlo, y me jaló hacia él. Mi espalda quedó contra su pecho, mi brazo derecho extendido en el aire junto con el suyo hacia un lado, y el brazo izquierdo aprisionado entre mi cuerpo y su abrazo perenne. Rompí a temblar como jamás en mi vida. Me sentí tan vulnerable como un hilo de cristal. Él sujeto pasó su nariz desde el comienzo del hombro, por el cuello y hasta por encima de la oreja sintiendo mi perfume.
- Mmm... Soy un Guardián... Al que le gusta tu perfume. –Aduló. No contesté. Cerré con fuerza los ojos cuando sentí que su mano izquierda subía por mi vientre, me tomaba por la barbilla y me obligaba a mover la cabeza a un lado.- ¡Al fin puedo sentir tu piel! –Exclamó animado. Su comentario hizo que el corazón me de un vuelco.
- Dijo no sentía nada... –Mascullé con miedo. Él sonrió y apoyó su mandíbula en mi hombro.
- Quizás... mentí un poco. –Confesó.- Te propongo algo... –Dijo. Cedió en su abrazo para poder hacerme girar sobre los talones sosteniéndome con la mano derecha y sentarme en el sillón de pana del living de Sarah- Si me prometes no gritar y salir corriendo, te cuento la historia.

Seguramente mi mirada era de pavor, desconcierto y preocupación a la vez. Una sensación que redescubría en mi vida. Sin embargo nada pude hacer frente a aquella criatura.
- No tengo nada que ofrecerle. –Le dije con miedo.
- No tienes porque ofrecerme nada... –Dijo sentándose conmigo.- Ya me has ofrecido todo lo que tenías... –No sabía a qué se refería. Bajé la mirada cohibida. Aunque tuviera las manos puestas sobre las rodillas, era notable que estaban temblando. Suspiró pesadamente.- ¿Qué quieres que te diga para que te relajes?
- Que me dejará en paz. –Él también bajó la mirada.
- Lo siento, pero eso ya no es posible. –Masculló con tristeza.
- No quiero ser parte de nada extraño. –Continué. La criatura me miró por el rabillo del ojo durante un largo tiempo.
- Te contaré lo que sucede antes de que quieras cortarte el brazo para sacarte esa pulsera. –Expuso señalando la cadena de pequeños eslabones.- Es difícil que un humano consiga una, ¿Sabes? Quienes reciben esa distinción es porque hicieron lo que tu hiciste conmigo. –Explicó. Yo levanté la mirada apenas.
- ¿Qué fue lo que yo hice por usted? –Inquirí desconfiada.
- Me ayudaste desinteresadamente pese a lo que soy: Una persona que no siente el dolor, que trepa muros y no sangra.
- Estaba aterrada, por si no se dio cuenta. –Confesé seguida de un rubor.- Tenía miedo de que algo me sucediese si no lo hacía. Actué de forma egoísta.
- Aterrada y egoísta o no, me ayudaste, yo no te obligué. Es más, me ayudaste dos veces. Más bien, la segunda vez terminaste con lo de la primera. –Rió. No me gustaba que me tuteara.
- Si, pero la segunda vez creí que era un sueño. –Aclaré. No se quedaría con la última palabra. La criatura miró hacia el comedor.
- En fin, cuando un humano ayuda a un inmortal desinteresadamente se le concede una distinción. –Reveló. Mientras hablaba comencé a examinar el medallón. Un escalofrío me invadió cuando dijo “inmortal”.- Ésta, además quiere decir que el humano en cuestión recibe la protección del inmortal, y éste el cuidado del humano. –Le miré azorada. ¿Yo tendría que cuidar de él?- En otras palabras, Tú eres mi jefa y yo te tengo que proteger y tú debes... Bien, ayudarme cuando lo requiera. Que son muy pocas las veces…
- ¿Y cómo pretende que le ayude? –Pregunté molesta. Él no dijo nada. Estiró su brazo izquierdo sobre su falda y comenzó a delinear figuras invisibles en la piel.
- Haces tu trabajo de forma asombrosa. –Halagó. Sonreí tímidamente.
- No... No quiero esta responsabilidad. –Le rechacé sabiendo que no sería tan sencillo.
- Lynn, -Me dijo tomándome de la mano derecha y arrodillándose frente a mí.- No te pediré que estés incondicionalmente siempre junto a mí, sólo quiero que me ayudes a llevar esto adelante. No quiero estar solo. –Me imploró. Sentí una punzada en el estómago.
- ¿Qué es esto? –Repetí. Luego de un momento, dejó mis manos, se levantó y cruzó el living hasta estar del otro lado del sillón que tenía frente a mí. Se quedó de espaldas contemplando un cuadro.
- Estamos en guerra, Lynn. –Me dijo con seriedad.
- ¿Estamos? ¿Quiénes? –Repetí.
- Nosotros, los inmortales. O por lo menos la mayoría de nuestra clase.
- ¿Por qué? –Insistí. No hay guerras porque sí. Hubo silencio. Supuse que estaba pensando la mejor respuesta.
- Antes... Éramos una gran comunidad, como una enorme familia. Todos cuidábamos del otro y tratábamos de que todos estuviéramos satisfechos y a gusto en nuestros hogares. Pero luego... –Hizo una nueva pausa. ¿Luego qué? Apresuró mi cabeza.- Un grupo de malditos traicionó al resto. Nos robaron aquello que nos hace eternos...
- ¿Aquello que los hace eternos? –Repetí confusa.- ¿Y qué los hace eternos?
- La noche, Lynn. –Me respondió, girando apenas su cabeza hacia la derecha.
- ¿La noche? –Repetí en un murmullo para mí.
- Claro, no hay criaturas de la noche si no hay noche. ¿Qué buena historia de miedo no es contada durante la oscuridad del día? –Asentí.
- Y... ¿Cómo se recupera la noche? ¿Venciendo al otro grupo? –Supuse. Él lanzó un suave gruñido.
- Si, algo parecido. –Pensé en silencio un momento.
- Si antes de que se traicionaran y se separaran, se cuidaban mutuamente... ¿Quiere decir que previo a esto había otra guerra contra algo más grande o importante? –El sujeto rió.
- ¡Vaya, qué preguntona resultaste ser! –Dijo volteando a verme. Me sonrojé de inmediato.- No hay que salirnos del tema. –Espetó. Suspiré pesadamente. Me había interesado y quería saber mi respuesta.- Si. –Afirmó luego de un rato. Yo levanté la mirada.- Hubo una guerra antes, contra algo mucho mayor... Nosotros perdimos. –Reconoció al tiempo que su semblante se volvía sombrío. Bajé la mirada. Quizás había preguntado demasiado.- Oye, Lynn. –Me llamó. Lo tenía frente a mi cuando me quise dar cuenta. Di un respingo. Sus ojos carmesíes brillaban como dos joyas.- ¿Te molestaría llamarme por mi nombre, en ves de “sujeto” o “tipo”? –Me pidió. Yo abrí grande los ojos, sorprendida. ¿Cómo sabía que lo trataba así?
- De... De acuerdo. –Acepte.
- Y puedes tutearme también. No te golpearé por ello. –Agregó de forma cínica. Afirmé con un movimiento de la cabeza. Hubo una pausa.
- Ya se... ¿Ya te vas...? –Corregí, esperando su inmediata respuesta afirmativa. Sin embargo él me quedó mirando apremiante esperando a que yo soltara aquella palabra que decidí guardar y no pronunciar.- ¿...Lionel? –La criatura sonrió complacida. Pude notar que la mayoría de sus dientes eran puntiagudos y agudamente filosos. Lionel miró el reloj que estaba en la pared a nuestra izquierda.
- Si, ya debería irme. La doctora Glattstein está por volver, y no quisiera incomodarla. –Consentí débilmente. Volví a mirar mis rodillas, sus ojos me intimidaban.- Lynn, oye, sé que aún me temes. –Reconoció tomándome de la barbilla para que lo mirara a los ojos.- Pero, si lo intentamos podríamos... ser amigos. ¿No te gustaría? –Sonrió al ver la ausencia de cualquier expresión en mi rostro.- Además, como tu fiel servidor, de ahora en más, estás bajo mi cuidado y no dejaré que nada te falte ni que nada ni nadie te lastime. Ni siquiera un humano pondrá un dedo sobre ti. Bajo el tiempo que dure mi custodia, quiero que seas feliz. –Me dijo con una grácil sonrisa en sus comisuras. Siendo que aún estaba tensa del miedo, sus palabras fueron las más dulces que me habían dirigido en años.
- Gracias. –Mascullé. Lionel sonrió otra vez.
- Gracias a ti, Lynn. –Respondió y con la mano que sostenía mi mentón me atrajo suavemente hacía él. Cerré fuerte los ojos, más por miedo que por respeto. Sentí sus fríos labios en mi mejilla.- Adiós, Doctora. Iré a visitarla mañana por la noche. –Murmuró en mi oído.

Cuando abrí los ojos ya no estaba allí conmigo, ni en la sala y dudaba que estuviera en algún otro lugar de la casa. Tenía impregnado el perfume a césped en mi cabello y ropa, y por un buen tiempo no me pude quitar el olor de mi nariz. No pasaron diez segundos antes que Sarah entrara a la casa.
- Mmm... ¡Pero que bien huele! –Dijo al entrar.- Pero... Creo que se te quemó la salsa.




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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Dic 12, 2008 8:55 pm

O sea que ahora no se va a poder librar de él...

Digo, no es como si tuviera que quejarse de ello, ¿no?

Sigue, rubia.

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Dom Dic 14, 2008 1:38 am

Benyi_mcr escribió:
. Volví a mirar mis rodillas, sus ojos me intimidaban.- Lynn, oye, sé que aún me temes. –Reconoció tomándome de la barbilla para que lo mirara a los ojos.- Pero, si lo intentamos podríamos... ser amigos. ¿No te gustaría?.

Yo si quiero :baba:

Ay dios, como me gusta este tipo (espero q venga a pedirme q no lo llame asi xD)
Q miedo, q miedo , qmiedo"!!!!!!!!!!!


Quiero mas blonda!!!


PD. te quiero ^^

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Miér Dic 17, 2008 12:50 am

Gracias, muchas gracias por todos los saludos, regalos y cantitos que me hicieron para festejar mi llegada al casillero Nº19. Un beso enorme para ustedes!


CAPITULO 6: Una Temerosa Incertidumbre.

Pese a todo lo que me había planteado antes, me resultó extraño. Cada ser humano siempre se pregunta ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a alguien más? Mientras otros están disgustados que sus vidas son muy normales. Yo era feliz en la vida que estaba llevando. No necesitaba un cambio. Quizás solo en la rutina de los jóvenes accidentados con postes de luz. Me gustaba lo que hacía sin depender, prácticamente, de nadie. Tenía en cuenta que la vida era sabia y ésta nueva experiencia me serviría de mucho. Pero ahora no la quería, quería seguir con mi vida, la normal y aburrida que llevaba, la rutinaria en la Sala de Emergencias, en la guardia.

- ¿No comerás nada más, Lynn? –Inquirió mi amiga- ¿Cuánto has probado? ¿Dos bocados? ¡Lynn, te enfermarás! –Le sonreí amigable.
- Es que no tengo hambre.
- ¿Mentirás diciendo que comiste otras cosas durante la tarde? Lamento descubrir tu engaño, pero aquí no hay una galleta partida a la mitad. –Reí. Sarah, a parte de ser una gran persona, es una excelente amiga que no soporta ver a los demás con los ánimos destruidos.
- No, no lo haré. Es solo que... –Me detuve. ¿Qué le diría? ¿Qué el sujeto que me perseguía entró a su casa y me pidió que lo ayudara durante una supuesta guerra de inmortales, y que ahora yo soy su tutora? Sarah me miraba apremiante.- Fue una idiotez haber venido así de improviso y arruinarte tu esquema. En ese momento estaba muy asustada, pero me di cuenta de que era una tontería lo que hice...
- ¡Pero no! ¡A mi me gustan las visitas! ¡No es una molestia para mí! –Me dijo. Sabía que era verdad, pero no le invadiría la casa estando al corriente que la pondría en peligro.- ¡Además, te sentís perseguida, no tenés por qué pensar que es una tontería, quizás es verdad! ¡Y tú te quieres volver a tu casa!
- Es en serio Sarah, no quiero molestarte.
- ¿Me dejarás sola? –Inquirió haciendo cara de perro mojado.
- Tienes a Francisco. –Señalé. Ella sonrió, luego suspiró.
- ¿Te quedarás por esta noche? –Inquirió.
- No lo sé. Quizás...
- ¡Quédate! –Me pidió.- ¡Haces las tartas más ricas que he probado en mi vida de soltería!
- De acuerdo. Pero sólo por esta noche. –Concedí riendo.

Esa noche cuando ambas nos fuimos a dormir, pude pensar en detalle la nueva aventura que me tocaba vivir. Una vez que analicé las ventajas y las desventajas, no me resultó tan malo después de todo. Él había dicho que no era un vampiro. Y que no mordía a los doctores. Sin embargo, me había mentido. Al principio me aseguró que no sentía nada, y ahora me confesaba que quizás me había mentido un poco. Volví a sentir incertidumbre. Era como meterse en la boca del lobo sin saberlo. ¿Qué seguridad tenía yo de que él era sincero y que verdaderamente no me haría daño? ¿Y que sucedía si en realidad todo esto es un gran circo montado para aprovecharse de mí y así poder robar las reservas de sangre del hospital y quien sabe qué más que yo no logré ver? Con estas preguntas había logrado volver al principio y tenerle cero en confianza a todo esto.

Sentí un ruido fuera de la habitación de huéspedes. Me quedé en alerta. Luego se escucharon unos pasos de pies descalzos sobre la madera. Sólo es Sarah. Me dije. Volví a tranquilizarme e intenté dormirme, pero antes que lo lograra volví a sentir los pasos, pero esta vez... Eran más de dos pies los que hacían ruido. Levanté la cabeza de la almohada asustada. Me quedé en silencio, queriendo que mi jadeó sea imperceptible. No se escuchó nada más. Debo de estar soñando. Pensé. Antes que volviera a recostarme sentí su risa contenida. Volví a congelarme. Luego vi que la luz de la sala que se filtraba por la ranura debajo de la puerta se apagó. El tenue perfume de la hierba invadió la habitación.

Sólo es Sarah, y Sarah es sonámbula... –Repetí tratando de serenarme.- Me pregunto cuántas veces Francisco se habrá despertado a media madrugada siendo acariciado por su dueña en un estado de media inconsciencia. -Finalmente pude pegar los ojos y dormir las ocho anheladas horas que siempre faltan en mi rutina.

La mañana estaba fresca, más que las anteriores. El invierno estaba anunciándose. Todas las cortinas de la casa estaban abiertas, dejando entrar los rayos de sol y ventilando la casa. Mi amiga estaba sentada en la cocina tomando su desayuno.
- Buenos días... –dijo ella. Me sonrió cálidamente.
- Buenos días, Sarah.
- ¿Cómo lo has pasado? –Increpó.
- De mil maravillas. –Respondí con una sonrisa. Mi desayuno estaba en el microondas, activé el aparato y me senté frente a Sarah a esperar que esté listo. Lo noté enseguida.- ¿¡Qué te ocurrió!? –Ella se asustó.- ¡Qué ojeras!
- Es que aún no me maquillo. –Me dijo y rió, pero se tapó enseguida la boca. Fruncí el ceño. Me levanté y fui hasta ella. Le quité la mano de los labios y los vi más hinchados que antes.
- ¿Y esto? –Pregunté molesta. Se suponía que ya debería estar sano. Hacía dos días que tenía aquello. Sarah dudó, y bajó la mirada.
- Anoche... –Comenzó haciéndome estremecer al escuchar esa primera palabra.- Me levanté dormida, tropecé y cuando me caí me mordí el labio.
- ¿Cada vez que te levantas sonámbula, te caes y te muerdes el labio? –Pregunté más molesta por lo que mentía.
- Te pareces a mi madre... –Me dijo apartándome de su lado con un movimiento suave.- ¡Como que si yo no supiera lo que hago! Me desperté caída en el suelo y el labio me sangraba... ¿Por qué no me crees? –Inquirió.
- Porque yo no escuché nada. –Dije. Sarah me miró a los ojos por unos segundos. Luego sonrió de forma extraña.
- Hay cosas que quedan en la intimidad de cada persona, de cada hogar... y quienes no conviven con aquello les resulta anormal. ¿Acaso no confías en mí? –Inquirió. ¿Qué me había querido decir?
- Si... Lo hago. –Contesté con un hilo de voz.



Volví a casa ese mediodía. Edwin me siguió atónito con la mirada cuando vio mi bolso. “¿A dónde se habrá ido ésta?” Seguramente se preguntó. Sin embargo me entregó las llaves de mi departamento sin decir más palabras que el saludo cordial de cada mañana. Subí a mi piso con pesar. Sabía lo que me esperaba. Las puertas del ascensor se abrieron frente a mí para darme paso. El pasillo se extendía solitario frente a mí. Avancé con cautela. Abrí la puerta de madera de mi casa y sentí el perfume a césped recién cortado que cada mañana invadía mi hogar.

Mi mente hizo clic. Anoche, antes de que me durmiera, sentí ese mismo olor en casa de Sarah. ¿Sería posible que... Lionel haya vuelto cuando Sarah estaba en casa? Sacudí la cabeza queriendo quitarme ese pensamiento de la mente. Él había dicho que se marcharía para no incomodar a mi amiga. Elisa saltó de mi hombro haciéndome perder el hilo de mis pensamientos que me habían detenido en el marco de la puerta.

Llamé al hospital y les avisé que no iría ese día porque me sentía descompuesta. En realidad estaba exhausta, y por si fuera poco tendría que limpiar el desorden que produjo el viento que entró por la ventana abierta durante la noche. Había polvo en todos lados y las cosas livianas como pañuelos, papeles y servilletas estaban desparramados por doquier. La cocina, en particular, era un precioso desastre.

Terminé muy tarde por la noche. Estaba agotada. Elisa no tenía tantos prejuicios como yo. Ella simplemente estaba echada en su almohadón y de vez en cuando me espiaba por el rabillo de un solo ojo, si hacía algún ruido fuerte. Cuando guardé las cosas de limpieza, de nuevo en el baño, el teléfono de la sala llamó. Llegué para el quinto timbre. Era Johann. De solo escuchar su voz pronunciando mi nombre, un rubor incómodo invadía mis mejillas. Hablamos de tonterías. Por un momento se me vino la idea de que aquello sólo lo hacía mi hermano con su novia, cuando eran más chicos. Tuve que reírme de mí misma.
- No has venido hoy, Lynn. ¿Mañana vendrás? –Preguntó esperanzado.
- Por supuesto. –Respondí de inmediato. Tenía una sonrisa de oreja a oreja. Ya habían pasado más de cinco años desde mi última relación.

Luego de colgar, mientras preparaba mi cena, pensé en aquella relación de dos años, tan fracasada, fría y amarga. Al sujeto no le importaba nada, jamás se preocupó por algo que no sea el bienestar propio. Yo no le había echo nada, pero él creía que si. Asesinó el amor y la vida que yo albergaba. Terminó matando la relación con el acto más vil y satánico que haya creído jamás de él. De repente se cruzó mi amiga frente a mis ojos. Sarah nunca me había dicho de ninguna relación, de hecho no estaba en una en esos momentos. Tenía muchos prejuicios con los compromisos, y la idea fija de que los hombres solteros solo se “enamoraban” de una mujer con trabajo para no tener que trabajar ellos. Cosa que de cierta forma, suena demasiado convincente y tentadora.


Debí quedarme dormida, estoy segura. Cuando desperté la ventana del departamento estaba abierta de par en par una vez más y la cortina volaba libremente con el viento. La noche se había vuelto tormentosa. Los refucilos destellaban de a momentos iluminando las calles oscuras. Elisa no estaba en su almohadón. Me levanté pesadamente de mi lugar en el sillón frente al televisor, ahora apagado. Caminé lento hasta llegar y cerrar la ventana. Cuando me di vuelta, Lionel estaba sentado donde yo antes, con mi gata en la falda.
- ¿Hace cuánto estás aquí? –Inquirí temerosa.
- Un par de minutos. –Respondió acariciando a Elisa debajo de la oreja. Tragué saliva.
- Estoy bien, puedes irte. –Dije abriendo una de las hojas de la ventana.
- Oh, vamos, Lynn... ¡Acabo de llegar! ¿Acaso no me invitarás una taza de café? –Preguntó mirándome con una sonrisa cínica.
- Ya te he dicho, estoy bien... No necesito que te quedes más, ya sabes que no hay problemas y que estoy regia. –Repetí y volví a ofrecer la ventana.
- Aún no me iré. –Declaró con seriedad.
- En ese caso... –Indiqué cerrando la ventana de un manotazo y parándome prepotente frente a él. Esperaba que mis preguntas fueran incómodas, así lo espantaría.
- Si, ¿Dime?
- Me has dicho que estarás cuidándome durante el tiempo que dure tu custodia... ¿Cuánto será eso? –Él se encogió de hombros.
- El tiempo que estés viva... –Respondió indiferente. ¡Yo no quería esa respuesta! Me tomé la cabeza entre las manos y la sacudí.
- ¿¡Por qué!? ¡Yo no quería! ¿¡Quién te dio permiso para que me esclavizaras de esta forma!? ¡Jamás pediste mi opinión! –Bramé iracunda.
- No lo necesitaba.
- ¡Pues yo creo que si! ¡Es mi vida, Lionel! ¡MÍA! ¿Y ahora qué? ¿Soy esclava de un...? –No recordaba… ¿Qué era él?
- Guardián. –Indicó. Le miré con furia.- No eres esclava, eres una Protegida. Tendrías que estar agradecida en vez de enojada.
- ¡Yo no pedí ser protegida por nadie! –Se hizo una pausa. Traté de tranquilizarme.- A ver, porqué me pasa esto a mí, el Doctor Jones no tuvo este pesar...
- ¿Quién lo confirma? –Desafió la criatura.- Sammel también era un Protegido.
- ¿Era? ¡Podías esperarlo, aún con tus heridas! ¿Por qué no lo hiciste? Llegará en unos días.
- Ya te lo he dicho, Sammel Jones no volverá. Olvídate de él. -Un escalofrío me recorrió de punta a punta. Suspiré y volví a serenarme. Alcé las manos con una pequeña sonrisa.
- Ya sé que haremos… Me quedaré contigo hasta que el Doctor Jones esté de regreso. Cuando eso ocurra, tú vuelves con él y yo vuelvo a ser libre…
- Sé lo que te digo, Dayrline. No va a regresar. Punto. –Zanjó con una mirada de reojo, luego siguió acariciando a mi gata. ¿Qué otra pregunta podría hacerle para molestarlo? ¿Qué más podría cuestionarle? ¿Qué más?
- ¿Quiénes son los del otro bando? –Increpé con aire audaz.
- Éramos todos del mismo bando, sólo que hubo una parte que traicionó a la otra… Y además tienen ideales más estólidos. –Contestó con una sonrisa frívola.
- No. Me refiero a antes que ellos. ¿Quiénes son sus enemigos más poderosos? –Puntualicé con un tono de voz menor al ver que Lionel fruncía el ceño y sus dedos dejaban de rascar el lomo de Elisa. Luego de un instante, volvió a mirarme.
- No debes saberlo. –Respondió mortecino.- Ni preguntarlo. –Añadió en un siseo. Dejé escapar el aire que estaba conteniendo. Al final, él esperaba que yo asumiera esta esclavitud sin que lo indague. Estaba bastante equivocado, de ser así.
- Bueno, de acuerdo. Dime... ¿Soy la única?
- ¿Viva? –Preguntó él a su vez y me sonrió mordaz. Sus ojos rojos centellaron.- No. Hay más Protegidos de los que tú crees.
- ¿Quiénes son? ¿Hay alguno que yo conozca? –No me respondió.- ¡Lionel! ¡Responde!

Él sólo se levantó del sillón dejando a la gata a un lado y rodeando la mesa se puso frente a mí, a escasos centímetros. Me miraba fijo, esperaba que yo lo imitara. Pero no podía. Sus ojos eran increíblemente intimidantes. No podía mirarlo sin cohibirme, y lo que menos quería hacer era parecer débil frente a él. Desvié la mirada en todo momento.
- Aún me temes. –Declaró con seriedad, pero pude distinguir una nota de excitación en sus palabras. No dije nada.- ¿Sabes que la única forma de superar los miedos es enfrentándote a ellos? –Señaló y me tomó de la cintura para pegar mi cuerpo contra el de él. Mi corazón se desbocó, sentía los latidos acelerados en mi garganta y en mis oídos. Sin embargo no lo miré. Supongo que aquello lo habrá molestado aún más. Con la mano que tenía libre me tomó por las mejillas obligándome a mirarlo a los ojos. Mantuve los brazos en alto para mantener una distancia prudencial entre su cara y la mía.- Ese miedo y adrenalina que corre por todo tu cuerpo, es la invitación más suculenta que le puedes dar a un hematófago. Sé prudente.
- No seré la comida de nadie. Despreocúpate. –Confesé haciendo que mis cejas casi se tocaran sobre la frente. Se hizo silencio. La criatura se relamió, pero fue por un segundo, sin embargo por las comisuras de sus labios dejó entrever los afilados dientes.- ¡Responde! ¿¡Conozco a alguno de los demás Protegidos!? –Inclinó su cabeza a un costado y me miró de forma diferente.
- Hay cosas que quedan en la intimidad de cada persona, de cada hogar... La rutina es privada y quienes no conviven con aquello, les resulta anormal. –Respondió por fin. Mis ojos se abrieron lo más que pudieron. ¡No podía estar escuchando las mismas palabras!

Me aparté de él y con dos manotazos tomé la llave de mi coche y mi cartera para salir corriendo escaleras abajo.



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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Miér Dic 17, 2008 3:09 am

guau, finalmente entiendo a Lionel.

No entiendo a Lynn.

¡Fundemos un club de fans!

Jo.

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Dic 19, 2008 8:00 am

JouL escribió:

¡Fundemos un club de fans!

Jo.


Yo te apoyo hermana!! Voto por el club de fans de Lionel!!!!


Ay dios, Benyi vas a matarme (creo q quede hasta aqui aquella noche *--*) quiero mas!!!!!! MAS!!

Vamos rubia, mas Lionel ^^

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Sáb Dic 20, 2008 9:05 pm

Aparte de que me encanta el icono que Dan ideo para MC, me sorprende que el Club haya abierto sesion tan rapidamente. xDD


CAPITULO 7: La Compañía de Sarah.

- ¿Dónde está Sarah? –Le pregunté a Ingrid, ni bien la divisé, de forma alterada.
- Eh… Atendiendo un paciente con esquirlas en los ojos… -Respondió sorprendida, de seguro, por verme a esas horas por el hospital o por mi exaltación.
- ¿Galería de boxes? –Inquirí encaminándome allí.
- ¡Si! –Exclamó la secretaria asomándose por su ventanilla mientras yo me alejaba al trote.

Entré en el primer box, y tratando de no alarmar a nadie que allí estuviera descansando, caminé a paso rápido mirando a cada médico y a cada paciente. La galería tenía unos quince boxes, pero por lo general, las últimas tres o cuatro no se usaban, salvo que emergencias esté desbordado.
Seguí buscando a Sarah. Ya casi no quedaban más boxes ocupados. Ahora me preguntaba si ya había terminado con su paciente de las esquirlas, podría estar dando vueltas por la guardia y tardaría en encontrarla.

Llegué al último box ocupado por una señora que tenía vendada la cabeza pero no los ojos, por lo tanto el paciente de mi amiga no estaba en la galería o ya se había retirado. La mujer dormía arropada hasta debajo del cuello. Detuve mi trote y respiré profundamente. ¿Dónde estaba Sarah? ¿En qué lugar la comenzaría a buscar? Necesitaba encontrarla. Me asomé por la ventana que daba al pasillo. Quizás en una casualidad la encontraba por allí. Pero no fue así.

Defraudada, me volví a la paciente recostándome contra la mesada que estaba bajo la ventana, crucé los brazos sobre mi pecho y mirando el electrocardiograma trabajar, pensaba en los posibles lugares donde pudiera localizarla con mayor rapidez. Un golpe apenas audible, como el chasquido de un hueso, al estirarse uno, resonó a mi izquierda, allí donde los boxes estaban a oscuras por el desuso. Me volví a ver y noté que la última cortina estaba cerrada, impidiendo ver lo que sucedía detrás de ella.

Era muy extraño que un box sea aislado por las cortinas, más raro era aún aislar un box que no se utilizaba. Avancé cautelosa. Antes de abrir la cortina, noté que había luz del otro lado y que pese a que la cortina no dejaba traspasar nada, la ranura que quedaba entre la tela y el suelo delataba todo. Había movimiento. Creí conveniente cerrar la cortina anterior antes de abrir la siguiente. Sentí unas risillas apagadas. Tragué saliva inconscientemente. Conté hasta cinco en mi cabeza y abrí de golpe la cortina hasta la mitad. La oscuridad de mi alrededor se dispersó cuando la lámpara de una mesa se abrió paso hasta donde yo estaba.

Reconocería la figura de Sarah en cualquier lugar, y sabia que quien me estaba dando la espalda sentada sobre la camilla, era ella. El muchacho que estaba de frente, tanto a ella como a mí, se movió apenas para verme.
- ¡Doctora Baldwin! –Exclamó como saludo, alegremente.- ¡Qué sorpresa encontrarla por aquí! Buenas noches y buena jornada para usted… -Me deseó de forma cordial.

Sabía que su rostro me era familiar y que lo había visto en algún otro lugar, pero hasta que éste no me sonrió mostrando su amplia y afilada dentadura, no lo reconocí. Se me paró el corazón y la sangre huyó de mi cara. Sarah se dio vuelta a verme, también con una sonrisa.
- ¡Lynn! –Me llamó, seguramente para que yo salga de ese estado.- ¿Qué haces en el hospital a ésta hora? –Preguntó diciendo indirectamente que no debería estar allí.
- Sarah… -Le llamé en un siseo. No podía quitar la mirada del joven musculoso que sostenía una bolsa de sangre en sus enormes manos. Sus ojos eran del mismo tono que los de Lionel, su piel marfileña igual, pero su cabello casi lacio y de un ceniza apagado, marcaba la diferencia.- Sarah, ven aquí.
- ¿Sucede algo malo? –Inquirió despreocupada. No podía creer que no se haya dado cuenta. ¿Qué estaba haciendo?
- Sarah, ven aquí ahora. –Le ordené con un poco más de agresividad. Ella me sonrió sin comprender.
- ¿Qué ocurre? –Insistió.
- ¡Sarah! Ven-conmigo –Espeté entre dientes para tratar de no subir demasiado el volumen de mi voz. Sólo en esa ocasión desvié un poco la mirada, para obligarla con todas mis armas a que se alejara de esa criatura. Hice un pequeño amago en ir a buscarla, pero el muchacho se remeció en su asiento incómodo. Desistí de mi idea y lo miré furiosa.
- ¡OH! –Exclamó mi amiga- Ya veo qué es lo que sucede. –Dijo lanzando una risilla.
- Si, no le agrado a la Doctora Baldwin. –Completó el joven.
- Exactamente. –Afirmé.
- Pero si con William somos buenos amigos… Y los amigos de tus amigos, son tus amigos… ¿Verdad? –Trató de coincidir tomándole una mano. Ambos se sonrieron. Y palidecí aún más.

“William si es un vampiro…”

- Sarah, suéltalo. –Proferí una vez más.
- Pero Lynn…
- ¡Suéltalo! –Ordené- ¡Ven aquí por favor!

Se hicieron un par de muecas entre ellos y Sarah le soltó la mano y bajando de la camilla se acercó a mí. Cerró la cortina que dividía ambos boxes y prendió la luz del nuestro.
- ¿Puedo saber qué te ocurre? ¿Qué fue lo que te hizo venir aquí a esta hora? –Preguntó, ahora molesta.
- ¡Sarah! Ese hombre es…
- Mi paciente. –Me interrumpió.
- De echo es un…
- Buen muchacho…
- ¡No! Es un…
- Conocido de hace tiempo…
- ¡Vampiro! ¡Sarah! ¡Ese tipo es un vampiro! –Mi amiga hizo una mueca de desagrado.- ¿Cómo es que no te pudiste dar cuenta?
- Dayrline… -Me llamó espiando por la cortina de mi izquierda, para ver si mis gritos no habían alertado a nadie en el resto de la galería.- No deberías gritarlo así, y no deberías preocuparte por Will. Es una Criatura de la Noche lo sé, pero no nos hará daño porque…
- ¡Porque no muerde a doctores! –Terminé su frase histérica.
- ¡Exacto! ¿Lionel te lo dijo? –Increpó sonriente. A esa altura no me sorprendió que ella estuviera al corriente de mi situación actual, ni que supiera del Guardián.
- Si, pero no me cambies de tema… -Espeté. Ella abrió la cortina que dividía ambos boxes, pero ya no había nadie. Solo una pila de reservas de sangre vacías sobre la camilla.- Quizás no nos ataque a nosotros, pero, ¿Qué tal al resto de los pacientes? –Sarah entró a la habitación y tomó todos los sacos de plásticos.
- Para algo están las reservas… -Dijo como que si se tratara de basura.
- ¡Sarah, lo estás ayudando a robarse las reservas! –Acusé agitando un envase vacío frente a ella.
- Lynn, ¿Me crees capaz? Siendo amigas desde tanto tiempo, ¿Aún me crees capaz de hacer semejante atrocidad? ¿Con lo que nos cuesta conseguirla y lo valiosa que es? –Me preguntó apenada por mi falta de confianza.
- ¿Entonces…? –Insistí.
- Tengo un acuerdo con un empleado de la morgue del hospital. –Dijo tímidamente.- Cuando le llega un cuerpo fresco, él lo vacía o saca la mayor cantidad de sangre y la embolsa para mí. –Me quedé helada. Creo que abrí la boca para decir algo, pero nada salió de ella.
- ¿A cambio de qué…?
- Dinero, por supuesto. –Respondió desvergonzada.
- ¡Eres esclava de ese maldito! ¡Lo estás alimentando! –Le contesté por encima del límite de mi cordura.
- Cálmate Dayrline, no es tan así…
- ¿Qué no es tan así? ¿Y cómo es entonces?
- Mira… Esto lo hago por el bien común, si él no se alimenta atacará a otras personas y la gente aparecerá muerta sin explicación alguna… ¿Quieres eso? –Inquirió tomándome del antebrazo derecho y alzando el suyo propio.- ¿Ves? Ambas tenemos las pulseras, somos Protegidas. Esto representa un compromiso por parte de ambos lados.
- ¡OH! Por favor, me vas a decir que él te ha salvado la vida…
- No, es verdad. Pero quién dice que… -Lancé un gruñido antes que terminara su frase.
- ¡Tonterías, Sarah! –Discriminé molesta.- Reacciona y nota que somos las simples esclavas de un par de criaturas míticas… -Expuse. Hasta sonaba ilógico y desquiciado.
- Estamos en guerra… -Se defendió ella.
- ¿Ah, si? ¿¡Qué guerra!? ¡La guerra contra el hambre, la pobreza y la inseguridad! ¡Yo no veo ninguna otra guerra! Es mentira. –Sarah frunció el ceño. No era una buena señal. Mantuve mi posición a la ofensiva.
- Sinceramente no creo que a Lionel se le haya escapado ese pequeño detalle. Pero sí, estamos en guerra, la veas o no. Y nosotros… -Indicó sacudiendo su pulsera.- Somos parte del circo. Los humanos comunes jamás sabrán de esto a menos que se salga de las manos. Los únicos que lo sabemos somos nosotros, los que ayudamos desinteresadamente, gente de corazón.
- ¡Yo no quise! –Bramé con un nudo en la garganta- ¡A mi nadie me consultó! ¡Si lo hubiera sabido, si hubiera sabido que ayudar a ese muchacho me traería tanta responsabilidad, juro que ni siquiera habría llegado hasta este maldito box!
- Lamento decirte que no puedes volver el tiempo atrás, Lynn. Así que deberás aceptar los hechos y buscarle un lado positivo, por lo menos inténtalo. Esto no será salir a luchar con espada y escudo contra monstruos de veinte cabezas… Es solamente ayudar a tu Protector. Los enemigos saben de tu existencia, saben que estás en su contra, y de seguro tratarán de atacarte o hacerte cambiar de bando. –Dijo tomándome de los hombros.- Pero… Lionel te cuidará y protegerá de cualquiera que quiera lastimarte, incluso de alguna otra persona común. Tienen un juramento, al igual que nosotros, los doctores, que dice… -Me cedió la palabra con un gesto.
- “…Ayudar a las personas sin distinción de religión y/o raza. No hay enemigos para un médico, sólo el deber de ayudar de corazón a su prójimo por el bienestar común…” –Recité.
- Tú no sabías si estabas ayudando a un humano o a una criatura diferente, si era el amigo o el enemigo. Simplemente lo ayudaste porque tienes una misión, la que sí pudiste elegir. Ellos, Will, Lionel y otros más, tienen un deber muy parecido, con sus reglas y juramentos. Piénsalo… -Pidió con una sonrisa maternal.- Es mutualismo. Un bien por otro bien. –La miré a los ojos por unos cuantos segundos en silencio. Sarah soltó mis hombros pero nunca dejó de sonreírme.
- ¿Cuándo se terminará esto? –Averigüé más serena.
- Para ti cuando mueras, para ellos… -Se encogió de hombros.- Supongo que nunca, o quizás cuando termine la guerra… Si es que termina, cuando gane uno de los bandos o se llegue a un acuerdo.
- Eso no ocurrirá jamás… -Añadí con decepción.
- Ellos son mucho más organizados y mucho menos hipócritas que los seres humanos. –Aclaró Sarah.
- Entones, ¿Se podrá? –La idea me había entusiasmado, en cierta forma, como es normal, no me gustan las guerras de ningún tipo.
- Eso espero… -Suspiró pesadamente. Me arrojé a sus brazos y sollocé un momento, necesitaba descargarme y ella siempre estaba dispuesta a socorrer mis pesares. Luego de un par de minutos abrió la cortina que nos dividía del resto de la galería. Sarah se encaminó primera, yo la seguí por detrás con vergüenza. Ella tenía todo definido, sabía los movimientos, el pro y el contra. Yo aún no sabía nada.


Estaba vestida de forma corriente, por lo tanto, una vez llegadas a la salida de la galería, me dio un golpecito en el hombro y me sonrió amistosamente, como que si yo fuera una de sus pacientes. También le sonreí. No había por qué alertar a nadie, y además qué tenían que saber los demás lo que había sucedido.

Volví a mi coche y respiré hondo varias veces. Tuve el presentimiento de que, al volver a mi departamento, Lionel me estaría esperando para regañarme. Quizás no estuve tan equivocada, quizás si. Lo que me estaba sucediendo no era lo mismo que dar un diagnóstico a algún paciente enfermo, era algo mucho más extraño. Aún seguía sin saber si tratarme por problemas psicológicos, o esto realmente estaba sucediendo. ¿Había vampiros en un hospital? Me refregué por un momento los ojos, hasta que dejaron de arder. Suspiré fatigosamente y abrí la puerta de casa.

Volví a repetirme qué debía hacer: Si tratarme o creer.



(cont.)

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Sáb Dic 20, 2008 9:06 pm

(cont.) Acostumbrense a que sean largos.



- Dios mío... –Fue todo lo que logré articular en ese segundo. La puerta se cerró detrás de mí por la corriente de aire proveniente de la ventana abierta. Tres sujetos estaban cómodamente en mi sala sonriéndome, o más bien, mostrándome sus filosos dientes. Sólo reconocía a uno. La única mujer acariciaba a Elisa con cariño debajo de la oreja, sentada en uno de los apoyabrazos, con las piernas extendidas sobre los cojines. El otro muchacho descansaba sobre la mesa de vidrio, con los pies sobre dos de las cuatro sillas que lo rodeaban, y el tercero...
- Doctora Baldwin. –Saludó escueto.
- William. –Respondí seria. Aquellos tres pares de ojos, rojos como la sangre, centellaron bajo mi reconocimiento. De inmediato mis piernas rompieron a temblar.
- Creo que hemos empezado con el pie izquierdo, Doctora. –Comenzó el vampiro.- Le presento a mi grupo. –Dijo señalando a los demás.- Él es Kenny Hartwig y ella Judy Stawart.
- Vampiros. –Aseguré. El chico se rió por lo bajo y la mujer frunció el ceño, sin dejar de sonreír... y de acariciar a Elisa que no parecía percatar peligro alguno.
- Y excelentes amigos. –Añadió William.
- No lo dudo. –Ratifiqué. Seguía pegada a la puerta de entrada, por cualquier necesidad.
- Descuide, Doctora. Ya cenamos. –Comentó Judy, amigando su sonrisa.
- ¿En qué puedo ayudarlos? –Inquirí de una vez por todas. Era sabido que los tres me asustaban, yo era una criatura indefensa e inferior para ellos, pero era mucho más sabido que Lionel me apabullaba el doble.
- Vengo a querer hacer las pases con usted. –Dijo William avanzando un paso hacia mi.- Y como he venido acompañado, quisiera que los cuatro hagamos las pases. Es por el bien común. Los amigos de los amigos. –Recordó con una sonrisa muy cálida y amigable. ¿Por qué no temía mirarlo a los ojos? Me pregunté mientras me perdía en sus ojos carmesíes. La mujer carraspeó y yo reaccioné. Para entonces, él estaba a un paso y medio o dos de mí con la mano extendida, queriendo mi respuesta, afirmativa preferentemente.
- ¿Cuál es el beneficio? –Quise saber. Él bajó su enorme mano y volteó a ver a su compañero. Kenny se acercó hasta estar a la par del otro vampiro.
- Estamos en guerra... –Comenzó. Automáticamente blanqueé los ojos.- Si, sé que lo sabe, Doctora. Pero si en la guerra usted no sabe quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos, no sabrá de quién escapar y con quién refugiarse. Lamentamos que se haya unido a nuestra legión de forma tan arbitraria y poco democrática. Pero quién gana amigos, le suma enemigos al contrario. Y necesitamos estar cubiertos contra cualquier emergencia. –Explicó.
- O sea que somos un simple elemento y objeto de utilería... –Proferí enojada. El joven agachó la cabeza. William había cedido su lugar para estar en el de Kenny, sobre la mesa. Yo estaba ocupada confirmando que lo que pensaba, era lo acertado, cuando un gruñido me cortó el hilo de mi pensamiento.
- ¿Desea que se lo haga más fácil de digerir? –Preguntó la mujer.- Si usted no hubiera ayudado a Krasnow, usted tendría tres años menos de vida y una muerte inexplicable. Quizás hubiera desaparecido y nadie sabría de su paradero por el resto de la historia. Además, con nuestro apoyo, sepa que usted jamás se sentirá sola, desprotegida o desamparada. Tiene como una segunda familia que se encarga noche tras noche de su bienestar. Como un servicio a domicilio. Debería reconocer que tiene más beneficios que obligaciones. –Espetó con tono de molestia. William carraspeó desde atrás.
- Creo que antes de asustarla aún más, deberías hacerle entender que somos amigos y no la atacaremos por más que sea la última presa del mundo. –Le reprendió el hombre. La mujer giró bruscamente la cabeza y siguió mimando a Elisa. William se paró y caminó hacia mí.
- ¿Tenemos un trato? –Me preguntó alzando una vez más su mano. La miré con recelo.
- ¿El trato también cubre Guardianes y alguna otra clase de criatura que aún no conozca?
- Cobertura total... –Aseguró con una sonrisa. Lo pensé por un segundo más. Le tomé la mano con firmeza. ¿Por qué este sujeto no me estremecía? ¿Por qué los otros dos me parecían amigables a pesar de que miraban más a mi cuello que a mis ojos? ¿Por qué me amedrentaba tanto Lionel?- Le asusta Lionel, Doctora.
- La verdad si, Señor...
- Schtügelmaier. –Le miré con un dejo de incapacidad. No lo recordaría.
- ¿Les molestaría si los llamase por sus correspondientes nombres?
- En lo absoluto, por algo los tenemos. Además somos sus servidores, estamos a sus órdenes. –Los tres me sonrieron. Les devolví el gesto.
- En ese caso, William, Judy, Kenny... Me alegra poder servir un trato con tan dedicados corresponsales. –Acredité con alegría fingida.
- Es un placer para nosotros poder ayudarle, en todo caso, Doctora. –Dijo Kenny.
- Lo mismo digo, -Coincidió Judy.- Pero me temo que debemos marcharnos. –William miró el reloj de la cocina.
- Oh, si. Solo nos quedan unos pocos minutos de nuestro descanso. Ahora debemos ir a trabajar. –Comentó y me guiñó un ojo. Les sonreí, nuevamente a los tres mientras desaparecían por la abertura de la ventana.

¿Debía tratarme? Consideré que no sería lo conveniente en aquella ocasión, acababa de cerrar un trato de amistad con tres vampiros, que aseguraron mi bienestar por encima de todas las demás cosas.



Benyi^^

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Miér Dic 24, 2008 2:48 am

Creo que es entendible que Lionel la amedrente XD.

Más!!

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Ene 02, 2009 9:48 pm

Supongo que este capitulo se lo podria dedicar a Dan... Es que... Siempre pienso en su consejo cuando escribo cosas como estas. (Aunque no te acuerdes lo que me dijiste -y yo no me acuerde como me lo dijiste- me ayuda.)



CAPITULO 8: Salida Grupal.

Era jueves por la noche decidí que, quizás, podía evitar la visita diaria de Lionel si cerraba herméticamente mi departamento. Por sola curiosidad, adorné el marco de la ventana con un par de ristras de ajo.

Era un hecho que esa criatura, sea lo que fuese, estaba segura de que yo comprendía y aceptaba sus tontas suposiciones acerca de la protección y todo eso. Incluso, el pacto con William y los demás vampiros, me empezó a parecer absurdo un par de días después. Lionel aparecía, como por arte de magia, en mi sala todos los días que no hacía guardia durante la noche, a alrededor de las nueve y media o diez después de que se haya puesto el sol. Lo curioso era que, desde que quedé como su jefa, nunca más puso un pie en emergencias.

Ese jueves por la noche, esperé ansiosa a ver si mi trampa funcionaba. Y eso creí. Y lo festejé. Eran pasadas las diez y cuarto de la noche para cuando descorché un tinto que me habían regalado para mi último cumpleaños. Serví una copa junto a mi cena. Me senté y prendí la radio. Estaba a punto de comer mi primer bocado cuando alguien golpeó a la puerta del departamento. Elisa se alarmó.
- No te preocupes, es Edwin. Le pedí que me trajera los impuestos que le habían llegado... –Le explique a mi gata mientras abría la puerta, sin quitarle la cadena de seguro.
- Buenas noches, Doctora. –Saludó con una sonrisa y mano en alto, el joven.
- ¿¡Cómo diablos llegaste hasta acá!? –Inquirí sin salirme del asombro.
- La ventana del pasillo. –Dijo apuntándola. Miró mi expresión y arqueó una ceja.- ¿Y bien? ¿Me dejarás pasar? –Preguntó. Recordé que tenía mi ventana atestada en ajo, algo que no era muy gratificante, menos para un invitado como él.
- Eh... ¿Me aguardas un segundo? –Pregunté nerviosa.- Es que... Hay ropa sucia y desparramada por la sala y debo recogerla... –Mentí.
- De acuerdo. –Accedió, y se recostó contra el muro a sus espaldas.

Cerré la puerta y me lancé a sacar las ristras de ajo y tratar de ocultar el olor con perfume ambiental. Luego, volví a abrirle a Lionel.
- Pasa... –Ofrecí con la puerta abierta. Él ingresó y enseguida notó algo extraño.
- ¿Qué tan maloliente estaba la ropa como para perfumar así el departamento? –Inquirió.
- Demasiado. –Respondí al segundo.
- Disculpa la tardanza -Comenzó echándose en el sillón junto a Elisa que lo recibió sin dramas.-, es que tuve que cerciorarme de algo antes. Los muchachos están con mucho trabajo, y a veces me toca parte de sus tareas. –Se disculpó. O sea que el ajo no había tenido nada que ver. Le afirmé en silencio sin dejar de mirarle la boca. Era lo más alto a lo que mi mente me dejaba subir en su rostro. Si subía más, sus ojos me forzarían a que los mirara y me cohibiría por el resto de la noche.- ¿Cenabas?
- Si. Acababa de...
- ¿Quieres que te acompañe? –Preguntó. No supe si se refería a la cena o a la visita. Afirmé de todas formas. Ya no había nada que hacer, no se iría hasta que yo me vaya a dormir.


Cené, de cualquier forma, sola. Lionel no probó bocado, salvo dos sorbos de mi vino casi con asco. Sentado frente a mi, descansando su cabeza sobre uno de sus brazos apoyado en la mesa, me miraba fijamente, impidiéndome que cenara tranquila. Sabía que me estaba observando, pero yo no podía, o más bien, no quería levantar mi mirada. Me sentiría retraída y me sonrojaría.
- Cenas muy callada. –Opinó.
- ¿Qué quieres? ¿Qué cante? –Respondí fastidiada.
- Nosotros nos divertimos mientras nos ali... –Se calló de repente cuando solté los cubiertos contra la loza del plato. Él me miró confundido.- Lynn, yo...
- Se me quitó el hambre. –Dije corriendo el plato hacia atrás. Alcé por solo un segundo los ojos. El semblante de Lionel se había apagado. Supo que no debió decir aquello, por mejor intención que haya tenido.
- Lynn, no es que yo... –Continuó.
- ¿Te irás pronto? ¿Verdad? –Le interrumpí.- Esta noche veré una película y me quedaré despierta hasta tarde.
- Si quieres me puedo quedar a acompañarte. –Se ofreció con gesto sereno.
- No, no quiero. –Rechacé de inmediato. Enmudecimos los dos. Yo no sabía como salir de esa situación, esperaba que él tomara la iniciativa de marcharse, dejándome sola y tranquila.
- No deberías quedarte despierta hasta tan tarde, mañana debes ir al hospital a las seis y media de la mañana. –Me recordó, sorprendiéndome que supiera tan al hilo mis horarios.
- Despreocúpate. Siempre estoy despierta.
- Si, pero... –Calló otra vez. La cocina quedó en afonía. En un reflejo inconsciente, lo miré de reojo. Lionel me observaba como quien mira con lástima a un pobre diablo.- Dayrline, afuera hay un cielo negro y estrellado, muy pocas veces se ve algo tan precioso, y tú te quedarás encerrada en esta habitación mirando una caja luminosa... –Sentenció.- ¿No te gustaría pasar una noche diferente, haciendo algo diferente?



La azotea del edificio estaba desierta. Solo un tendedero había sido olvidado con ropa de algún vecino. Lionel estaba recostado sobre el techo de la garita de la escalera que daba a la terraza. Sus piernas colgaban delante del muro contrario a la puerta de metal. Si no hubiera sido por él, yo no podría, jamás, haber subido por mis propios medios. Permanecí sentada. No veía tantas estrellas como él me había prometido.
- Recuéstate. –Ordenó tirando de mi muñeca suavemente. Le hice caso. Una vez que me acosté, las luces de las calles y demás edificios parecieron desaparecer y la bóveda negra cargada de lucecillas se encendió frente a mis ojos. Lancé una exclamación. Nunca había visto el cielo con tantas estrellas.- Preciosas, ¿No es así? –Quiso cerciorarse.

Permanecimos en silencio la mayor parte del tiempo. La mudez era incómoda, pero si charlábamos, el tema siempre volvía al lugar del comienzo, y yo ya no quería discutir más sobre ello. Traté de ocupar mi mente, lo más rápido posible, con otras cuestiones.
- ¿Sabes? –Soltó de repente, Lionel.- Estoy aquí perdiendo mi valioso tiempo, mientras podría hacer algo más útil... –Dijo. De inmediato pensé en la clase de insulto que sus palabras representaban y que pasar tiempo de calidad conmigo era parte de su “perdida de tiempo”.- Este es un muy buen momento para hablar. Hay muchas cosas que deberías saber... –Apuntó finalmente.
- Supongo que me las explicarás... –Espeté con premura.
- Puede ser... –Dudó. Temí que se arrepintiera al final.
- ¿Sobre qué? –Insistí. Los ojos de la criatura centellaron en la noche.
- Nosotros, los inmortales. –Expresó. Corrí la mirada. Me sentía menos, cada vez que él hacía mención indirecta que yo seguía siendo algo muy vulnerable ante ellos.- Sé que te da miedo, pero es precisamente por ello que te advertiré. –Expuso.
- Pero, se supone que tú me cuidarás... –Murmuré con un hilo de voz.
- No siempre... O más bien, siempre y cuando sepa donde estás. –Indicó y quiso tomarme de la mano. No lo dejé.
- ¿Qué quieres que sepa?
- Primero que nada, deberías aprender a controlar tu miedo. –Señaló volviéndose su voz ruda y mortecina.- Los vampiros, por ejemplo, aman que sus víctimas estén muertas del miedo... ¿Sabes por qué? –Ni siquiera tenía ganas de contestar, sólo negué con la cabeza.- Muy bien, la educaré, Doctora. –Bromeó seguido de una risa jovial, luego carraspeó.- Cuando ellos atrapan a una víctima, no la atacan de inmediato, a menos que estén muy débiles. Por lo general, primero juegan con su mártir... Lo persiguen, lo golpean, lo usan como un muñeco de trapos... Cuanto más miedo tengan, más adrenalina correrá por sus venas, y es aquello, precisamente, lo que ellos necesitan. Cuando consideren que ya están en el punto justo, o cuando ya no se resistan más... Atacan. –Finalizó seguido de una pausa.
- ¿En el punto justo? ¿Cómo una salsa?
- Como una salsa. –Ratificó.
- ¿Tienes posibilidades? –Pregunté esperanzada.
- ¿Cuántas posibilidades le das a un conejo acorralado por un zorro? –Preguntó Lionel a la vez. Suspiré y negué con un murmullo.
- Y... ¿Cuánto tardaría uno en morir? –Pregunté. Lionel me miró sorprendido.
- No te das cuenta, prácticamente.
- ¿¡Qué!? –Indagué confundida.
- A ellos no les conviene estar expuestos a posibles testigos por mucho tiempo. Vacían los cuerpos en cuestión de minutos. Mueres de un paro cardio-respiratorio, pero para cuando esto sucede, tu cerebro, usualmente, ya no tiene oxígeno. Así que, en realidad, colapsan varios órganos a la vez y se produce una...
- Muerte clínica. –Dije mirando fijamente las constelaciones dibujadas con mucha imaginación. Advertí que Lionel me estaba mirando curioso.
- Sin embargo, si quieres darte un tiempo antes, es aconsejable que no te alteres, que no le dirijas la palabra, ni los mires a los ojos. Quizás mueras igual, pero tendrás el honor de fastidiarlos y tal ves con mucha suerte, tengas alguna oportunidad de escapar... –Añadió con una sonrisa. Noté que pasamos de hablar de una posible víctima ajena, a discutir las formas que yo tendría de escapar o estirar mis últimos minutos.
- ¿Por qué me dices todo esto? –Pregunté tan apagada como él lo había estado en un principio.
- La guerra está en su punto cumbre. Muchos caen, pocos nacen, esto se está por terminar... Quizás no hoy, quizás no mañana, pero terminará. Y yo con él. Quizás antes... Mucho antes. Nadie sabe. –Masculló. Algo se encendió de repente dentro de mí.
- No es cierto, ¡No puedes morir! ¡Eres un inmortal! –Bramé sentándome.
- El lugar que me vio nacer, y en donde vivo hasta el día de hoy, es tan viejo como yo. Nadie lo utiliza, es un espacio inútil. Estoy seguro que de un día para otro, el municipio querrá demoler el lugar, para hacer algo más provechoso para ellos, como es obvio. Es una lástima que esté ligado a ese viejo lugar…
- ¡No lo permitiré! –Era innegable que mi reacción lo tomó desprevenido por dos razones: No sabía de qué lugar estaba hablando, y de un segundo al otro había dejado mis miedos para defender su hogar sin resentimientos.
- ¿Si? ¿Y qué harás? ¿Te atrincherarás al edificio? ¡Oh, vamos, Lynn! Sé inteligente, a nadie le importan esas viejas construcciones.
- Debe ser patrimonio de la ciudad... –Lionel hizo silencio. Luego suspiró.- ¿Cómo nace un inmortal, Lionel? –Pregunté. Ahora, no quería que se callara.
- No todos somos iguales. Los Guardianes somos… En realidad, espíritus. Esto que ves ahora, no existe verdaderamente. –Dijo tocándose su pecho.- Es solo… Debemos posesionar un cuerpo para poder interactuar con el medio que nos rodea… Y cumplir con la misión que se nos ha entregado al momento de ser creados. Morimos terrenalmente cuando el cuerpo que nos contiene es mutilado. Los vampiros mueren al ser expuestos al sol, como el viejo mito.
- ¿Las estacas? –Sugerí. Lionel rió.
- No son ni una cosquilla para ellos. Los vampiros son vencidos en batallas encarnizadas que duran toda la noche, luego el vencedor ata al contrincante a un tronco en la cima de algún monte y deja que el Sol haga su parte...
- ¿Y cómo nacen? –Pregunté. Él hizo una mueca.
- No lo sé, deberías preguntárselo a uno de ellos. Pero lo que sí sé, es que no es algo agradable.
- ¿Duermen en sarcófagos?
- ¡Oh, no! Son puras patrañas. –Contestó con una sonrisa.- Con sólo decirte que William es claustrofóbico... –Se echo a reír luego de mencionarlo. También sonreí.

No parecían tan abominables como siempre los describen, más bien eran personas comunes con algunas que otras súper diferencias. Dejé que la situación controlara a la razón. Tomé de la mano al Guardián que ya se había sentado a mi lado. Incliné la cabeza y miré una vez más el techo de estrellas que me había regalado mi compañero esa noche. Lionel me rodeó por los hombros con su otro brazo y apoyó su cabeza contra la mía, y sin perder de vista el infinito, comencé a tararear mi canción favorita.
- No te preocupes aún, Lynn. Yo siempre voy a estar para ayudarte. –E involuntariamente ambos nos abrazamos con mas fuerza.- Siempre estaré para ayudarte en lo que necesites... –Dijo antes de que tuviera que pensar en un deseo rápidamente. Una estrella fugaz había pasado frente a nosotros.
- Quizás no siempre te necesite... Sé cuidarme sola, Lionel. –Me excusé tratando de zafarme de él lo más suavemente posible.
- No contra lo que yo conozco. –Se defendió. Me aparté totalmente de él y lo miré de frente, dominando mi pena.
- No me importa lo que tu conozcas, no soy una niña pequeña, y sé qué es lo que me conviene y qué no. –Señalé con seriedad. Él intentó oponerse una vez más pero le interrumpí inmediatamente.- Volveré al departamento. Se viene tormenta. –Me excusé. Lionel levantó la mirada y contempló con fastidio el enorme frente de tormenta color negruzco que se abalanzaba sobre la ciudad desde el lado norte.
- De acuerdo, volvamos a tu cajita de cristal. –Accedió de mal gusto. Se levantó de un solo salto y bajó del techo también con otro movimiento. Se acomodó al pie de la garita, sosteniendo sus brazos en el aire, para sujetarme cuando yo, supuestamente, me baje del techo.
- Puedo sola. –Dije mortecina. Lionel no se movió del lugar, solo bajó los brazos. Me miró autosuficiente. Le devolví el gesto con más descaro.
- Lo único que podrás hacer sola, será romperte un brazo cuando bajes, deja que te ayude... –Se ofreció con carisma. Volvió a tender sus brazos hacia mí.
- ¡Déjame! ¡¡Puedo sola!! –Solté malhumorada. Lionel solo miró como yo me la daba de escaladora tomándome de cualquier sobresaliente para bajar, en lo posible, en una sola pieza. Pero las hendiduras y las prominencias me jugaron una mala pasada al deshacerse en mis manos, haciendo que pierda el equilibrio y me desprenda por completo de la pared. Unos brazos musculosos y fuertes me sujetaron por debajo de la nuca y por las piernas.
- Yo no quisiera recordarte... –Comenzó Lionel con tono burlón.
- Gracias, pero no gracias... Hubiera preferido romperme un brazo. –Bramé alejándome lo más rápido posible de él.
- No entiendo, hace un par de minutos estabas maravillada y parecía que la estabas pasando bien, ahora estas con un humor de perros y no entiendo porque...
- Tienes una mente muy cerrada, eso es lo que sucede. –Zanjé bajando al piso y tomándome el ascensor luego. Me sorprendió que él se lo haya tomado conmigo.






(cont.)

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Ene 02, 2009 9:50 pm

(cont.)


Apreté el botón de mi piso, e involuntariamente, me acurruqué en una esquina del cubo. Él se apoyó contra la puerta, de brazos cruzados y mirando hacia mi lugar fijamente. Cuando el ascensor se detuvo súbitamente en mi piso, un retortijón en el estomago me hizo tambalear. De cierto modo no sabía con qué causa me había puesto de esa forma con Lionel, seguramente porque él siempre estaba insinuando que yo era muy débil e indefensa contra los peligros diarios. Que no sabía diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. Quizás no estaba entrenada en artes marciales, pero si sabía como enfrentarme a los desafíos diarios, la rutina e incluso a algún que otro pandillero que quisiera sobrepasarse conmigo.

Entré al departamento dando zancadas. Intenté cerrar la puerta con un golpe pero Lionel la detuvo para entrar después de mí. Avancé hacia la cocina, mi muñeca derecha quedó atrapada por la fuerte mano de Lionel, que me impidió seguir caminando. Me volví hacia él fastidiada. Sus ojos estaban al rojo vivo, eso me hizo refrenar un poco antes de dirigirle mi más fuerte y desdeñoso:
- ¿Ahora qué quieres? -Él entornó los ojos y me miró con seriedad.
- No quería estar en un contexto como éste, para hacerte saber que has hecho algo que ha estado muy mal, Lynn. –Contestó al cabo de un rato. Mi rudeza desapareció por completo al entender que aquello iba muy enserio, me asustó como lo había dicho.- Hiciste un pacto de amistad con los vampiros sin mi consentimiento. –Mis cejas se juntaron rápidamente.
- ¿Y cuál es tu problema con ello? –Protesté.
- ¡¡No puedes hacer pactos con vampiros!! Va en contra de las reglas. Tú eres la Protegida de un Guardián, no puedes hacer pactos con otros seres si yo no te autorizo. –Rugió con tal fiereza que me hizo temblar las piernas del miedo.
- ¿Porqué no puedo? ¿William no es tu amigo, acaso? Él me propuso hacer ese pacto y yo no tenía otra salida... ¿La tenía contra tres vampiros?
- Simplemente no puedes. Schtügelmaier puede ser mi compañero, pero él no decide sobre ti... y si tenías opción, negarte.
- Lo haces muy sencillo... –Dicté mientras seguía forcejeando contra su puño cerrado en torno a mi muñeca.- Además sabes que creo que todo esto es una tremenda farsa. ¿Puedes decirme acaso qué clase de seguridad tendría yo confiando mi sangre a un montón de hematófagos? ¿Qué clase de protección me pueden brindar, si yo soy el plato del día? ¿Eh?
- Estas subestimando tu propia suerte... –Masculló y me empujó con algo de rudeza hacia el otro lado de la sala de estar. No vi donde caminaba, solo atiné a retroceder hasta chocar con la pared cuando él me soltó.- Deberías saber que en toda sociedad hay reglas, y las nuestras, más que en ninguna otra, deben respetarse a rajatabla. –Me dijo y caminó hasta estar a un paso de mí.
- Creo que te has olvidado de explicármelas. –Aseguré con saña. La seriedad de Lionel era atormentadora. Por un segundo tuve la sensación que estaba reprimiendo un mundo de ira. No había notado que aquella sencilla expresión de arrinconamiento era la señal de que no debía seguir tratando de molestarlo.
- La regla principal es que no debes comprometerte con otros seres si tú ya tienes un Protector... El cual soy yo. –Dijo sombrío.
- Y si tú eres mi Protector y todo esto te molestaba tanto, si Will estaba haciendo eso apropósito... ¿Puedo saber yo dónde estabas metido para protegerme contra el pacto ingrato de un sediento trío de vampiros? –Le escupí las palabras de forma sádica y haciéndolas parecer un insulto.

Se hizo dos segundos de silencio. El labio superior de Lionel se contrajo, dejando a la vista sus dientes blancos, su nariz se arrugó y su gruñido incomparable con el de algún animal, me estremeció. Cuando comprendí que debí haberme mordido la lengua, sus dos puños cerrados golpearon con fuerza sobrehumana, a los lados de mi cabeza, sobre la pared en la que estaba recostada. Lancé un grito ahogado, me contraje lo más posible y sin desearlo, rompí a llorar.
- ¿¡Porqué nos temes!? –Inquirió con voz ronca y fría, aún iracundo. Fue muy satírico al preguntarme eso después de semejante arrebato de ira. Supe que él había dicho “nos”, para no hacer del problema algo personal. Mis piernas temblaban como un par de hojas bajo la tempestad. Me dejé caer hasta ser un bollo en el suelo.
- No quiero ser testigo de muertes inexplicables. –Le respondí a medida que pude. No sabía si esa era la respuesta a su pregunta, pero de todos modos lo distrajo lo suficiente.
- Inexplicables. ¡Ja! Eso parece algo que un vampiro dijera. –Se mofo y yo volví a gimotear. No veía lo que hacía, pero por un segundo me sentí menos apresada. Miré de reojo. Lionel estaba del otro lado del departamento. Aguantaba el picaporte indeciso.- El viernes a la noche saldremos a dar un paseo con Will y la Doctora Glattstein. Tenemos que revisar unas cosas. Te haría bien salir y tomar aire fresco... Quizás aprendas muchas más cosas que estando encerrada en este cubo. –Expresó abriendo la puerta.- Como por ejemplo dejar de temernos... –Y se marchó. Creí escucharle decir: “temernos”, pero mi otra mitad creyó escuchar: “temerme”. Me daba igual. No saldría a ningún lado y menos con él luego de lo que había sucedido esa noche.



- ¿Estás enfadada? –Me preguntó Sarah a primera hora esa mañana. Me lo preguntó, incluso antes de desearme los buenos días.
- ¿Por qué debería estarlo? –Le desafié.
- ¿Con Lionel o con William? –Insisitó.
- ¿Por qué crees que yo...?
- Pero saldrás a dar una vuelta con nosotros mañana por la noche, ¿Verdad? –Dejé mi bata y la lista de pacientes que me tocarían esa mañana para mirar de frente a una Sarah muy afanosa de conseguir respuestas. Suspiré pesadamente.
- ¿Por qué insistes en algo que sabes que no haré? –Le reproché.
- Si, William me contó que Lionel estaba algo áspero por lo que tú aceptaste su pacto de amistad antes que tener una mejor relación con él. –Sentenció al final. Dejé que el peso de mi cuerpo cayera sobre un costado.
- ¿Si lo sabes, por qué me preguntas?
- Quería cerciorarme. –Dijo y me miró con credulidad. Solté un bufido y volví a mi tarea. Se hizo una pausa.
- Si. Lionel está furioso porque preferí un trío de vampiros a un Guardián. Cree que eso de las muertes inexplicables solo es una excusa estúpida y no entiende como su presencia me amedrenta tanto. Al final, pareciera que le causara gracia.
- Lionel es un cascarrabias. Ya te acostumbrarás... Te esperamos... –Dijo con alegría. Cuando quise aclararle firmemente que no asistiría a su reunión, ella ya se había marchado. Resoplé otra vez y me puse mi chaqueta con malhumor.



No le fue muy difícil a Lionel convencerme de que saliera a “dar un paseo” con ellos. Solo bastó con mirarme serio a los ojos, cuando cruzó la sala para llegar a la cocina esa noche. Ninguno de los dos dijo nada. Y estoy segura de que había sido enviado por Sarah más que por William para que pasara a recogerme. Seguía molesto porque yo le temía y porque había preferido a sus “amigos” antes que a él. Tomé mi abrigo con un resoplido y ambos salimos por el hall de entrada. Fue una película muda todo el tiraje de mi departamento hasta el estacionamiento que los chicos habían elegido para encontrarnos. Sarah me saludó con un amigable beso en la mejilla. William se adelantó hasta estar cerca de su compañera y me sonrió cordial.
- ¿El trato sigue en pie? –Masculló cerca de mí.
- Claro... –Le respondí débilmente. Sentí un gruñido a mi derecha y me percaté que Lionel estaba escuchando. Sarah soltó el brazo de William para tomarme el mío y caminar a mi par a la orden de “Hay que marcharnos, ya”.

Cuando Lionel y Sarah me dijeron que saldríamos a “dar una vuelta”, me imaginé vagando en los alrededores de un castillo medieval derruido, mohoso y tétrico. No obstante, el bar al que fuimos, estaba bien. Había mucho movimiento a la entrada, la cola se extendía hasta un cuarto de cuadra. Me extrañó totalmente que a ellos les agradara esos lugares tan juveniles. Luego puse mi atención sobre los usuarios, y comprendí un poco más. Si bien la gran mayoría de los jóvenes tenían entre veinte y veinticinco años, había también chicos mucho más jóvenes de no más de dieciocho o diecinueve años de edad. Todos ellos vestían jeans rotos, blusas, remeras o camisetas negras, algunos iban de zapatillas, otros de borceguíes. Las muchachas usaban polleras muy cortas acompañadas de medias de red y botas a la rodilla. Todos ellos exhibiendo algún tatuaje, piercing exótico o incluso cicatrices novedosas.
- Cuando entremos, -Me dijo Sarah una vez que llegamos a la puerta de entrada, evitando la fila.- Va a ser mejor que te tomes del brazo con Lionel. –Me advirtió con una sonrisa protectora.
- No me perderé, descuida. –Le contesté. Sarah me volvió a sonreír, pero esta vez lo hizo de forma burlona. William se rió por lo bajo y la rodeó por los hombros mientras ella lo abrazó por la cintura.
- Vamos a entrar. –Anunció Lionel cuando volvió de hablar, supuse, con el guardia. Y bajo la mirada impotente de los demás jóvenes, entramos en menos tiempo y sin pagar entrada.

Cruzamos la primera puerta, la de entrada, y la de seguridad. Al pasar ésta última, me topé con un sub-mundo que no conocía más que por películas. Una espesa nube de humo gris flotaba sobre las cabezas de todos quienes allí estábamos. La música era una bola de ruido y retumbaba por doquier, apenas si podías escuchar que te estaban gritando a tu lado. Sarah y Will estuvieron abrazados todo el tiempo. En cambio Lionel y yo parecíamos dos personas desconocidas. No habíamos terminado de dar el quinto paso dentro del bar, cuando dos chicas de algo de veinte años se acercaron a mi compañero, que iba al frente de todos nosotros, tomándolo por ambos brazos, sonriéndole ladinas e invitándolo a que pasara el resto de la noche con ellas. Él también les sonrió y cuando rodeó a ambas por las cinturas, creí que me dejaría a un lado por dos vendidas. En cambio, las hizo girar, y me presentó. Las dos mujeres me miraron de arriba abajo en desacuerdo e intentaron persuadir a Lionel una vez más apoyándose contra él, acariciándole tanto el pecho como los hombros y la espalada.

Lionel era un hombre de rasgos finos que a la vez transmitía seriedad y frialdad, y que en conjunto lo convertía en una persona seductora y atractiva. Debía reconocerlo, tarde o temprano. Lionel era un sujeto muy apuesto, pero me sorprendió que después de semejante entrega a cargo de semejantes corresponsales, se negara una vez más diciéndoles que yo era quien lo acompañaba. Las mujeres se alejaron con fastidio, Lionel me volvió a dar la espalda. A mi izquierda, Sarah me miró apremiante. No tuve muchas opciones. Vi que otra mujer se acercaba de forma desafiante con dos vasos de cerveza. Me arrimé al costado izquierdo de mi compañero y le tomé el brazo. Creo que le tomé desprevenido, pero por lo menos funcionó, y la mujer que ya estaba a tres metros de nosotros, sonriendo amistosa, tuvo que cambiar de rumbo y pareja en cuestión de segundos.

- Will y yo iremos por este lado... –Anunció Sarah. Lionel asintió mientras ellos se alejaban y se perdían entre toda la gente que allí había.
- Yo tengo que ir a visitar a un par de problemas, ¿Vienes? –Invitó. Miré a mí alrededor, no me quedaría allí sola.

Él se abrió paso entre la muchedumbre, llegando a unas mesas cerca de la barra de bebidas. Y por alguna causa arquitectónica, el sonido amainaba de forma prodigiosa. En una de las tantas mesas, se hallaba un joven con una muchacha mucho más joven que él, sentada en su regazo. No dejaban de sonreírse y acariciarse. Lionel se paró frente a la pareja y carraspeó con fuerza. El muchacho lo miró de soslayo.
- ¡Krasnow! –Exclamó con felicidad y asombro.- ¡Tanto tiempo sin saber de ti!
- Morgan. Igual digo. –Respondió el aludido.
- Ey... ¡Veo que tienes compañía! También yo. Ella es...
- Micenas. Mucho gusto. –Le interrumpió la morocha y le extendió la mano con la palma hacia abajo. Lionel la tomó y le besó el torso.
- Si... Mi-cena. –Repitió con un extraño tono de voz, el sujeto.
- Sabes que te conviene portarte bien, ya estás al corriente de lo que sucede luego... –Advirtió mi compañero.
- ¡Lo sé, viejo! ¡Lo sé! ¡Me he estado portando como un santo! ¡Es mi primera noche en el mes! ¡Por favor! –Rogó. Lionel pareció dudarlo.
- Sólo una vez por mes... Puedes con ello. Tampoco es cosa de vida o muerte.
- Si, si... Una vez al mes. ¡Prometo ser cumplidor! –Accedió alegre. Luego desvió el rostro de nosotros hacia el de la mujer que no apartaba su mirada de mi compañero.- ¿Me acompañas a arriba? –Inquirió con sensualidad. Ella le sonrió y ambos se pusieron de pie.
- Tienes mucha suerte, linda. –Me dijo Micenas cuando pasó por mi lado.- Pero yo tengo mucha experiencia. –Apuntó y me echó una mirada de supremacía por entre sus mechones negros. A medida que se alejaban, Morgan le puso una mano en el cuello a su pareja y ella la mano contraria en el bolsillo trasero de su jeans.
- ¿Él era un vampiro? –Le pregunté a Lionel que parecía buscar a alguien con mirada crítica.
- Si, uno bastante problemático, que le gusta los excesos, que siempre hay que tenerle un ojo encima y que nos cuesta tener bajo la raya. –Aseguró y me empujó suavemente por la espalda.
- Se lo merecía... –Mascullé.
- Ven, vamos a visitar a los mal nacidos. –Dijo. Avanzamos por un pasillo paralelo al de los baños. Un hombre severo estaba parado al final del corredor, interpuesto entre la fuerte puerta de metal y nosotros.

- Stefano. –Saludó escueto mi compañero.
- Señor Krasnow. –Respondió el guardia.
- ¿Cómo ha estado todo esta noche?
- Más tranquilo que la anterior, pero no dejan de ser insoportables. Especialmente el nuevo.
- De acuerdo, les haré una visita. –Dijo y esperó unos segundos.- ¡Oh! Ella es la Doctora Dayrline Baldwin. –Me presentó y tomándome de la muñeca derecha, la levantó para mostrarle mi pulsera.
- ¿Otra más en la lista? ¿Qué sucede con tus Protegidos últimamente, Lionel? –Increpó el sujeto. Aquellas preguntas fueron muy duras para mi, aunque intenté hacerme la distraída.
- No me lo recuerdes, Stefano. Fue como un martes trece para mí. ¡Tres en un mes! Aún no lo puedo creer... –Dijo entre dientes y cuando el sujeto nos abrió riéndose de la mala suerte de Lionel, éste volvió a empujarme suavemente para que entrara yo primero.- Ten cuidado con los escalones al final del pasillo. –Advirtió ¡Como que si los pudiera ver con tanta oscuridad!

Los escalones medían algo de treinta centímetros cada uno, y había cerca de quince a veinte escalones. Cuando pisé tierra firme, y dejé atrás las escaleras, sólo saber que Lionel estaba a mis espaldas era lo que me contenía de volver al bar. La sala estaba en completa oscuridad. A veces podía distinguir un par de lucecillas rojas que parpadeaban a destiempo.
- Lionel... No veo nada. –Le dije agitando las manos frente a mí para no dar de frente con algo. Avancé un par de pasos más y rocé algo que parecía ser rejas, me aferré a aquello y me acerqué.
- Si, es mejor que prenda la luz para ti. –Asintió y activó el interruptor.



(cont.)

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MensajeTema: Re: Muerte Clínica. [Pausado temporalmente]   Vie Ene 02, 2009 9:51 pm

(cont.) Se hizo largo este.


Cuando la luz dejó de cegarme por escasos segundos, vi a un vampiro a menos de diez centímetros de mi cara sonriéndome divertido mientras me mostraba sus finos y puntiagudos colmillos. Me alejé de la reja dando un grito y chocando de espaldas con Lionel.
- Creo que olvidé mencionarte que nuestros mal nacidos, son los peores vampiros de todo Hamburgo.
- ¿Sabes, viejo? Nosotros no necesitamos luz… -Dijo uno sentado al final de su celda.
- ¡Si! –Aseguró otro que estaba en su celda al fondo de la habitación- Puedes dejarnos la chica e irte… Además, no creo que ella quiera “trabajar” con luz… -Afirmó y todos rieron.
- ¡Ey! ¡Ey! ¡Más respeto! –Pidió mi compañero- La señorita es una Doctora de Sala de Emergencias… -Anunció. Los vampiros silbaron y festejaron.

Lionel se paseó una sola vez frente a todas las celdas que se amurallaban a un solo lado de la larga habitación. Debía haber algo de siete celdas con al menos trece criaturas en total. Las rejas que los separaban de nosotros denotaban ser extremadamente reforzadas y resistentes. Debían serlo para contener la fuerza de al menos uno de esos seres. Frente a las cámaras contra la pared contraria, descansaban una hilera de bancos de madera que era cortada por una mensa de plástico blanca, que en apariencia, llevaba unos cuantos años en el mismo sitio. En los bancos había desde armas blancas y de fuego, esposas, ropa a platos y vasos vacíos. En la mesa, en cambio, había puros vasos sucios, impregnados de una sustancia oscura.
- Todos éstos son prisioneros de guerra. –Dijo Lionel interrumpiendo mis pensamientos.
- Por lo menos aquí me tratan mejor… -Aseguró un sujeto que apoyaba sus brazos en el fierro horizontal del rejado, a la altura de su pecho.
- Si, deberían estar agradecidos… -Profirió Lionel sentándose en una de las bancas frente a la cuarta celda para mirar fijamente al sujeto que permanecía en el fondo.
- ¿Prisioneros de guerra? –Repetí- ¿No son… pocos? –Inquirí.
- Los demás ya se han… marchado, por así decirlo… -Me respondió el Guardián.
- ¿Marchado? ¿A dónde? –Insistí. Algunos internos rieron frente a mi pregunta.
- Volvieron de donde todos salimos… Polvo. –Articuló sobre un silencio casi sepulcral. Tragué inconscientemente saliva y miré de soslayo a los presos.
- ¿Qué son esos vasos?
- Un poco de diversión… -Alegó con una sonrisa. El sujeto que teníamos en frente levantó apenas la mirada, fija y rencorosa.
- Diversión para ti… -Respondió. Tomé uno de los vasos.
- ¿Sangre? –Pregunté asombrada.
- Coagulada y seca… Si. –Coincidió mi compañero.
- ¿Para qué nos has traído a la chica, Krasnow? –Preguntó molesto uno de los vampiros de la celda cinco o seis, al cabo de un rato de silencio.
- ¿Qué nueva tortura has ideado esta vez? ¿Acaso cenarás frente a nosotros? ¿Para qué? ¿Hacernos desear? ¿Volvernos locos? –Bramó uno de los sujetos de las últimas celdas.
- No caballeros. –Le contestó Lionel sonriendo.- Yo no bebo sangre como ustedes… -Se defendió.
- No, haces algo mucho peor. –Resonó en el sótano húmedo. Silencio. Tragué saliva.- A puesto que ella ni siquiera lo sabe. –Acusó la voz masculina. Miré al joven de la primera celda.
- Matheu, ¿Cierto? –Increpó el Guardián. Éste otro afirmó. Lionel le dirigió una mirada severa, luego se volvió hacia mí.- Es nuevo. Es el más chico de todos y el más lengua suelta. –Acotó invitándome a sentarme con él. El vampiro sonrió y se fue a recostar en su cama de madera.
- ¿Qué haremos? –Le pregunté curiosa. Él estuvo callado por unos minutos. No quise volver a preguntar. El vampiro que teníamos al frente, el que aun no se había movido del fondo de su jaula, no dejaba de mirar a Lionel con ira y desprecio. Tuve la sensacion que si no fuera por esas rejas, ninguno de los dos estaría vivo.
- ¿Recuerdas lo que hablamos ayer de los inmortales hematófagos? –Masculló en mi oído. Asentí en silencio. El corazón comenzó a agitarse.- ¿A que no has visto aún un vampiro enojado, sediento y desesperado? –Negué enseguida. No lo había visto y dudaba si quería hacerlo alguna vez en mi vida. Pero por lo que iba la situación no podría evitarlo.- ¿Te gustaría divertirte conmigo? –Volvió a cuestionarme. No sabía exactamente cual era la forma en la que Lionel se divertía pero me suponía que no era la misma que la mía. Miré sus ojos en dos pasadas. Estaban anormalmente brillantes y con un dejo de ansiedad. Mi boca fue incapaz de articular palabra, por lo tanto mi cabeza actuó por instinto y afirmó.

El Guardián esbozó una sonrisa torcida. Juguetona. Malvada. Una sonrisa que hizo que mi corazón diera saltos en mi pecho. Una sonrisa que decía que aquello que presenciaría no me agradaría. Mientras trataba de encontrarle otro significado a esa mueca suya, mis ojos se nublaron del miedo. Lionel se apresuró a tomarme por la cintura con su brazo izquierdo y con la derecha mi pierna opuesta, pudiendo así, de un solo impulso, sentarme sobre su falda. Sentí el repentino cosquilleo en el estomago. Él me obligó, con ambas manos, a que apoyara mi pecho sobre le suyo, y amagando a besarme, rozó su mejilla con la mía y me susurró al oído.
- Dime Lynn, ¿Recuerdas realmente de lo que te hablé ayer? –La respiración colapsó por un instante. Ahora entendía a donde quería llegar.

La noche anterior habíamos estado hablando sobre lo que provocaba en un vampiro la victima aterrorizada y parcialmente muerta… del miedo. Adrenalina. Excitación. Cualquier cosa que haga que tu corazón lata al ritmo de un caballo en carrera, era susceptible al apetito de esos seres. Y si bien sabía cual era el plan base de Lionel, no tenía idea de qué era lo que quería que yo haga: Si ser apetitosa o si comenzar la práctica de autocontrol.
- Esto va a ser único… -Reconoció Lionel en un siseo.- Espero lograr controlarme… -Bromeó y rió de una forma extraña, como disfrutando de un chiste que solo él entendía.

Mi mente, como era esperado, iba a otro ritmo que la situación que me rodeaba. Pero en todo caso, jamás me había permitido permanecer tanto tiempo sobre los ojos carmesíes de mi compañero. Supongo que era el asombro acerca de sus movimientos, de sus palabras. Sus ojos, y el misterio que encerraban. Quizás aún estaba buscando el significado de aquella sonrisa hipnotizarte cuando, de repente sentí sus manos frías, por encima de mi blusa, deslizándose con delicadeza por mi cintura. Bajando hasta la cadera. Una de las manos siguió camino por mi pierna. Despacio, con cuidado, con tranquilidad, con firmeza. Una firmeza tal que de solo sentirla, el aire se agolpaba en mi garganta y me hacía suspirar. Volvió a soliviar mi peso para pegarme definitivamente contra sí, provocando que deba enlazar mis brazos alrededor de su cuello.
- Aguarda… ¿Qué… -Gimoteé, pero no logré nada en lo absoluto. Él no parecía pretender atender a mis quejas, tenía los ojos cerrados y seguía sonriendo.
Pese a que todos mis sentidos se habían concentrado en descifrar las tretas de mi Protector, pude oír que los imperecederos que teníamos como público, ya estaban silbando y aullando en un festejo ajeno. Para entonces, su mano derecha ya había vuelto a subir, llegando a mi garganta y corriendo mí rosto hacia el otro lado para dar lugar a que su nariz y labios jugaran por mi cuello. Al parecerle poco espacio aún, apartó deliberadamente el escote de la blusa junto con el tirador del sostén, dejando al descubierto mi hombro y los estremecimientos que me arrancaba su frio aliento contra mi piel. La mano izquierda, que aún estaba firme en su posición de no dejarme mover, cedió para meterse descaradamente por debajo de la ropa y repasar mi columna.

No sé que haya sido, pero algo había echo un fuerte y retumbante “crack”, lo que me sacó de concentración y me hizo dar cuenta que, ahora, estaba rodeada de espeluznantes gritos de lo que parecían miles de hombres en agonía. Giré todo lo que la posición me lo permitía. Las rejas se estremecían con brutalidad, pero no cedían. El miedo que se despertó dentro de mi fue más feroz que nunca antes. Todos los vampiros que debíamos estar cuidando estaban agolpados contra los barrotes queriendo romperlos o por lo menos atravesarlos. Sacaban los brazos fuera en un intento desesperado de alcanzarme. El que parecía más exasperado con esta nueva forma de tortura, era el sujeto que hasta hacía momentos atrás, se sentaba solitario al final de su celda. Matheu, el nuevo, no le sacaba demasiada diferencia.

A lo que mi interpretación respecta, yo no lo veía como el deseo de beber de una sangre joven repleta de adrenalina, debía ser algo más. Ahora entendía perfectamente a que iba Lionel con eso de que debía controlarme. Con un pequeño descuido, el zorro podría atrapar y devorar al conejo sin mayores inconvenientes. Los ojos de esos vampiros denotaban lo sedientas que estaban sus gargantas y que no lo pensarían dos veces si pudieran partirse a la mitad para salir de allí a atacar. Lionel me volvió la cara hacia la suya. Mi respiración estaba desestabilizada por completo. Primero fue la excitación, ahora era el miedo lo que me agitaba. Mi compañero me sostuvo de la cintura y hasta que no se aseguró que no me volvería a mover de esa posición no retiró su mano. Permanecía con los ojos cerrados. Sostuvo mi mentón entre sus dedos y se acercó tanto que sentí que nuestros labios entreabiertos se rozaban. Lionel aspiró una gran bocanada de aire, y yo me mareé repentinamente. Entonces, el Guardián se estremeció y abrió los ojos, separándome de su cuerpo.

La magia se había roto. Los vampiros seguían aullando enardecidos. Miré a mi compañero con desentendimiento, él con… culpa. Pasó un momento. Me empujó suavemente para que me pusiera de pie. Él lo hizo detrás de mí. Tomó mi abrigo y miró despectivo a todos los presos que parecían más desesperados que antes.
- ¿Te agradó? –Me preguntó mortecino tratando de no mirarme. Algo había cambiado. Era él, ahora, quien no quería toparse con mi mirada.
- Su… Supongo. -Respondí sin reconocer mi voz. Caminamos unos pasos hacia la salida. Vi al sujeto que había estado frente a nosotros. Se apoyaba contra los fierros con desconcierto pero sus ojos desprendían un brillo de victoria.
- Casi, Krasnow. Casi lo pierdes… -Articuló regalándole una sonrisa despiadada. Lionel volvió a empujarme hacia las escaleras. Comencé a subir. Él se quedó esperando a que yo llegara hasta arriba del todo para luego apagar la luz. Alcancé la puerta de metal. No podía abrirla. Golpeé, pero no abrieron. La luz se apagó y todo quedó en oscuridad. Aguardé. Estuve un rato sin escuchar más que los gritos ya perdidos de los inmortales. Unos minutos más y todo quedó en silencio, igual a cuando había llegado. Seguí golpeando la puerta. Empezaba a preocuparme por Lionel que no había regresado conmigo… ¿Y si alguno de los vampiros había logrado escapar y lo lastimó…? ¿Y si luego me alcanzaba?
- Has logrado dejarlos a todos con los pelos de punta. –Me susurró una voz grave desde mis espaldas.- Me he divertido mucho esta noche contigo, Lynn. Espero también la hayas disfrutado.
- S… Si… -Tartamudeé. Silencio. Oí su movimiento. Seguía ciega por la oscuridad que nos cernía. Mi corazón volvía a agitarse ante la incertidumbre de lo que me sucedería. Sus dedos acariciaron mi nuca y un escalofrío corrió por mi espalda. Luego me rodeó por los hombros con su brazo y empujó la puerta.

Al salir de la “prisión”, el sonido exageradamente alto volvió a aturdirme. Lionel me llevó hasta cerca de la barra de tragos y me pidió que la buscara a Sarah.
- Debe estar con Will. –Respondí.
- No, él está en otro lado. –Me contradijo. Lo miré confundida.
- Y entonces, ¿Dónde quieres que la busque? –Inquirí molesta.
- En el baño de damas. –Indicó sin mirarme. Buscaba ansioso por encima de las cabezas de los jóvenes. Estaba a punto de marcharse.
- ¿Qué sucede? ¿Algo malo? –Pregunté temerosa de escuchar un “si”. No pude saber si no me había escuchado o en realidad no quería responderme. Sólo me miró un momento y se alejó de mi perdiéndose entre la manada de personas que saltaban al unísono de la canción.

Me dirigí a los baños. Sarah se estaba arreglando su cabello. Me sorprendió que Lionel supiera donde estaba. Sarah también se sorprendió, al parecer, pero sabía mejor que yo lo que debía hacer. Me llevó hasta la puerta de entrada, que también era la salida. Aguardamos en el espacio intermedio de las dos puertas. Permanecimos en silencio la mayor parte del tiempo. Las únicas veces que hablé fue para contestarle a Sarah sobre la hora y sobre lo que me había parecido la salida. Al volver los muchachos, pude observar que Lionel estaba más esquivo que antes de que nos separáramos. No me atreví a preguntarle que sucedía, otra vez. El viaje de vuelta a casa fue solitario. Sarah se había ido con William en sentido contrario al mío. Lionel no subió al coche junto a mí, dijo que me esperaría en casa para despedirse hasta la próxima noche, pero nunca llegó. Dormí muy mal. Pensaba que quizás yo había tenido la culpa… que algo había echo mal. Luego, cerca de las dos y media de la madrugada, un pensamiento se instaló en mi mente…

¿Por qué me preocupaba si él estaba enojado conmigo o no? De todas formas, yo no quería tenerlo cerca.



Benyi^^

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